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El arte de criar toros bravos: ganaderías, linajes y el perfil del ganadero en México

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 1 día
  • 8 Min. de lectura

Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz

 

La fiesta brava, más allá de la polémica contemporánea que la rodea, constituye una de las tradiciones culturales más complejas del mundo iberoamericano. En su centro no está el torero ni la plaza, sino el toro bravo. Sin toro no hay corrida, ni liturgia taurina, ni drama en el ruedo. Pero detrás del toro bravo existe una figura silenciosa que rara vez aparece en los carteles: el ganadero.


El ganadero de toros de lidia es, en cierto sentido, un arquitecto de la naturaleza. Durante siglos ha seleccionado, criado y perfeccionado una raza animal cuya existencia depende completamente de la voluntad humana. Sin ganaderos no existiría el toro de lidia. Y sin toro de lidia desaparecería una parte significativa del paisaje cultural y ecológico del mundo rural en España y América.


Hablar de las ganaderías de toros bravos en México implica entrar en una historia que combina tradición familiar, economía, genética animal, conservación ambiental y un profundo sentido de identidad cultural.


La primera pregunta que surge es inevitable: ¿cómo son los ganaderos de toros bravos? La respuesta es más compleja de lo que parece. Un ganadero de toros de lidia no es simplemente un productor agropecuario. En la mayoría de los casos es un aficionado profundo a la fiesta brava. Su relación con el toro no se limita al aspecto económico; se trata de una relación cultural, emocional e incluso simbólica.


La mayoría de los ganaderos comparten tres rasgos fundamentales: Afición profunda por la tauromaquia. Orgullo por una tradición familiar. Capacidad económica para sostener una actividad poco rentable.


Criar toros bravos no es un negocio fácil. Requiere enormes extensiones de tierra, largos periodos de crianza —entre cuatro y cinco años— y gastos constantes en alimentación, veterinaria, mantenimiento de cercas, personal especializado y transporte.


Por ello, históricamente, los ganaderos han pertenecido a sectores con recursos económicos suficientes para sostener una actividad que rara vez genera grandes utilidades. En muchos casos, la ganadería brava produce algo más valioso que el dinero: prestigio social, reconocimiento cultural y orgullo familiar. El ganadero no solo produce animales; produce un linaje.


La historia de los criadores de toros bravos refleja la evolución de la estructura social europea y americana. En sus orígenes, durante la Edad Media, los toros bravos eran criados por señores feudales. Estos nobles poseían grandes extensiones de tierra donde el ganado vivía prácticamente en estado salvaje. Las corridas eran entonces espectáculos caballerescos, donde los aristócratas demostraban su destreza ecuestre alanceando toros.


Posteriormente, durante los siglos XVI y XVII, la crianza del toro bravo pasó a manos de la nobleza terrateniente. En España surgieron grandes casas ganaderas que comenzaron a seleccionar el ganado no solo por su ferocidad, sino también por su comportamiento en la lidia.


Con el tiempo, la crianza del toro bravo fue adoptada por la burguesía rural: propietarios agrícolas con capital suficiente para invertir en tierras y ganado. Finalmente, en los siglos XIX y XX, aparecieron ganaderos provenientes de distintos sectores sociales: empresarios, agricultores acomodados, profesionales y aficionados con recursos económicos.


Sin embargo, hay un elemento constante en todas estas etapas: la ganadería brava siempre ha sido una actividad asociada al prestigio social. Criar toros bravos es una declaración de identidad cultural.


Una característica esencial de la ganadería de lidia es su carácter hereditario y familiar. A diferencia de otras actividades pecuarias, donde las empresas cambian de propietarios con frecuencia, las ganaderías de toros bravos suelen permanecer en manos de las mismas familias durante generaciones.


En España existen ganaderías con más de tres siglos de historia. En México también se han consolidado linajes familiares que han dedicado su vida a la crianza del toro bravo. Esto ocurre porque la ganadería brava no se transmite únicamente como una propiedad económica. Se transmite como una herencia cultural.


Cada ganadería posee: un hierro (marca registrada), una divisa (colores que identifican al ganado), un encaste o línea genética, y una historia familiar. El hierro marca físicamente al toro. Pero también marca la identidad de la familia. Cuando un toro sale al ruedo, no solo representa a un ganadero. Representa generaciones enteras de trabajo, selección genética y orgullo familiar.


Si existe una ganadería que simboliza la historia del toro bravo en México, esa es Atenco. La ganadería de Atenco es considerada la más antigua del mundo que aún se mantiene activa. Su origen se remonta al siglo XVI, cuando fue fundada en el Valle de Toluca por Juan Gutiérrez Altamirano, primo de Hernán Cortés.


Altamirano estableció la ganadería con ganado procedente de España, particularmente de la región de Navarra. A partir de ese momento comenzó la historia del toro bravo en América. Los toros españoles se cruzaron con ganado criollo semi salvaje traído previamente desde las Antillas por los conquistadores. El resultado fue una raza adaptada al territorio mexicano, capaz de sobrevivir en condiciones climáticas y geográficas distintas a las de la península ibérica.


Con el paso de los siglos, Atenco se convirtió en una de las ganaderías más importantes del país y en una verdadera casa madre de la ganadería brava mexicana.  Su historia demuestra que la crianza del toro bravo no es simplemente una actividad ganadera: es un proceso histórico que atraviesa siglos.


Las ganaderías de toros bravos se distinguen por un sistema productivo completamente diferente al de otras explotaciones ganaderas. Se trata de un sistema extensivo de crianza. Los toros viven en grandes extensiones de terreno llamadas cercados o potreros. Estas áreas suelen incluir: pastizales naturales, arbolado, arroyos o lagunas, y una orografía irregular. Este ambiente permite que el toro desarrolle su musculatura, su resistencia y su comportamiento natural.


El toro bravo debe crecer con el mínimo contacto humano posible. A diferencia del ganado destinado a la producción de carne, el toro de lidia debe conservar su instinto salvaje. Si se acostumbra demasiado al ser humano pierde una de sus características esenciales: la bravura. Por esta razón, las ganaderías bravas requieren cientos, a veces miles de hectáreas de terreno. No cualquiera puede dedicar tierras completas a la crianza de animales que tardarán cinco años en producir un ingreso económico.


La creación del toro bravo es uno de los procesos de selección genética más complejos en el mundo de la ganadería. Los ganaderos no solo buscan animales grandes o fuertes. Buscan comportamientos específicos. Entre las características que se seleccionan destacan: bravura, agresividad, capacidad de embestida, resistencia física, nobleza en la lidia. Para evaluar estas cualidades se realizan los llamados tentaderos.


El tentadero es una prueba donde vacas y sementales se enfrentan a un torero o a un picador para evaluar su comportamiento. Solo los animales que muestran las características deseadas son seleccionados como reproductores. El resto se destina a otros usos. De esta manera, generación tras generación, los ganaderos van moldeando el carácter del toro bravo. Se trata de un proceso lento. Una decisión genética puede tardar décadas en mostrar resultados. Por eso los ganaderos suelen decir que crear una ganadería verdadera toma al menos tres generaciones.


Aunque el ganadero es la figura central, la ganadería funciona gracias a un equipo especializado.


Entre ellos destacan: El mayoral. El mayoral es el responsable directo del manejo del ganado. Conoce cada potrero, cada toro y cada vaca. Su experiencia es fundamental para mantener el orden dentro de la ganadería. También están los caballistas o vaqueros, encargados de mover al ganado, separar lotes por edad y sexo, y supervisar la salud de los animales. En muchas ganaderías el mayoral y su familia han trabajado durante generaciones con la misma casa ganadera. Esto crea un vínculo de conocimiento profundo entre el ser humano y el campo bravo.


Uno de los aspectos menos conocidos de las ganaderías de toros bravos es su impacto ambiental. Paradójicamente, aunque la ganadería brava no se concibe como una actividad ambientalista, en la práctica funciona como un mecanismo de conservación ecológica. Las fincas dedicadas al toro bravo suelen permanecer: libres de agricultura intensiva, libres de urbanización, y con escasa intervención humana. Esto permite que muchas especies animales encuentren refugio en ellas. En las dehesas y ganaderías de toros bravos es común encontrar: venados, jabalíes, coyotes, liebres, aves rapaces, reptiles. En otras palabras, las ganaderías se convierten en reservas involuntarias de biodiversidad.


El toro de lidia es una raza bovina distinta de cualquier otra. Entre sus características destacan: gran masa muscular, cuernos afilados en forma de lira, instinto agresivo, gran resistencia física. Su comportamiento también es diferente al de otros bovinos. Mientras el ganado común tiende a huir ante una amenaza, el toro bravo embiste. Ese comportamiento es el resultado de siglos de selección genética. El toro bravo no es un animal salvaje en sentido estricto, pero tampoco es un animal doméstico convencional. Es una raza creada por el ser humano para un ritual cultural específico.


Otro elemento fundamental en la ganadería brava es la existencia de distintos encastes. Un encaste es una línea genética que define características físicas y de comportamiento del toro. Existen encastes que producen toros: más grandes, más agresivos, más nobles, más resistentes. Esta diversidad genética aporta riqueza al espectáculo taurino.

Cada encaste plantea un reto distinto para el torero. Y cada ganadero intenta preservar su línea genética como si fuera un patrimonio familiar.


Aunque España es el epicentro histórico de la tauromaquia, México ocupa un lugar central en la geografía del toro bravo. En América existen importantes ganaderías en: México, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela.


Sin embargo, México destaca por la profundidad histórica de su tradición taurina. La existencia de ganaderías como Atenco demuestra que la crianza del toro bravo en el país tiene casi cinco siglos de historia. Además, el territorio mexicano ofrece condiciones naturales ideales para la ganadería extensiva. Los grandes ranchos del altiplano y del Bajío han permitido el desarrollo de importantes casas ganaderas.

Hoy la fiesta brava enfrenta uno de los momentos más complejos de su historia. Las corridas de toros son objeto de debates éticos, políticos y culturales en muchos países. Sin embargo, existe una dimensión del problema que rara vez se discute: la supervivencia del toro bravo como especie.


El toro de lidia existe porque existe la tauromaquia. Si desaparece la fiesta brava, desaparecerá también la necesidad de criar esta raza. Y con ella desaparecerán miles de hectáreas de campo bravo que actualmente funcionan como ecosistemas naturales.

Las ganaderías tendrían que reconvertirse a otras actividades económicas: agricultura intensiva, urbanización, ganadería comercial.


Esto implicaría la destrucción de paisajes rurales que han permanecido relativamente intactos durante siglos. En ese sentido, la desaparición del toro bravo no solo sería un cambio cultural. Sería también una transformación ecológica.


Para el ganadero, criar toros bravos no es un simple negocio. Es un proyecto de vida. Cada toro que pisa el ruedo representa años de trabajo silencioso en el campo. Representa también la continuidad de una tradición familiar. Por eso muchos ganaderos dicen que la ganadería brava no se hereda: se lleva en la sangre. Criar toros bravos significa mantener viva una cultura rural que ha sobrevivido a revoluciones, crisis económicas y transformaciones sociales.


En el fondo, el ganadero sabe que su trabajo no es producir animales. Su trabajo es preservar una tradición.


El toro bravo es uno de los animales más singulares creados por el ser humano. No existe en la naturaleza sin la intervención del ganadero. Por eso el verdadero protagonista de la fiesta brava no está en la plaza. Está en el campo. Es el ganadero que, generación tras generación, ha dedicado su vida a seleccionar, criar y preservar una raza que forma parte del patrimonio cultural del mundo hispánico.


Si algún día desaparece el toro bravo, desaparecerá también un paisaje rural, una tradición genética y una historia de cinco siglos. Y con ello desaparecerá una de las creaciones más extraordinarias del ingenio humano: el toro de lidia.

 

 
 
 

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