Las voces de la emoción
- Onel Ortíz Fragoso

- hace 13 horas
- 7 min de lectura
Por Onel Ortiz Fragoso
@onelortiz
La tauromaquia no puede entenderse sin sus narradores. El toreo es un espectáculo visual, sí, pero también profundamente literario. La corrida de toros vive en la arena apenas unos minutos; después sobrevive en la memoria colectiva gracias a quienes la contaron. Los grandes toreros inmortalizaron faenas con el capote y la muleta, pero fueron los cronistas y locutores taurinos quienes las transformaron en epopeyas. Ellos hicieron que generaciones enteras imaginaran, desde la radio o frente a la televisión, la embestida del toro, el miedo del matador, el silencio dramático de la plaza y el estallido de emoción cuando sonaban los olés.
La historia de la crónica taurina mexicana es también la historia de la evolución de los medios de comunicación en el siglo XX. Primero fue la radio, ese instrumento mágico donde la imaginación del aficionado completaba la escena narrada por una voz apasionada. Después llegó la televisión, que acercó la imagen pero no sustituyó la necesidad de interpretación. Porque el cronista taurino no sólo describe; traduce emociones, interpreta gestos, contextualiza la técnica y dota de significado cultural al ritual taurino.
En el fondo, la tauromaquia necesita poetas. Y México ha tenido varios extraordinarios.
Pepe Alameda: el filósofo del toreo. Hablar de la crónica taurina en México obliga a comenzar con Pepe Alameda, quizá el más grande narrador taurino que haya existido en lengua española. Su verdadero nombre era Carlos Fernández y López-Valdemoro. Nació en España, pero México lo adoptó como suyo tras el exilio provocado por la Guerra Civil Española. Y fue precisamente en tierras mexicanas donde consolidó una obra monumental.
Pepe Alameda no narraba corridas; construía literatura. Su estilo mezclaba filosofía, poesía, historia y conocimiento técnico. Mientras otros describían una faena, Alameda explicaba el alma del torero. Comprendía el toreo como una expresión artística cercana a la tragedia griega. Su famosa frase “el toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega” sintetiza toda una visión estética de la fiesta brava.
La grandeza de Alameda radicó en haber elevado la crónica taurina a un nivel intelectual pocas veces alcanzado en el periodismo deportivo o cultural. No era un improvisado aficionado; era un hombre profundamente culto, lector de clásicos, conocedor del arte y de la filosofía. Sus transmisiones televisivas y radiofónicas tenían un tono solemne, casi litúrgico. Escucharlo era asistir a una cátedra.
Además, comprendió algo fundamental: la tauromaquia es también narrativa nacional. En un México que vivía la consolidación del cine, la radio y la televisión, Pepe Alameda ayudó a convertir la fiesta brava en un fenómeno cultural de masas. Su voz acompañó la época dorada del toreo mexicano, cuando figuras como Carlos Arruza, Silverio Pérez, Manuel Capetillo o Fermín Espinosa “Armillita” llenaban plazas.
Hoy sería imposible imaginar a un comentarista deportivo contemporáneo con la profundidad intelectual de Pepe Alameda. La televisión moderna privilegia el grito fácil, la ocurrencia y el espectáculo inmediato. Alameda pertenecía a otra época: la de los hombres que leían antes de hablar.
Paco Malgesto: la elegancia de la televisión mexicana. Paco Malgesto representó la transición entre la vieja radio mexicana y la televisión comercial que dominó la segunda mitad del siglo XX. Aunque el gran público lo recuerda por programas de variedades y concursos, también tuvo una presencia importante en las transmisiones taurinas.
Poseía una voz impecable, dicción perfecta y una elegancia natural frente a las cámaras. Era parte de aquella generación de locutores formados en la disciplina estricta de la radio mexicana, donde la voz era un instrumento de precisión. En las transmisiones taurinas, Malgesto aportaba serenidad y ritmo narrativo.
Su importancia radica en que ayudó a popularizar la tauromaquia entre públicos menos especializados. Mientras Pepe Alameda hablaba para el aficionado profundo y culto, Malgesto servía como puente hacia las audiencias masivas. Comprendía las necesidades de la televisión naciente: explicar sin saturar, emocionar sin caer en el exceso.
México vivía entonces el auge de la televisión abierta como gran instrumento de integración cultural. Las corridas transmitidas desde la Plaza México o desde El Toreo de Cuatro Caminos llegaban a millones de hogares. Y allí estaban las voces de Malgesto y Alameda construyendo imaginarios colectivos.
Alonso Sordo Noriega: la voz de la radio taurina. Si Pepe Alameda fue el filósofo del toreo, Alonso Sordo Noriega fue el gran hombre de la radio taurina mexicana. Su trabajo en la XEW marcó una época. Pertenecía a esa generación de cronistas capaces de hacer visible lo invisible únicamente mediante las palabras.
La radio taurina exige una habilidad narrativa extraordinaria. El cronista debe recrear el movimiento del toro, las distancias, el temple, la colocación del matador y hasta el ambiente de la plaza. Todo ello sin imágenes. Alonso Sordo dominaba ese arte.
Su programa “El Investigador del Aire” alcanzó enorme popularidad. Poseía un estilo apasionado pero preciso. No caía en la exageración vacía. Sabía combinar emoción y análisis técnico. Esa mezcla lo convirtió en referencia obligada para generaciones de aficionados.
Además, pertenecía a una época en la cual la radio tenía un enorme prestigio intelectual y cultural. Los locutores eran figuras públicas respetadas. La narración taurina era considerada un género serio dentro del periodismo.
Hoy cuesta imaginar el impacto de aquellas transmisiones. Familias enteras se reunían alrededor del radio para escuchar las corridas dominicales. En muchos pueblos y ciudades sin plazas de toros importantes, la afición nació gracias a voces como la de Alonso Sordo.
Rafael Morales: el cronista reflexivo. Rafael Morales “Clarinero” representó otra vertiente fundamental de la crónica taurina: la del análisis reflexivo. Fue mucho más que un simple narrador de festejos. Su trabajo periodístico buscó comprender el significado cultural y humano del toreo.
Originario de Querétaro, desarrolló una sólida amistad intelectual con Pepe Alameda. Ambos compartían la idea de que la tauromaquia era una expresión artística compleja y no un mero espectáculo popular.
“Clarinero” dominaba el género de la reseña taurina escrita. Sus textos combinaban conocimiento técnico, sensibilidad estética y profundidad crítica. Sabía elogiar, pero también cuestionar. No era un propagandista de la fiesta; era un analista.
Esa independencia crítica es importante recordarla. La gran crónica taurina mexicana no fue servil con empresarios o figuras. Muchos cronistas defendían la integridad del espectáculo y denunciaban la decadencia cuando era necesario.
En tiempos actuales, donde buena parte del periodismo deportivo depende económicamente de los propios espectáculos que cubre, la figura de “Clarinero” adquiere un valor especial.
Carlos Septién García: periodismo y tauromaquia. Carlos Septién García ocupa un lugar especial porque representó la conexión entre el periodismo profesional y la crónica taurina. Su nombre quedó asociado para siempre al periodismo mexicano gracias a la escuela que lleva su nombre, pero también fue un destacado narrador taurino.
Le tocó cubrir una época decisiva: los años posteriores a la muerte de Manolete. La tragedia de Linares marcó profundamente al mundo taurino y elevó aún más la dimensión épica del toreo.
Septién comprendía la importancia histórica de aquellos acontecimientos. Sus crónicas no sólo relataban corridas; documentaban una época. Esa capacidad histórica distingue a los grandes cronistas. Entendían que la tauromaquia formaba parte de la vida cultural y política del país.
No debe olvidarse que durante buena parte del siglo XX la fiesta brava ocupó un lugar central en la cultura popular mexicana. Los toreros eran celebridades comparables a las estrellas del cine o del boxeo. La prensa taurina tenía enorme influencia.
Carlos Cuesta Baquero: el rigor técnico. Carlos Cuesta Baquero, conocido como “Nemo”, aportó rigor técnico e inteligencia crítica a la narración taurina. Médico de profesión, trasladó a la crónica una mirada analítica y precisa.
Fue figura destacada de la antigua Plaza México y de El Toreo de la Condesa. Su estilo contrastaba con la grandilocuencia de otros narradores. Prefería la precisión técnica y el juicio razonado.
“Nemo” representó una corriente importante del periodismo taurino mexicano: la del crítico especializado que entendía la lidia como una disciplina compleja, llena de matices técnicos. Analizaba terrenos, distancias, suertes y comportamiento del toro con enorme detalle.
Ese tipo de cronista ayudó a educar al público. La afición taurina mexicana del siglo XX era profundamente conocedora. Buena parte de ello se debía a periodistas como “Nemo”, que enseñaban mientras narraban.
Ramón Ávila: la pasión popular. Ramón Ávila “Yiyo” representa la continuidad moderna de la crónica taurina. Durante más de tres décadas mantuvo viva la presencia de la fiesta en radio y televisión.
.
Su estilo era más cercano al aficionado popular. Tenía entusiasmo, espontaneidad y enorme capacidad para transmitir emoción. “Yiyo” entendió que el periodismo taurino debía adaptarse a los cambios mediáticos sin perder esencia.
Le tocó vivir una época complicada: el lento declive de la presencia taurina en los grandes medios. La televisión abierta comenzó a reducir espacios dedicados a la fiesta brava. El futbol desplazó a los toros como espectáculo dominante.
Sin embargo, “Yiyo” resistió. Continuó narrando, entrevistando y promoviendo la cultura taurina incluso cuando ésta dejó de ser políticamente correcta para ciertos sectores urbanos.
Heriberto Murrieta: el último narrador. Heriberto Murrieta es quizá el último cronista taurino con verdadera presencia nacional en medios masivos. Formado en el periodismo deportivo, logró construir una carrera sólida en televisión, radio y prensa escrita.
Su trabajo en programas como “Jueves Taurinos” o “Fórmula Taurina” y en espacios informativos nacionales permite mantener viva la presencia mediática de la tauromaquia en tiempos difíciles. Porque Murrieta enfrentó un contexto completamente distinto al de Alameda o Malgesto.
La sociedad cambió. Los medios cambiaron. Las redes sociales fragmentaron las audiencias. La cultura del espectáculo inmediato desplazó la narrativa pausada y reflexiva. Además, la tauromaquia comenzó a enfrentar campañas políticas, legales y culturales cada vez más agresivas.
En ese entorno, Murrieta defiende la fiesta desde el periodismo. No desde el fanatismo irracional, sino desde el conocimiento histórico, cultural y desde la libertad de elección. Sus comentarios combinan información técnica con reflexión sobre la tradición taurina.
Murrieta pertenece a una generación de periodistas que comprendió algo fundamental: la tauromaquia ya no podía sobrevivir únicamente como espectáculo, necesitaba defenderse también como patrimonio cultural.
La situación de la crónica taurina mexicana refleja también la crisis general del periodismo cultural. Hoy predominan narradores acelerados, frases hechas y opiniones instantáneas. Se perdió aquella tradición de voces profundas y cultas capaces de convertir una corrida en literatura.
Las nuevas generaciones difícilmente comprenderán lo que significaba escuchar a Pepe Alameda describiendo un natural de Carlos Arruza o a Alonso Sordo transmitiendo desde El Toreo. Aquellas voces construían imaginación colectiva.
Además, el propio modelo mediático cambió radicalmente. La televisión abierta abandonó casi por completo las transmisiones taurinas. La radio perdió centralidad cultural. Los periódicos redujeron espacios especializados.
Sin embargo, la huella de aquellos cronistas permanece. Sus textos, grabaciones y enseñanzas forman parte de la memoria cultural mexicana. Fueron mucho más que comentaristas deportivos. Fueron intérpretes de una sensibilidad estética, narradores de la condición humana frente al miedo y la muerte.
Porque en el fondo el toreo siempre trató de eso: del hombre enfrentándose a sus límites. Y para narrar esa batalla hacían falta voces extraordinarias.
México las tuvo y las tiene. Desde Pepe Alameda hasta Heriberto Murrieta, pasando por Paco Malgesto, Alonso Sordo Noriega, Rafael Morales, Carlos Septién García, Carlos Cuesta Baquero y Ramón Ávila.
Ellos han sido las voces de la emoción. Los poetas que transformaron sangre, arena y valor en memoria eterna.




