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Los toros entre libros

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 9 horas
  • 6 min de lectura

Onel Ortiz Fragoso


La tauromaquia mexicana no solo se escribió en los ruedos, también ha quedada atrapada entre las páginas de novelas, ensayos, crónicas y poemas. El toro, el torero, el miedo, la sangre, la multitud y la muerte sedujeron durante décadas a los grandes escritores mexicanos porque, en el fondo, la lidia representa algo más profundo que un espectáculo: es una representación dramática de la condición humana. En el ruedo caben el honor, el fracaso, la gloria instantánea, la decadencia y la tragedia. Por ello, una parte de la literatura mexicana terminó mirando hacia la plaza de toros como quien observa un espejo de la nación misma.


La fiesta brava provocó divisiones políticas, éticas y culturales, pero también produjo  literatura. Ahí están las novelas, las memorias, las biografías, los ensayos filosóficos y las crónicas taurinas que hoy conforman uno de los patrimonios culturales más importantes del México del siglo XXI. La literatura taurina mexicana no fue un fenómeno marginal; por el contrario, dialogó con la narrativa nacionalista, con el periodismo cultural, con la poesía y hasta con la construcción simbólica de la mexicanidad.

 

Hablar de literatura taurina mexicana, hablar de lo que está significado en Hispanoamérica sería una tarea enorme, obliga primero a reconocer que la fiesta brava penetró profundamente en la vida cultural del país. Hay referencias desde la literatura virreinal y, por supuesto, durante el siglo XIX. Durante buena parte del siglo XX, asistir a los toros equivalía a participar en un ritual social semejante al cine, al fútbol o a las grandes funciones teatrales. Presidentes, artistas, intelectuales y obreros compartían tendidos. El ruedo era una plaza pública donde convivían clases sociales y sensibilidades políticas distintas. Por ello no sorprende que los escritores terminaran fascinados con ese universo.


Uno de los ejemplos más conocidos aparece en Santa, la célebre novela de Federico Gamboa. Ahí aparece el torero Jarameño como representación de un mundo bohemio, masculino y profundamente contradictorio. Gamboa no describe únicamente al torero como héroe popular; lo retrata también como un personaje marcado por la fatalidad, por el alcohol, por la vida errante y por la precariedad emocional. El torero aparece como figura romántica, pero también como víctima de un sistema de idolatría efímera. La plaza encumbra con rapidez, pero destruye con la misma velocidad.


Ese retrato del torero decadente reaparecería después en múltiples obras mexicanas. En la literatura taurina, el matador nunca es simplemente un deportista; es un personaje trágico condenado a vivir entre el aplauso y el cementerio. Quizá por ello la tauromaquia interesó tanto a los escritores existencialistas y a los cronistas urbanos del siglo XX.


Otro caso fundamental es el de Luis Spota y su novela Más cornadas da el hambre. El propio título resume brutalmente la lógica social del toreo mexicano. Spota entendió que muchos toreros no llegaban al ruedo impulsados por el arte, sino por la necesidad económica. Detrás del traje de luces había pobreza, hambre y desesperación. El toreo aparecía entonces como mecanismo de ascenso social para jóvenes provenientes de barrios marginales o de pueblos rurales sin oportunidades.


Spota retrata magistralmente las humillaciones, los abusos empresariales, las falsas promesas y las rivalidades que rodeaban al mundo taurino. Su visión es menos romántica que la de otros autores. La fiesta deja de ser únicamente estética y se convierte en industria del espectáculo. El torero ya no solo se juega la vida ante el toro; también se enfrenta a empresarios voraces, periodistas manipuladores y públicos caprichosos.


En esa mirada crítica hay un eco profundamente mexicano. El torero de Spota se parece al boxeador de barrio, al cantante de carpas o al futbolista pobre que intenta escapar de la miseria. La plaza de toros funciona como escenario de movilidad social, pero también como trituradora humana.


La fascinación literaria por la tauromaquia alcanzó dimensiones filosóficas en la obra de Carlos Fuentes. Aunque Fuentes no escribió una novela taurina en sentido estricto, la presencia del toro y de la lidia aparece constantemente en su narrativa como símbolo de la violencia ritual mexicana. En diversos pasajes de su vasta obra, las descripciones taurinas poseen una fuerza visual extraordinaria.


Para Fuentes, la corrida era una representación estética de la muerte. El toro simbolizaba la naturaleza bruta, mientras el torero encarnaba la inteligencia humana intentando dominar el caos. Esa tensión fascinaba profundamente al autor de La región más transparente. En la visión de Fuentes, la plaza era también una metáfora política: el país entero parecía moverse entre la ceremonia y la violencia.


No es casualidad que la literatura taurina floreciera especialmente durante el auge cultural del nacionalismo posrevolucionario. México buscaba símbolos identitarios y la tauromaquia ofrecía una narrativa poderosa: valentía, sacrificio, arte popular y dramatización pública de la muerte. La fiesta brava dialogaba con el muralismo, con el cine de oro y con la música ranchera.


En el terreno internacional, dos obras marcaron profundamente a los escritores mexicanos: Sangre y arena de Vicente Blasco Ibáñez y Muerte en la tarde de Ernest Hemingway. Ambas ayudaron a consolidar la idea de que la tauromaquia podía analizarse literariamente con profundidad estética y filosófica.


Blasco Ibáñez convirtió al torero en héroe trágico moderno, mientras Hemingway encontró en la corrida una teoría completa sobre el valor y la muerte. Los escritores mexicanos leyeron esas obras con enorme atención y comprendieron que el toreo podía ser abordado no sólo desde el periodismo deportivo, sino desde la literatura mayor.

México desarrolló su propia tradición taurina literaria. Ningún nombre resulta más importante en este terreno que José Alameda. Su libro El hilo del toreo es probablemente la obra más influyente de la bibliografía taurina mexicana.

Alameda elevó la crónica taurina a categoría artística. Su prosa mezclaba erudición, poesía, análisis técnico y emoción estética. No escribía simplemente sobre toros; escribía sobre el miedo, el tiempo, la elegancia y la muerte. Para Alameda, el toreo poseía una estructura casi musical. Cada pase tenía ritmo, intención y profundidad emocional.

La importancia de Alameda radica en haber dignificado intelectualmente la fiesta brava. Gracias a él, la literatura taurina dejó de considerarse un subgénero menor. Sus textos dialogaban con la filosofía, con la historia del arte y con la literatura universal.

Otro autor fundamental es José Francisco Coello Ugalde, uno de los investigadores más importantes sobre la historia de la tauromaquia en México. Sus trabajos permitieron rescatar archivos, reconstruir temporadas y documentar la evolución cultural de las corridas en territorio mexicano. Gracias a investigadores como Coello Ugalde, hoy entendemos que la fiesta brava también forma parte de la historia social y política del país.


La bibliografía taurina mexicana es inmensa. Obras como Sangre de Llaguno, de Luis Niño de Rivera, exploran la épica de las grandes ganaderías mexicanas, mientras textos como 300 anécdotas taurinas recuperan el lado humano y anecdótico del toreo. También destacan libros biográficos como Armillita, maestro de maestros: 100 años de dinastía taurina, que documentan la trascendencia de las grandes familias taurinas mexicanas.

Particular relevancia tiene el trabajo de Bibliófilos Taurinos de México, una asociación cultural fundada en 1984 que se ha convertido en uno de los grandes guardianes de la memoria taurina mexicana. En tiempos donde la cultura digital privilegia lo inmediato y lo desechable, los bibliófilos taurinos cumplen una labor casi monástica: rescatar libros, conservar estadísticas, reeditar textos raros y promover el estudio histórico de la fiesta brava.


Resulta admirable que en una época dominada por algoritmos y redes sociales todavía existan grupos dedicados a preservar bibliotecas especializadas sobre tauromaquia. Los Bibliófilos Taurinos entendieron algo fundamental: sin memoria escrita, la fiesta brava corre el riesgo de desaparecer culturalmente incluso antes que legalmente.


Sus colecciones, anuarios y estudios poseen enorme valor historiográfico. Ahí se conserva la historia de plazas, ganaderías, toreros, temporadas y debates  que forman parte de la cultura mexicana. Su trabajo demuestra que la tauromaquia no fue únicamente entretenimiento popular; también generó pensamiento crítico, investigación histórica y producción editorial sofisticada.


En el fondo, la literatura taurina mexicana terminó convirtiéndose en una reflexión sobre México mismo. El toro simboliza muchas veces la fuerza irracional; el torero, la inteligencia que intenta dominar el destino; el público, la sociedad voluble que hoy aclama y mañana destruye. Por eso tantos escritores encontraron en la plaza una metáfora nacional.


Incluso quienes rechazan las corridas de toros deberían reconocer el enorme legado literario y cultural que produjeron durante cinco siglos.

Sería absurdo negar la importancia que la fiesta brava tuvo en la formación cultural mexicana. Ahí están las novelas, las crónicas, los ensayos y las memorias como prueba irrefutable. La tauromaquia dejó una huella profunda en la literatura porque permitió explorar temas universales: la muerte, el miedo, la belleza, la valentía y el fracaso.


Tal vez algún día desaparezcan las corridas como espectáculo. Es posible. Las sociedades cambian y las sensibilidades también. Pero aun si las plazas dejaran de existir, la literatura taurina permanecerá. Seguirán vivos José Alameda y sus reflexiones sobre la estética del pase natural; seguirán las novelas de Spota; seguirán las metáforas taurinas de Carlos Fuentes; seguirán los archivos de los Bibliófilos Taurinos; seguirá la memoria cultural del ruedo.


Porque al final la literatura tiene precisamente esa función: rescatar aquello que la historia material destruye. Y en México, buena parte de la historia sentimental del siglo XX quedó escrita entre capotes, sangre, arena y libros.

 
 
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