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Morena: el partido que quiere gobernar la República y no puede gobernarse a sí mismo

Foto del escritor: Efrain Delgadillo
Efrain Delgadillo
hace 20 minutos
3 min de lectura


Por Efraín Delgadillo Mejía.


En política, incumplir fechas no es un accidente administrativo: es una confesión de debilidad. Morena anunció con solemnidad que elegiría coordinadores estatales, municipales y distritales; es decir, en los hechos, que abriría el camino para definir candidaturas. Lo presentó como una operación ordenada, democrática y transparente. Pero la convocatoria, aprobada y celebrada por su Consejo Nacional, ha terminado convertida en un monumento a la improvisación: no se cumplen los plazos, no se respeta el calendario, no aparecen las encuestas prometidas y nadie explica con seriedad cuándo ni cómo se procesarán las candidaturas. Cuando un partido no puede cumplir su propia convocatoria, no tiene proceso interno: tiene simulación organizada.


La gravedad no está solo en la demora. Está en la mentira política que la demora revela. Se dijo que habría encuestas; no se presentan. Se dijo que habría método; se alarga la resolución. Se dijo que habría reglas; cada día parecen más flexibles para los poderosos e inciertas para los militantes. Cicerón escribió que somos siervos de la ley para poder ser libres. Morena parece haber invertido la máxima: quiere libertad para el poder y servidumbre para la militancia. La encuesta invisible es el nuevo nombre del dedazo.


Mientras la dirigencia pide austeridad, neutralidad y no intervención, los gobernadores, presidentes municipales y operadores territoriales se mueven como si el partido fuera una extensión de sus oficinas. Alcaldes impulsan favoritos; gobiernos estatales empujan perfiles; estructuras públicas se confunden con campañas soterradas. La presidenta puede llamar a la prudencia, pero la realidad territorial responde con descaro. El discurso dice austeridad; la práctica viaja en camioneta de lujo. El discurso condena el dedazo; la operación lo administra con sonrisa institucional.


Morena prometió pueblo y hoy reproduce corte. Prometió piso parejo y reparte privilegios. Prometió acabar con las viejas prácticas y ahora las recicla con lenguaje de transformación. Lo que antes denunciaba como imposición hoy lo maquilla como encuesta; lo que antes llamaba abuso hoy lo justifica como operación política. No hay peor restauración que la que llega disfrazada de revolución. Cuando la transparencia se pospone, la sospecha gobierna.


Maquiavelo entendió que el poder necesita mando; Weber advirtió que la política exige responsabilidad; Aristóteles enseñó que la ciudad se corrompe cuando la voluntad sustituye a la norma. Morena enfrenta hoy esa triple prueba y la está reprobando. El centro no controla a los estados; los estados no respetan al partido; los aspirantes no respetan los límites; los funcionarios no respetan la austeridad. El partido que presume disciplina histórica hoy parece una confederación de apetitos locales.


La pregunta ya no es quién ganará una coordinación. La pregunta es más profunda: quién manda realmente en Morena. Si manda la convocatoria, deberían aparecer las encuestas. Si manda el Consejo, deberían cumplirse los plazos. Si manda la austeridad, deberían contenerse los excesos. Si manda la presidenta, deberían obedecerse sus llamados. Pero si nada de eso ocurre, entonces manda otra cosa: manda la fuerza bruta de los grupos, la presión de los gobiernos locales, el cálculo de los operadores y el miedo de la dirigencia a decidir. Un partido sin árbitro termina convertido en mercado de candidaturas.


Lo más corrosivo no es la disputa interna, sino la normalización del desorden. Cada aplazamiento comunica que las reglas son decorado. Cada encuesta no presentada alimenta la sospecha. Cada funcionario ostentoso destruye el sermón de austeridad. Cada gobernador que mete la mano en el proceso confirma que la no intervención es, en demasiados casos, una consigna para la tribuna y no una regla de conducta.


Morena no está padeciendo una crisis de comunicación; está padeciendo una crisis de autoridad.


La pregunta definitiva es brutal: ¿cómo pretende gobernar la República quien no puede ordenar su propia casa? El poder no se rompe de golpe; se descompone por tolerancias pequeñas, silencios convenientes y reglas que nadie se atreve a hacer cumplir. Morena aún puede corregir, transparentar encuestas, fijar fechas definitivas, sancionar la intervención de gobiernos y frenar los excesos. Pero si no lo hace, su mensaje será devastador: la ley interna vale menos que la conveniencia del grupo.


Quien convierte sus reglas en papel mojado convierte su autoridad en ficción. Y un partido que no se gobierna a sí mismo no debería pedirle al país un cheque en blanco.

 

 
 
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