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Toreros viejos: gloria y memoria de la tauromaquia virreinal

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Por Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz



Hablar de los principales toreros del periodo virreinal en México exige una advertencia necesaria: quien busque carteles impresos, estadísticas de orejas cortadas, apoderados codiciosos o entrevistas en revistas del corazón, llegó al siglo equivocado. En la Nueva España no existía todavía la industria taurina moderna ni el concepto de “figura” como lo entendemos hoy. No había estrellas con contratos millonarios ni cronistas especializados discutiendo si el quite fue ortodoxo o ventajoso. Había, en cambio, otra cosa más profunda: una fiesta en formación, una liturgia popular donde se mezclaban poder político, religión, ocio colectivo, jerarquías raciales y una pasión que terminaría por echar raíces definitivas en la tierra mexicana.


La tauromaquia novohispana fue, antes que nada, un espejo del régimen virreinal. El toro no solo se lidiaba: también representaba. En torno suyo se exhibía la autoridad del virrey, el boato municipal, la disciplina militar, la riqueza de los hacendados y la necesidad popular de fiesta. La plaza era teatro político. Allí el pueblo miraba a sus dominadores jugarse el cuerpo frente a la bestia, aunque muchas veces el riesgo fuera menor que la pose.


La primera corrida registrada en la Nueva España ocurrió el 24 de junio de 1526 para celebrar el regreso de Hernán Cortés. No es dato menor. Apenas consumada la conquista, ya se importaba también el ritual festivo castellano. El mensaje era claro: no solo se conquistaba un territorio, también se imponía una cultura pública. El caballo, la lanza y el toro eran símbolos del nuevo orden.


Durante los primeros siglos virreinales, los protagonistas no fueron toreros profesionales sino caballeros, militares y miembros de la élite que lidiaban a caballo. Era un toreo aristocrático, emparentado con la tradición peninsular del rejoneo antiguo. El pueblo observaba; los privilegiados ejecutaban. El toro servía para ratificar una jerarquía social. Si alguien podía desafiar a la fiera desde la montura, era quien también mandaba fuera de la plaza.


Con el paso del tiempo, la fiesta dejó de ser exclusivamente nobiliaria. La Ciudad de México creció, los mercados populares se expandieron y la vida urbana generó nuevos espacios de convivencia. La corrida se volvió costumbre arraigada. Incluso algunos religiosos vieron en ella una herramienta pedagógica y de integración simbólica con los pueblos originarios, mediante narrativas de sacrificio, valor y victoria. Hoy la idea puede sonar extraña, pero el virreinato utilizaba cualquier espectáculo como instrumento de orden social.


En ese largo proceso emergieron los primeros lidiadores plebeyos, hombres sin título ni blasón que encontraron en el ruedo una vía de ascenso. Ahí comienza la verdadera historia del toreo mexicano. Cuando el hombre de abajo descubre que con valor y destreza puede arrancar aplausos a una sociedad estamental, nace una forma de rebeldía estética.


Por ello destacan los llamados Hermanos Ávila: Sóstenes, Luis, José María y Joaquín Ávila, originarios de Texcoco. Operaron desde los años finales del virreinato, aproximadamente desde 1808, y extendieron su influencia hasta mediados del siglo XIX. La tradición los recuerda como auténticos “señores feudales” de la tauromaquia capitalina. El calificativo encierra ironía y verdad: sin ser nobles, dominaron un espacio cultural con autoridad casi monárquica.


Los Ávila representan algo crucial: la mexicanización del toreo. Ya no eran caballeros improvisando su arrojo en una fiesta cortesana, sino hombres del país imponiendo estilo propio ante públicos urbanos. Encarnaban la transición entre la colonia decadente y la nación que buscaba nacer. Mientras el imperio español se desmoronaba, en la plaza surgían ídolos locales.


Es probable que muchos puristas españoles vieran con desdén aquellos modos novohispanos. Siempre ocurre lo mismo: la metrópoli acusa de barbarie lo que después termina admirando como originalidad. México haría de la tauromaquia una escuela con personalidad propia, pero ese camino comenzó con estos toreros viejos que rara vez aparecen en los libros escolares.


Otro nombre asociado a la transición es Lino Zamora. Aunque su fama se consolidó ya en el siglo XIX, su origen taurino pertenece a esa frontera entre colonia e independencia donde el toreo mezclaba aún suerte ecuestre y lidia a pie. Zamora simboliza al torero hecho en tiempos híbridos: un pie en el pasado caballeresco y otro en la profesionalización moderna.


En esa misma lógica aparece Vicente Oropeza, célebre posteriormente, pero heredero de la tradición ecuestre novohispana. Su técnica de picar a caballo atravesado remite al jinete mexicano, al charro hábil surgido de haciendas ganaderas donde caballo, campo y toro convivían como elementos cotidianos. Oropeza no nace de la nada; desciende de siglos de destreza rural forjada en la Nueva España.


Y aquí conviene detenernos en una injusticia historiográfica. Muchas veces se narra la tauromaquia mexicana como simple copia de España. Error. La Nueva España desarrolló condiciones propias: enormes espacios ganaderos, castas de jinetes expertos, ciudades multitudinarias y una mezcla social singular. El toro bravo en México no fue calca; fue adaptación creadora. La plaza novohispana no reproducía exactamente Sevilla o Madrid: reflejaba Ciudad de México, Puebla, Querétaro, Guadalajara y las regiones ganaderas del virreinato.


Hacia finales del siglo XVIII, el toreo a pie ganó terreno, influido por la escuela de Francisco Romero en España. Eso cambió todo. Torear a pie democratizaba la gloria. Ya no hacía falta caballo costoso ni abolengo. Bastaban valor, piernas firmes y una muleta todavía en evolución. El pueblo comenzó a verse representado dentro del ruedo. El héroe dejó de ser señorito montado para convertirse en hombre común expuesto al pitón.


Ese tránsito posee incluso lectura política. Mientras las ideas ilustradas, las tensiones fiscales y el resentimiento criollo crecían en la Nueva España, la plaza también vivía una redistribución simbólica del prestigio. El mérito personal empezaba a disputar espacio al privilegio heredado. El toreo, sin proponérselo, anticipaba algo del México independiente.


No idealicemos demasiado. La fiesta taurina virreinal también fue negocio, desorden, apuestas, excesos y ocasional brutalidad. Las autoridades la prohibían o restringían según conveniencia moral o fiscal. Cuando convenía recaudar, había corrida. Cuando convenía simular virtud pública, había censura. La relación entre poder y espectáculos nunca ha cambiado demasiado.


Tampoco conviene romantizar a todos los toreros viejos. Algunos serían pendencieros, otros tramposos, otros simples sobrevivientes. Pero precisamente allí radica su valor histórico: fueron humanos de carne y hueso en una sociedad rígida. Con capote rudimentario o caballo nervioso se ganaron un sitio en la memoria popular.

La crítica contemporánea a la tauromaquia, centrada en el bienestar animal, merece ser escuchada y debatida con seriedad. Las sociedades cambian y revisan sus tradiciones. Sin embargo, una cosa es discutir el presente y otra borrar el pasado. Estudiar a los toreros virreinales no obliga a celebrar todo lo que hicieron; obliga a entender cómo se construyó una cultura pública en México.


Porque detrás del toro estaba la economía ganadera. Detrás del cartel, la vida urbana. Detrás del aplauso, la necesidad popular de emoción compartida. Detrás del torero, la posibilidad de movilidad social en un mundo de castas. Y detrás del polvo del ruedo, la formación lenta de una identidad mestiza.


Los hermanos Ávila, Lino Zamora, Vicente Oropeza y tantos nombres perdidos fueron más que lidiadores. Fueron actores de una transición histórica. Vieron morir al virreinato y nacer otro país. En sus faenas imperfectas se mezclaron España e indígenas, campo y ciudad, privilegio y pueblo, tradición y cambio.


Hoy, cuando tantas memorias se reducen a consignas rápidas, conviene recordar a esos toreros viejos. No para ponerles monumentos acríticos, sino para reconocer que México también se hizo en plazas provisionales, entre clarines, arena y riesgo. La historia nacional no solo se escribió en palacios, conventos y campos de batalla. También se escribió frente a un toro.


Y acaso allí reside la lección final. Los pueblos no nacen puros ni lineales. Nacen entre contradicciones. La tauromaquia virreinal fue una de ellas: herencia colonial convertida con el tiempo en expresión local. Los toreros viejos no fueron celebridades; fueron precursores. Sin ellos no se entiende el esplendor posterior de la fiesta brava mexicana ni la compleja manera en que este país toma lo recibido, lo transforma y lo vuelve suyo.

 
 
 

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