La edad de oro del toreo mexicano
- Onel Ortíz Fragoso

- hace 2 días
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Por Onel Ortiz Frasgoso
@onelortiz
Hablar de la llamada época de oro del toreo en México es asomarse a un país que buscaba identidad entre la pólvora revolucionaria, la reconstrucción institucional, el auge de la radio, el nacimiento del estrellato cinematográfico y el orgullo de saberse nación moderna sin renunciar a sus tradiciones. Si el cine tuvo a Pedro Infante, Jorge Negrete y María Félix, la tauromaquia tuvo a sus propios dioses de carne, seda y taleguilla.
Para este capítulo, esa edad dorada puede trazarse desde los primeros años del siglo XX hasta la inauguración de la Plaza México en 1946. Su gran escenario fue El Toreo de la Condesa, plaza legendaria donde se mezclaban aristócratas, obreros, estudiantes, políticos, artistas y pueblo llano. Allí no solo se lidiaban toros: se ventilaban prestigios nacionales.
No se acuse de centralismo, por supuesto que el Monterrey, Guadalajara, Aguascalientes tenían plazas de primera importancia. Pero El Toreo de la Condesa era quien daba o quitaba títulos, donde se forjaba una carrera y se construían leyendas.
México atravesó el final del porfiriato, la Revolución, la Guerra Cristera y la Expropiación Petrolera. Mientras el país se redefinía, la fiesta brava también lo hacía. La prensa consolidó héroes populares; la radio convirtió faenas en epopeyas; el cine prestó glamour. El torero fue una mezcla de atleta, artista y símbolo nacional.
Pero ninguna edad de oro surge sola. Detrás de los triunfos estuvieron las grandes casas ganaderas: los Barbabosa, los González, los Llaguno y los Madrazo. Esas familias entendieron que el toro bravo no se improvisa. Selección genética, paciencia, conocimiento del campo y pasión heredada permitieron criar animales con trapío, bravura y clase. Sin toro íntegro no hay torero grande; sin ganadero serio no hay época memorable.
La llamada época de oro del toreo en México no puede comprenderse sin detenerse en la vida y trayectoria de sus protagonistas. Fueron más que lidiadores: símbolos populares, celebridades nacionales y representantes de una sensibilidad mexicana que encontró en el ruedo una forma de expresión estética, competitiva y emocional. Cada uno encarnó un estilo, una época y una relación particular con el público.
Rodolfo Gaona ocupa un sitio fundacional. Nacido en León, Guanajuato, surgió en un tiempo en que el torero mexicano era visto con inferioridad frente al español. Gaona rompió ese prejuicio con una carrera internacional extraordinaria. Llegó a España joven y allí conquistó plazas como Madrid y Sevilla. Su elegancia natural, su temple y el dominio de los terrenos lo colocaron entre los grandes del siglo XX. Se le atribuye la creación o perfeccionamiento de la famosa gaonera, suerte ejecutada con el capote por la espalda que quedó inmortalizada con su apellido. Fue llamado “El Califa de León” por analogía con los grandes cordobeses del toreo. Su éxito tuvo una dimensión nacionalista: por primera vez un mexicano se imponía en la cuna histórica de la tauromaquia.
Juan Silveti Mañon representó el arrojo y la entrega absoluta. Fundador de una dinastía taurina de larga tradición, fue conocido como “El Tigre” y también “Juan sin miedo”. Su fama nació del valor seco, de no rehuir castigos y de enfrentarse a toros difíciles con determinación. Silveti conectó con una afición que valoraba el heroísmo por encima del adorno. En años donde México salía de conflictos armados internos, su figura transmitía coraje y carácter. Además, dejó una dinastía cuyo apellido seguiría pesando durante décadas en los ruedos nacionales.
Silverio Pérez fue quizá el torero más querido por el pueblo mexicano. Nacido en Texcoco, llegó a la fama con una personalidad carismática y cercana. “El Compadre” parecía un hombre del barrio que, vestido de luces, se transformaba en artista. Su toreo estaba lleno de espontaneidad, gracia y sentimiento. No era un torero académico en el sentido rígido, sino un intérprete genial de la emoción taurina. Sus faenas provocaban entusiasmo desbordado porque el público sentía autenticidad. Fue ídolo de masas en la radio, en la prensa y en la conversación cotidiana. Silverio encarnó la mexicanidad taurina: desenfado, valentía y arte intuitivo.
Carlos Arruza simbolizó la ambición universal. Nacido en la Ciudad de México, destacó muy joven por su capacidad física, valor y agresividad artística. El mote de “El Ciclón” describía su forma de arrasar plazas. Triunfó tanto en México como en España, algo reservado para muy pocos extranjeros. Fue figura máxima de los años cuarenta y cincuenta. Su repertorio técnico, seguridad con la espada y dominio escénico lo hicieron un torero completo. Más tarde también destacó como rejoneador. Arruza mostró que el torero mexicano podía competir de tú a tú con cualquier figura mundial y, en muchos casos, superarla.
Fermín Espinosa Armillita fue el maestro por excelencia. Fundador de la célebre dinastía de Saltillo, Coahuila, poseyó una comprensión profunda del toreo. Su manejo del capote fue excepcional y con la muleta alcanzó niveles de armonía admirados por los aficionados más exigentes. Era un torero largo, capaz de resolver problemas técnicos y también de emocionar. Su inteligencia taurina le permitía entender a cada toro y extraer lo mejor de él. Armillita no dependía solo del valor, sino del conocimiento. Muchos lo consideran uno de los lidiadores más completos de la historia mexicana.
Lorenzo Garza fue temperamento puro. Nacido en Monterrey, impuso una personalidad fuerte dentro y fuera de la plaza. El sobrenombre de “El Ave de las Tempestades” aludía a su carácter volcánico y a las pasiones que despertaba. Garza toreaba con dramatismo, con orgullo y con una intensidad poco común. Sus tardes podían ser memorables o turbulentas, pero jamás indiferentes. El público acudía porque con él siempre podía ocurrir algo extraordinario. Fue un torero de enorme tirón popular y de gran presencia mediática.
Luis Castro El Soldado fue uno de los hombres más respetados de su generación. Su apodo remitía a firmeza, disciplina y disposición al combate. Se distinguió por la seriedad profesional, el valor ante toros complicados y una estética sobria. Sin necesidad de extravagancias, construyó prestigio con actuaciones consistentes. Formó parte de carteles de primera línea y sostuvo rivalidades que enriquecieron la época dorada.
Alfonso Ramírez El Calesero representó el arte refinado. Originario de Aguascalientes, fue torero de inspiración, cadencia y gusto estético. Sus partidarios lo seguían por la belleza de sus maneras y por la capacidad de interpretar el toreo con sensibilidad especial. Cuando encontraba el toro adecuado, podía cuajar faenas de enorme calidad. Fue heredero de una tradición aguascalentense muy vinculada a la elegancia taurina.
David Liceaga fue ejemplo de profesionalismo y consistencia. Técnico, valiente y eficaz, ocupó lugar relevante en los carteles de su tiempo. Aunque a veces menos recordado que otros nombres más mediáticos, fue pieza clave de una generación amplia que dio solidez a la fiesta. Su trayectoria demuestra que las épocas de oro no sólo las construyen los ídolos, sino también los toreros de gran oficio que mantienen el nivel competitivo.
Todos ellos compartieron una circunstancia histórica singular: lidiaron en años donde la tauromaquia era espectáculo central de masas. La radio magnificaba sus gestas, los periódicos narraban sus rivalidades y la sociedad los convertía en referentes populares. En conjunto, estas figuras moldearon una escuela mexicana de torear: mezcla de valor, sentimiento, personalidad y orgullo nacional. Sin sus trayectorias individuales, la época de oro del toreo en México sería apenas una etiqueta vacía. Con ellos, se volvió leyenda.
Conviene recordar un episodio decisivo: la ruptura de relaciones taurinas con España en ciertos periodos fortaleció el protagonismo mexicano. Sin figuras peninsulares en los carteles, los nacionales dejaron de ser complemento y se volvieron centro. Lo que parecía crisis terminó siendo oportunidad histórica. El público descubrió que en casa había talento de sobra.
En paralelo, los toreros competían en popularidad con los actores de la Época de Oro del cine mexicano. Mientras Cantinflas llenaba salas y Dolores del Río deslumbraba pantallas, Silverio, Garza o Arruza llenaban plazas. Eran celebridades antes de la televisión masiva. Los niños imitaban verónicas en las calles. Los sastres copiaban trajes. Las crónicas taurinas ocupaban primeras planas.
La inauguración de la Plaza México en 1946 marcó el cierre simbólico de una etapa y el comienzo de otra. La monumental plaza recogió la herencia de décadas gloriosas. Llegó cuando el toreo mexicano ya tenía personalidad, figuras y ganaderías respetadas.
¿Por qué fue edad de oro? Porque coincidieron cinco factores raros: toros encastados, ganaderos visionarios, empresarios que sabían de toros y de espectáculos, figuras irrepetibles y un país dispuesto a convertirlos en mito. Las edades de oro no se decretan; suceden. Son momentos en que el talento individual coincide con las circunstancias históricas.
Conviene mirar aquella época con serenidad. No para idealizarla ciegamente, sino para entender que durante varias décadas el ruedo fue espejo de México: valiente, contradictorio, sentimental, orgulloso, bronco y brillante.
La edad de oro del toreo mexicano no fue sólo una sucesión de corridas memorables. Fue un capítulo de la construcción simbólica del país. En aquellas arenas, entre clarines y sangre, México también se estaba inventando a sí mismo.




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