La estirpe Barbabosa en la construcción del toro mexicano
- Onel Ortíz Fragoso

- hace 7 horas
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Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
Hablar del toro bravo en México es, inevitablemente, hablar de familias. No de empresas, no de coyunturas económicas, no de modas pasajeras, sino de linajes que han entendido que la crianza del toro de lidia no es un negocio de corto plazo, sino una vocación que se hereda como se hereda la tierra, el apellido y la memoria. Bajo esa lógica se sostiene una afirmación que ha sido reiterada por diversos autores y ganaderos: las familias son la base del toro bravo mexicano. Y en ese universo, donde convergen apellidos como González, Llaguno y Madrazo, la familia Barbabosa ocupa un lugar central, no sólo por su antigüedad, sino por su capacidad de resistir, adaptarse y trascender.
La historia de los Barbabosa no es únicamente una narración genealógica; es, sobre todo, un proceso de casi dos siglos de selección, de paciencia y de decisiones que, acertadas o no, fueron moldeando el fenotipo y el comportamiento del toro bravo mexicano. Es también la historia de un país que transitó del México independiente al porfiriato, de la Revolución a la modernidad, y que encontró en el campo bravo un espacio de continuidad cultural.
El punto de partida se ubica hacia 1835, cuando don José Julio Barbabosa adquiere la hacienda de Santín. No se trató de una compra cualquiera: detrás de esa decisión estaba la afición por la fiesta de los toros, una práctica profundamente arraigada en la vida social de la época. A partir de entonces, comenzó una labor rudimentaria pero fundamental: separar aquellas reses que, por su presencia y temperamento, parecían aptas para la lidia. En ese gesto inicial se encuentra la semilla de todo lo que vendría después.
A su muerte, en 1860, la responsabilidad recayó en su hijo, Jesús María Barbabosa, quien no sólo heredó la tierra, sino también la afición. Fue él quien dio el paso decisivo de convertir una práctica empírica en un proyecto ganadero con intención clara: criar toros específicamente para la lidia. El episodio de 1866 en la plaza de Toluca, donde se lidiaron cinco toros de Santín bajo la guía del torero Mariano González “La Monja”, no es un simple dato anecdótico; es el momento en que la ganadería comienza a insertarse en el circuito taurino formal. El buen resultado de aquellos toros marcó un punto de inflexión: la fama empezó a construirse, y con ella, la necesidad de consolidar un encaste propio.
La consolidación no tardó en llegar. Para 1872, la ganadería lidiaba formalmente en Puebla, y a partir de entonces sus toros comenzaron a recorrer las principales plazas del país, enfrentándose a las figuras más destacadas del momento: Bernardo Gaviño, Lino Zamora, Ponciano Díaz, entre otros. No era menor: en una época donde la competencia incluía ganado importado de España, lograr reconocimiento implicaba un nivel de exigencia alto, tanto en presencia como en bravura.
Tras la muerte de Jesús María en 1888, su hijo José Julio Barbabosa Saldaña asumió la conducción de la ganadería. En su gestión se advierte ya una preocupación más técnica por la selección, por la mejora del ganado, por la incorporación de sangre nueva. El inicio del siglo XX trajo consigo uno de los momentos clave en la historia de la casa: la cruza con ganado de Antonio Flores, formado a partir de reses del Duque de Veragua y sementales del Marqués de Saltillo. Esta decisión no sólo fue acertada, sino estratégica: permitió dotar a la ganadería de una base genética más sólida, alineada con los estándares de bravura que comenzaban a imponerse.
La continuidad quedó garantizada cuando en 1930 la ganadería pasó a manos de Agustín Cruz Barbabosa, quien mantuvo el rumbo hasta su fallecimiento en 1956. Lo interesante de esta etapa no es sólo la permanencia del éxito, sino la manera en que la familia logró sostener la unidad en torno a un proyecto común, incluso cuando la propiedad se fragmentó entre nueve herederos. En un país donde la división de la tierra ha sido históricamente un factor de debilitamiento productivo, el caso de los Barbabosa resulta excepcional.
La figura de doña Celia Barbabosa es particularmente significativa. En 1974 adquiere la totalidad de la ganadería de Santín, concentrando nuevamente el proyecto en una sola dirección. Su decisión no sólo evitó la dispersión del encaste, sino que permitió mantener una línea de selección coherente hasta el año 2002, cuando la ganadería pasó a manos de su nieto César Méndez Larregui. Este relevo generacional confirma una constante: la permanencia del toro bravo depende de la capacidad de las familias para transmitir no sólo la propiedad, sino el conocimiento y la pasión.
Paralelamente, la historia del hierro de San Diego de los Padres, fundado por Rafael Barbabosa Arzate en 1840, ofrece una perspectiva complementaria. Si Santín representa el desarrollo progresivo de una ganadería, San Diego encarna la resiliencia frente a la adversidad. La prohibición de las corridas de toros decretada por Benito Juárez en 1867 golpeó duramente a los ganaderos: los toros, sin posibilidad de ser lidiados, terminaban en el matadero como simple carne. Ese episodio revela la fragilidad de una actividad que depende no sólo del campo, sino también de decisiones políticas.
La recuperación llegó con la restauración de los festejos en 1887, bajo el gobierno de Porfirio Díaz. Para entonces, la familia Barbabosa ya había consolidado un entramado ganadero que incluía la adquisición de la hacienda de Atenco. La creación de la sociedad “Rafael Barbabosa Sucesores” muestra una temprana capacidad de organización empresarial, necesaria para enfrentar los retos de una actividad cada vez más compleja.
El siglo XX trajo consigo nuevos desafíos. La Revolución Mexicana arrasó con buena parte de las ganaderías, obligando a un proceso de reconstrucción que implicó decisiones difíciles. En Atenco, por ejemplo, los intentos iniciales con sementales de Zalduendo fracasaron, lo que obligó a recurrir a ganado de Pablo Romero. Esta capacidad de rectificación es, quizá, una de las claves del éxito de la familia: entender que la selección del toro bravo no admite dogmas, sino que exige una evaluación constante.
La disolución de la sociedad en 1949, que dio lugar a la separación de Atenco, San Diego de los Padres y la fundación de Zamarrero, lejos de debilitar a la familia, amplió su presencia en el campo bravo. Cada rama siguió su propio camino, pero todas compartían un mismo origen, una misma concepción del toro y una misma ética de trabajo.
En este punto conviene detenerse en una reflexión. La historia de los Barbabosa, como la de otras familias ganaderas, suele narrarse en clave épica, resaltando triunfos y continuidades. Sin embargo, también es necesario reconocer que la ganadería de bravo enfrenta hoy retos estructurales: la disminución de festejos, la presión de movimientos antitaurinos, el encarecimiento de los costos de producción y la pérdida de espacios rurales. En ese contexto, la pregunta no es sólo cómo se construyó el toro bravo mexicano, sino cómo se garantizará su futuro.
La respuesta, en buena medida, vuelve al punto de partida: las familias. Si algo demuestra la trayectoria de los Barbabosa es que la permanencia del toro bravo depende de proyectos de largo aliento, de una visión que trascienda generaciones. No basta con importar encastes ni con aplicar técnicas modernas; es necesario un compromiso profundo con la conservación de un patrimonio biocultural.
En ese sentido, la familia Barbabosa no sólo ha sido un pilar de la ganadería mexicana, sino también un referente de lo que implica criar toro bravo: una combinación de conocimiento empírico, sensibilidad estética y disciplina productiva. Sus toros, que han dado gloria en las plazas, son el resultado visible de un trabajo invisible, realizado en el campo, lejos de los reflectores.
Al final, hablar de los Barbabosa es hablar de la resistencia de una tradición que, pese a los embates del tiempo y de la política, ha logrado mantenerse viva. Es reconocer que detrás de cada toro que salta al ruedo hay décadas —cuando no siglos— de selección, de errores corregidos, de decisiones arriesgadas. Es, en suma, entender que el toro bravo mexicano no es un accidente, sino una construcción colectiva donde las familias han sido, y siguen siendo, su piedra angular.




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