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La organización de la bravura y la construcción institucional de la fiesta brava en México

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 3 días
  • 6 Min. de lectura

Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz

 

En la historia de la tauromaquia mexicana existe una verdad elemental que pocas veces se subraya con suficiente claridad: sin toro no hay fiesta. El espectáculo taurino —con toda su liturgia, su drama y su dimensión cultural— gira alrededor de un protagonista absoluto: el toro bravo. Ni la destreza del torero, ni la arquitectura monumental de las plazas, ni la tradición centenaria del ritual taurino podrían existir sin ese animal criado durante años en el silencio de los campos. Por esa razón, la historia de la tauromaquia mexicana no puede comprenderse sin analizar el papel de los ganaderos y, en particular, la construcción institucional que les permitió organizarse. En ese proceso, la creación de la Unión de Criadores de Toros de Lidia A.C., el 16 de octubre de 1930, representa un momento fundacional.


La Unión de Criadores nació en una época en la que México intentaba reorganizar muchas de sus actividades económicas y sociales después de la Revolución. El país transitaba hacia una etapa de institucionalización y modernización que también alcanzó al mundo rural y a las actividades pecuarias. En ese contexto, once ganaderías históricas decidieron asociarse para defender intereses comunes, profesionalizar la crianza del toro bravo y fortalecer la organización de la fiesta brava en el país.


Los fundadores de la Unión representan lo que podría llamarse la aristocracia ganadera del México taurino. Participaron las ganaderías Atenco y San Diego de los Padres, propiedad de Don Juan de Dios Barbabosa Saldaña; La Punta y Matancillas, de Don Francisco y Don José Madrazo García Granados; Piedras Negras, La Laguna y Zotoluca, de Don Wiliulfo González y Carvajal; Peñuelas, de Don Miguel Dosamantes Rul; Xajay, de Don Edmundo y Don Jorge Guerrero Perrusquia; Quiriceo, de Don Eduardo y Don Jorge Jiménez del Moral; y Malpaso, de Don Antonio Gómez Gordoa.


Cada uno de esos nombres representa no sólo una ganadería, sino una tradición familiar, una manera de entender la crianza del toro bravo y una aportación específica al desarrollo de la cabaña brava mexicana. Muchas de esas casas ganaderías se remontan a siglos anteriores y constituyen verdaderas dinastías del campo mexicano.

La Unión nació con once miembros, pero rápidamente comenzó a crecer. A finales del mismo año de su fundación se sumaron Rancho Seco y Coxamalucan, mientras que en 1931 ingresaron Jalpa y Santín, con lo que el organismo alcanzó quince ganaderías afiliadas. Este crecimiento temprano demuestra que la idea de organizarse respondía a una necesidad real del sector. En la actualidad, esta asociación cuenta con más de 500 afiliados.


La tauromaquia mexicana, aunque profundamente arraigada en la tradición española, había desarrollado ya una identidad propia. El toro mexicano comenzó a consolidarse como una línea genética particular, con características específicas de bravura, trapío y comportamiento en el ruedo. Esa evolución exigía coordinación entre los ganaderos, criterios técnicos compartidos y mecanismos institucionales para defender sus intereses.


En ese contexto, la Unión de Criadores de Toros de Lidia se convirtió en el primer intento serio de organización nacional de los ganaderos de reses bravas.

El proceso de institucionalización del sector ganadero en México recibiría un impulso decisivo en 1936. Ese año, el presidente Lázaro Cárdenas del Río promulgó la Ley de Asociaciones Ganaderas, una legislación que buscaba ordenar la actividad pecuaria del país y fortalecer la organización de los productores rurales.


La ley establecía que los ganaderos debían integrarse en asociaciones locales, regionales y nacionales para coordinar esfuerzos productivos, mejorar la sanidad animal y promover el desarrollo del sector. Aunque la norma no estaba pensada exclusivamente para la tauromaquia, su impacto alcanzó también a los criadores de toros de lidia.


De alguna manera, la Unión de Criadores se adelantó a esa legislación. Cuando la ley cardenista entró en vigor, los ganaderos de toros bravos ya contaban con una organización nacional que los representaba. Esto facilitó su incorporación al nuevo sistema institucional del sector pecuario mexicano.


Ese proceso culminaría el 13 de junio de 1946, cuando la asociación fue reconocida formalmente como asociación ganadera de criadores de toros de lidia dentro de la Confederación Nacional Ganadera. Con ello, los criadores de toros bravos quedaron plenamente integrados en la estructura institucional del campo mexicano.


La incorporación a la Confederación no fue un simple trámite burocrático. Significó el reconocimiento oficial de la crianza del toro de lidia como una actividad pecuaria legítima, con valor económico, cultural y productivo dentro del país.


El espectáculo taurino tiene múltiples protagonistas: toreros, empresarios, subalternos, ganaderos, aficionados y autoridades. Sin embargo, el eje central sigue siendo el toro bravo. Su crianza es una actividad compleja que requiere conocimiento genético, paciencia, recursos económicos y una profunda vocación.


Un toro de lidia no es un animal cualquiera. Es el resultado de siglos de selección genética orientada a preservar ciertas cualidades: bravura, fuerza, movilidad, inteligencia y capacidad de embestida. Cada ganadería desarrolla su propio encaste y busca transmitir características específicas de comportamiento.


La crianza del toro bravo implica años de trabajo silencioso. Desde su nacimiento hasta su lidia en la plaza pueden pasar entre cuatro y cinco años. Durante ese tiempo el animal vive en amplias extensiones de campo, donde se desarrolla con mínima intervención humana.


La Unión de Criadores ha desempeñado un papel clave en la preservación de esa tradición. A través de su estructura organizativa ha permitido que los ganaderos compartan experiencias, desarrollen criterios técnicos comunes y defiendan la autenticidad del toro bravo mexicano.


La Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia cumple diversas funciones dentro del mundo taurino.


Uno de sus objetivos principales es proteger los intereses de los ganaderos mexicanos. Esto implica representar al sector frente a autoridades, empresarios taurinos y otros actores de la industria.


También ofrece asesoría comercial y técnica a sus miembros, lo cual resulta fundamental en una actividad que combina elementos culturales con dinámicas económicas complejas.


La capacitación permanente en salud animal es otro de los ejes centrales de la asociación. La sanidad del ganado bravo es un asunto delicado, pues cualquier enfermedad puede afectar no sólo a una ganadería específica sino al conjunto de la cabaña brava nacional.


Además, la asociación trabaja para impulsar la cultura taurina, mediante la edición de libros, revistas, videos y materiales de difusión dirigidos a los aficionados. Este esfuerzo editorial busca preservar la memoria histórica de la tauromaquia mexicana y transmitir sus valores a nuevas generaciones.


Una de las contribuciones más importantes de las ganaderías mexicanas al desarrollo de la tauromaquia es la tradición de los tentaderos.


Los tentaderos son pruebas en las que se evalúa la bravura de las vacas y la calidad genética de los sementales. Pero también funcionan como verdaderas escuelas para los jóvenes toreros.


Durante estas jornadas, los aspirantes a matadores tienen la oportunidad de enfrentarse por primera vez al ganado bravo en condiciones controladas. Es un proceso de aprendizaje fundamental que permite desarrollar técnica, valor y conocimiento del comportamiento del toro.


La Asociación Nacional de Criadores ha promovido históricamente la apertura de las ganaderías a los jóvenes valores de la baraja taurina mexicana. Gracias a esa política, generaciones enteras de toreros han podido formarse en el campo bravo.


Más allá de su dimensión cultural, la tauromaquia representa también una actividad económica significativa. Alrededor del toro bravo gira una compleja red de actividades productivas. Ganaderos, toreros, subalternos, empresarios, transportistas, artistas, medios de comunicación, imprentas, taquilleros, acomodadores y los tradicionales monossabios forman parte de una cadena laboral que depende directamente de la existencia de la fiesta brava.


Cada corrida genera una derrama económica que involucra múltiples sectores. Desde la crianza del toro hasta la organización del espectáculo intervienen decenas de oficios y profesiones.


La Asociación Nacional de Criadores cumple un papel importante en la coordinación de estos sectores, manteniendo canales de comunicación que permiten el buen funcionamiento de la industria taurina.


En las últimas décadas, la tauromaquia ha enfrentado un intenso debate público. Grupos animalistas han cuestionado la legitimidad del espectáculo, mientras que sus defensores lo reivindicamos como una tradición cultural profundamente arraigada.

En ese contexto, la existencia de organizaciones como la Asociación Nacional de Criadores resulta fundamental para articular la defensa institucional de la fiesta brava.


Los ganaderos no sólo producen toros. Custodian una tradición que forma parte de la historia cultural de México. Las ganaderías son espacios donde conviven la genética animal, la historia rural, la arquitectura de las haciendas y la memoria de generaciones dedicadas a una misma vocación.


Casi un siglo después de su fundación, la Unión de Criadores de Toros de Lidia sigue siendo una pieza central del universo taurino mexicano.


Su historia refleja la evolución de una actividad que ha sabido adaptarse a distintos contextos políticos, económicos y culturales. Desde su nacimiento en 1930 hasta su consolidación dentro de la Confederación Nacional Ganadera, la asociación ha acompañado el desarrollo de la tauromaquia mexicana.


La fiesta brava puede gustar o no gustar. Puede ser defendida o criticada. Pero lo que resulta innegable es que constituye una tradición con profundas raíces históricas y culturales. Y en el corazón de esa tradición se encuentra el toro bravo. El animal que, durante siglos, ha dado sentido a uno de los rituales más complejos del mundo hispánico. El animal que obliga al torero a jugarse la vida frente al público. El animal que convierte una tarde cualquiera en una tragedia griega bajo el sol de la plaza. Por eso, cuando en 1930 un grupo de ganaderos decidió unirse para defender su actividad, no sólo estaban creando una asociación. Estaban construyendo una institución destinada a preservar la bravura. Y con ella, una parte esencial de la cultura mexicana.

 


 
 
 

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