Las corridas de toros en la primera mitad del siglo XX: tradición y modernidad
- Onel Ortíz Fragoso

- hace 1 día
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Por Onel Ortiz Fragoso
@onelortiz
La primera mitad del siglo XX mexicano fue un periodo de ruptura y reconstrucción. El país atravesó una revolución social prolongada y profunda, una guerra civil intermitente, levantamientos regionales, golpes de Estado y la Guerra Cristera; promulgó una nueva Constitución en 1917, impulsó el reparto agrario, consolidó el Estado laico, vivió los efectos de la Primera Guerra Mundial, participó como aliado en la Segunda Guerra Mundial y abrió sus puertas al exilio republicano español. En lo interno, los caudillos fueron sustituidos por un régimen de partido hegemónico —del Partido Nacional Revolucionario de Plutarco Elías Calles al Partido de la Revolución Mexicana de Lázaro Cárdenas— que buscó estabilidad a cambio de control político. En lo social y cultural, el país se urbanizó, llegaron los automóviles, la radio y los electrodomésticos; el cine, el boxeo, el béisbol, la lucha libre y, por supuesto, las corridas de toros se consolidaron como espectáculos de masas.
En ese torbellino histórico, la tauromaquia no fue un residuo del pasado ni una excentricidad de élites: fue un fenómeno popular que sobrevivió al colapso del Porfiriato, atravesó la Revolución y se integró al proyecto de modernización posrevolucionario. La fiesta brava en la primera mitad del siglo XX puede leerse como un espejo de las tensiones del país: tradición frente a modernidad, campo y ciudad, violencia ritualizada y pacificación social, identidad nacional y cosmopolitismo.
De Porfirio Díaz al México posrevolucionario: continuidad y adaptación. Durante la larga dictadura del Porfiriato, las corridas de toros proliferaron en todo el país como parte de un modelo de modernización que combinó orden, espectáculo y fuente de recursos. La inauguración del Toreo de la Condesa en 1907 simbolizó esa modernidad afrancesada que convivía con tradiciones mestizas profundamente arraigadas. La Revolución mexicana no acabó con la tauromaquia; la empujó a transformarse. Mientras el país se desangraba, las plazas siguieron siendo espacios de sociabilidad, de catarsis colectiva y de continuidad cultural.
Tras la lucha armada, el Estado posrevolucionario entendió pronto el valor de los espectáculos masivos. En un país que buscaba estabilidad, la fiesta brava ofrecía una violencia contenida, reglamentada, ritualizada; una puesta en escena que permitía canalizar pasiones sin desbordarlas. No es casual que, junto con el cine y la radio, las corridas se consolidaran como industria cultural y de entretenimiento. La modernización no implicó suprimir lo popular, sino administrarlo.
La primera mitad del siglo XX estuvo marcada por procesos revolucionarios en China, la Unión Soviética y México; por la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión de 1929, el ascenso de los nacionalismos y los fascismos en Europa, y por la Segunda Guerra Mundial, que terminó con las dos explosiones atómicas en la ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. México no vivió esos procesos en aislamiento. La plaza de toros fue también un espacio donde se respiraban las tensiones del mundo: la presencia de figuras españolas, el intercambio cultural, las crónicas que conectaban al aficionado mexicano con Madrid o Sevilla, y una estética que dialogaba con la modernidad sin renunciar a la tradición.
La fiesta brava de la primera mitad del siglo XX tuvo una edad dorada marcada por rivalidades que trascendieron lo deportivo. Los mano a mano entre Juan Belmonte y Rodolfo Gaona en el Toreo de la Condesa no solo enfrentaron estilos; simbolizaron la afirmación del torero mexicano frente a la tradición española. Gaona no fue únicamente un gran torero: encarnó una reivindicación nacional en el ruedo, una manera de decir que México podía dialogar de tú a tú con la metrópoli taurina.
Esa lógica de competencia y prestigio alcanzó su clímax con la inauguración de la Plaza México el 5 de febrero de 1946. La plaza más grande del mundo, 40 mil aficionados, no fue un capricho arquitectónico, sino la expresión de una afición masiva y de un mercado cultural en expansión. En la Plaza México, en sus primeros años, convergieron figuras como Manolete, Silverio Pérez y Lorenzo Garza, cuyas competencias electrizaron a un público que acompañaba a los toreros desde los hoteles hasta la plaza y después, a los triunfadores, eran llevados en hombros hasta verbenas populares.
La radio jugó un papel decisivo. La narración taurina convirtió la lidia en un espectáculo nacional, dibujado con palabras para quienes no podían asistir. Las crónicas en los principales diarios fijaron un lenguaje, una épica y una memoria compartida. La tauromaquia fue, en ese sentido, una industria cultural plenamente integrada a la modernidad mediática.
La primera corrida de toros transmitida por radio en México ocurrió el 7 de diciembre de 1924 desde la plaza "El Toreo" de la Condesa, a través de la estación CYB, con un mano a mano entre los toreros españoles Manuel Jiménez "Chicuelo" y Victoriano Roger. Esta transmisión marcó un hito, cumpliendo 100 años en 2024, y fue narrada por el locutor Enrique Arizmendi por la XEB.
En un México que aspiraba a cumplir los objetivos de la Revolución, las corridas se integraron como negocio rentable, como espectáculo popular y como representación social. Las plazas fueron espacios donde convivieron obreros, clases medias y élites; donde se negociaban identidades y se escenificaban jerarquías. La fiesta brava no estuvo exenta de críticas: hubo voces que la consideraron anacrónica o violenta. Sin embargo, su persistencia, crecimiento y arraigo popular revela algo más profundo: la capacidad de una tradición para adaptarse a un país en transformación.
El Estado reguló la fiesta brava, la toleró y, en ocasiones, la celebró. En ello hay una lección política: la modernización mexicana no fue una ruptura con el pasado, sino una síntesis conflictiva. La tauromaquia sobrevivió porque supo dialogar con la ciudad, con los medios, con el mercado y con una sociedad que buscaba símbolos compartidos tras décadas de violencia real.
Las corridas de toros en la primera mitad del siglo XX no pueden entenderse solo como un espectáculo. Fueron una metáfora de un país que transitó de la guerra civil a la estabilidad, la gobernabilidad y la paz. La dictadura perfecta, cómo la definiría en la década de los años 90, Mario Vargas Llosa nació en esa primera mitad del siglo XX. Un proceso que va de la tradición rural a la cultura de masas, del aislamiento a la inserción internacional. Entre el Toreo de la Condesa y la Plaza México se dibuja un arco histórico: el paso de un México porfiriano a uno posrevolucionario que, sin renunciar a sus rituales, los convirtió en industria, en símbolo, cultura y espectáculo.
La fiesta brava fue parte del proceso de modernización, no su negación. En la plaza se ritualizó una violencia que el país buscaba dejar atrás; se construyó identidad en medio de la incertidumbre; se ofreció espectáculo donde antes hubo guerra. Por eso, más allá de filias y fobias contemporáneas, entender la tauromaquia de la primera mitad del siglo XX es comprender una pieza clave del entramado cultural y político de México. La historia no es de bronce, pero tampoco se borra: se discute, se interpreta y se entiende en su tiempo.




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