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Las corridas de toros durante la Revolución Mexicana

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 1 día
  • 6 Min. de lectura

Por Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz





La Revolución Mexicana suele narrarse como una épica de fusiles, trenes tomados al asalto, ejércitos improvisados y caudillos que encarnaron la ruptura violenta con el viejo régimen. Sin embargo, en medio de la pólvora, el hambre y la incertidumbre, persistieron prácticas culturales profundamente arraigadas que acompañaron a los combatientes y a la sociedad civil. Entre ellas, las corridas de toros ocuparon un lugar central, incómodo y contradictorio: fueron, al mismo tiempo, entretenimiento popular, ritual identitario, herramienta de propaganda política y objeto de censura moral por parte de algunos líderes revolucionarios.


Hablar de tauromaquia entre 1910 y 1928 no es un ejercicio anecdótico ni folclórico. Es asomarse a una de las tensiones más profundas de la Revolución: la pugna entre tradición y modernidad, entre un proyecto civilizatorio inspirado en ideales positivistas y moralizantes y una cultura popular que se resistía a ser borrada por decreto. Mientras se redactaban planes, proclamas y constituciones, en muchas plazas —formales o improvisadas— se seguían lidiando toros, se brindaban faenas a generales y se celebraba la vida en medio de la muerte.


Desde la Colonia, la fiesta brava había sido un espectáculo transversal en la sociedad mexicana. A diferencia de otras diversiones elitistas, las corridas congregaban a ricos y pobres, civiles y militares, autoridades y pueblo llano. En los años revolucionarios, esta cualidad se acentuó: las plazas de toros se convirtieron en espacios de convivencia donde oficiales y soldados compartían gradería con la población local.

No era raro que, tras una toma de ciudad o una tregua informal, se organizara un festejo taurino como forma de distensión. La corrida permitía un respiro simbólico frente a la brutalidad cotidiana del conflicto. En ese contexto, la tauromaquia funcionó como una válvula de escape emocional y como un recordatorio de normalidad en un país fracturado.


Los mandos militares entendieron pronto el valor político de estos festejos. Organizar corridas implicaba ganarse la simpatía de la población, reafirmar autoridad y proyectar una imagen de control del territorio. No es casual que muchos jefes revolucionarios fueran aficionados declarados o, al menos, promotores circunstanciales del espectáculo.

Francisco I. Madero: el idealista en el palco. Uno de los episodios más reveladores de esta convivencia entre política y tauromaquia es el protagonizado por Francisco I. Madero. Formado en el espiritismo, defensor del sufragio efectivo y crítico del autoritarismo porfirista, Madero podría parecer, a primera vista, ajeno a una práctica que algunos ya calificaban de bárbara. Sin embargo, la historia muestra lo contrario.

Madero fue aficionado a las corridas de toros y asistía con regularidad a ellas en la Ciudad de México. Existen registros gráficos y testimoniales que lo muestran en el palco presidencial de la antigua plaza El Toreo de la Condesa, acompañado del torero que marcaría una época: Rodolfo Gaona. El 28 de enero de 1912, Gaona dedicó un toro al entonces presidente, en un gesto cargado de simbolismo político y cultural.


Ese acto de cortesía no fue menor. En plena efervescencia revolucionaria, el brindis al presidente representaba la continuidad de una tradición nacional en medio del cambio. Para Madero, la tauromaquia no era incompatible con su proyecto democrático; formaba parte de la vida cultural del país que buscaba transformar sin destruir.

La figura de Rodolfo Gaona, el “Califa de León”, es inseparable del periodo revolucionario. Mientras el país se desangraba, Gaona consolidaba un estilo propio que rompía con la tutela absoluta de la tauromaquia española. Su célebre “gaonera” no fue solo un quite; fue un acto de afirmación cultural.


En un México que buscaba definirse a sí mismo tras décadas de dependencia simbólica de Europa, la emergencia de una escuela mexicana de toreo tuvo un significado profundo. La rivalidad de Gaona con toreros españoles se leía, en clave cultural, como una metáfora del nacionalismo emergente. La Revolución, paradójicamente, permitió esa emancipación estética.


En octubre de 1916, el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista, Venustiano Carranza, decretó la prohibición de las corridas de toros en el Distrito Federal, y posteriormente en todo el país. El argumento era contundente: se trataba de un espectáculo cruel, bárbaro, contrario a la civilización y a la moralización de las masas.


El decreto reflejaba una visión modernizadora que veía en la tauromaquia un residuo del pasado. Carranza aspiraba a un México racional, laico, ordenado, donde ciertas prácticas populares debían ser erradicadas para dar paso al progreso. La prohibición fue, en ese sentido, un acto pedagógico del Estado revolucionario.


Sin embargo, la realidad fue más compleja. Las corridas no desaparecieron; se desplazaron. En provincias, en haciendas, en plazas improvisadas, los festejos continuaron de manera clandestina. La resistencia fue tal que grupos de aficionados llegaron a manifestarse frente a la casa de Carranza, evidenciando el arraigo social de la fiesta brava.


Pocas figuras encarnan mejor las paradojas de la Revolución que Pancho Villa. El Centauro del Norte fue un reconocido aficionado a la tauromaquia. Se le atribuye no solo la asistencia a corridas, sino el interés por lidiar toros, preguntar por ganaderías y participar activamente en el ambiente taurino. Su gusto por los toros convivía con otra afición popular: las peleas de gallos.


Y, sin embargo, como gobernador de Chihuahua, Villa decretó en 1916 la prohibición de las corridas de toros. ¿Contradicción? Más bien, expresión del carácter pragmático del caudillo. Villa entendía el poder simbólico de las prohibiciones como herramienta de control político, aun cuando estas chocaran con sus gustos personales.


Esta dualidad revela que la relación de los líderes revolucionarios con la tauromaquia no fue lineal ni ideológica, sino profundamente contextual.


Emiliano Zapata también fue aficionado a las corridas de toros. El general Amador Acevedo relató que conoció a Zapata en una corrida, y diversas fuentes confirman su gusto por la fiesta brava. En el universo simbólico zapatista, la relación con los animales —toros y caballos— tenía una dimensión casi ritual.


Zapata fue, además, un extraordinario conocedor de caballos. El caballo “As de Oros” es parte de la mitología que rodea su figura y que, paradójicamente, influyó en la emboscada que terminó con su vida. En su caso, la tauromaquia se inscribía en una cultura rural profundamente ligada a la tierra, al honor y a la destreza físicas.


Hay registros históricos y fotográficos que documetan a Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, los dos principales caudillos del grupo sonorense triunfantes de la Revolución Mexicana, de su asistencia y disfrute de las corridas de toros, a pesar de que la tauromaquia experimentó prohibiciones durante el gobierno de Venustiano Carranza, pero a partir de el gobierno de Adolfo de la Huerta estos dos caudillos volvieron a expresar públicamente su afición por la fiesta brava.


La Revolución no solo afectó a las plazas; golpeó con dureza a las ganaderías. Muchas haciendas dedicadas a la cría de toro bravo fueron saqueadas, ocupadas o convertidas en campos de batalla. La histórica Hacienda de Atenco es apenas un ejemplo de cómo el conflicto puso en riesgo siglos de tradición ganadera.


Los criadores se vieron obligados a proteger su ganado del consumo militar, del pillaje y de la destrucción. En este contexto, la supervivencia misma de la tauromaquia estuvo en entredicho, y su persistencia posterior habla de una notable capacidad de adaptación.


Tras el asesinato de Carranza en 1920, el presidente provisional Adolfo de la Huerta derogó rápidamente el decreto prohibicionista. La reapertura de las plazas no fue solo una decisión administrativa; fue un gesto político que reconocía la imposibilidad de imponer la modernidad a golpe de decreto.


Entre 1920 y 1928, la tauromaquia se reconfiguró. Dejó de ser un simple eco de España para afirmarse como expresión mexicana. Este proceso sentó las bases de la futura Época de Oro, en la que la fiesta brava alcanzaría una sofisticación estética y un reconocimiento internacional sin precedentes.


Las corridas de toros durante la Revolución Mexicana fueron mucho más que un entretenimiento en tiempos de guerra. Constituyeron un espejo de las contradicciones del proyecto revolucionario: la coexistencia de ideales modernizadores con prácticas culturales profundamente arraigadas; la tensión entre moralización estatal y resistencia popular; la dualidad de líderes que, siendo aficionados, recurrieron a la prohibición.


Lejos de ser un anacronismo marginal, la tauromaquia fue un espacio más  donde se disputó el sentido de la nación. Entre 1910 y 1928, en medio del estruendo de los fusiles, el ruedo siguió siendo un lugar donde México se miró a sí mismo, debatiéndose entre lo que quería dejar atrás y aquello que, pese a todo, se negaba a desaparecer.





 
 
 

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