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Los templos del toro en la Ciudad de México.

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • 30 jun
  • 7 min de lectura

Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz


La historia de la Ciudad de México también puede contarse a través de sus plazas de toros. Cada época política, cada transformación urbana y cada proyecto cultural del país dejó su huella en esos recintos donde el rito taurino se mezcló con la vida social, la economía, la arquitectura y hasta la disputa ideológica de México consigo mismo. Las plazas de toros no fueron únicamente espacios para lidiar reses bravas; fueron escenarios donde desfilaron virreyes, militares, presidentes, artistas, aristócratas, obreros y políticos. En ellas se reflejó el país colonial, el México independiente, el Porfiriato, la Revolución y la modernidad urbana del siglo XX.


La capital mexicana tuvo durante siglos una intensa vida taurina. A diferencia de otras ciudades del país donde existía un solo coso principal, en la Ciudad de México convivieron simultáneamente varias plazas, algunas efímeras y otras legendarias. Cada una representó un momento distinto de la evolución de la tauromaquia mexicana.

 

El Volador: el nacimiento del rito taurino capitalino

La Plaza del Volador fue el primer gran recinto taurino estable de la capital novohispana. Surgió en 1586 en el espacio donde hoy se encuentra la sede de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, a un costado del antiguo mercado de el Volador y muy cerca del corazón político y religioso de la Nueva España.


En aquellos siglos, la tauromaquia no era vista únicamente como entretenimiento popular. Era una expresión del poder virreinal y de la cultura hispánica. Las corridas se organizaban para celebrar coronaciones, nacimientos reales, victorias militares o festividades religiosas. El espectáculo tenía un profundo contenido político: la monarquía española mostraba orden, jerarquía y dominio mediante ceremonias públicas donde el toro ocupaba un lugar central.


El Volador era todavía una plaza rudimentaria comparada con los recintos posteriores. Las estructuras de madera convivían con graderíos improvisados y balcones alquilados por familias acomodadas. Sin embargo, ahí nació buena parte de la tradición taurina mexicana. En sus arenas se mezclaban criollos, peninsulares, indígenas y castas en una sociedad profundamente estratificada, pero unificada temporalmente por el espectáculo.

Con el tiempo, el recinto se convirtió en un punto de referencia de la vida capitalina. Ahí comenzó a surgir el gusto popular por los toreros mexicanos y por las ganaderías novohispanas. La tauromaquia dejó de ser exclusivamente española para empezar a adquirir rasgos propios de la identidad mexicana.


La desaparición del Volador en 1815 coincidió simbólicamente con el derrumbe del orden colonial. México entraba en la crisis final del virreinato y la ciudad comenzaba a transformarse política y urbanamente.


La Real Plaza de Toros de San Pablo: el gran coso virreinal

Si el Volador fue el origen, la Real Plaza de Toros de San Pablo representó la consolidación del espectáculo taurino en la capital. Inaugurada en 1788, se convirtió rápidamente en el principal recinto taurino de la ciudad y uno de los más importantes de América.


Ubicada en la zona de San Pablo, al suroriente del centro histórico, esta plaza simbolizó el auge de la tauromaquia durante los últimos años del virreinato y las primeras décadas del México independiente. Ahí el espectáculo taurino alcanzó dimensiones masivas.


La Plaza de San Pablo fue mucho más sólida y monumental que el Volador. Tenía una estructura permanente y mejor organizada. Su fama trascendió generaciones debido a la enorme afición taurina que ya existía en la capital. Durante décadas fue el principal punto de reunión popular de la ciudad.


En ella convivieron las últimas corridas virreinales con las primeras celebraciones del México independiente. Mientras el país atravesaba guerras, invasiones y conflictos políticos, las corridas seguían funcionando como válvula de escape social y como ritual colectivo.


Durante el siglo XIX la fiesta brava se convirtió en un espejo de las disputas ideológicas nacionales. Los liberales más radicales consideraban la tauromaquia un vestigio bárbaro del pasado colonial, mientras los conservadores y amplios sectores populares la defendían como tradición cultural profundamente arraigada.


La Plaza de San Pablo sobrevivió durante setenta años porque logró conectar con todas las clases sociales. Ahí acudían desde políticos y militares hasta artesanos y vendedores ambulantes. La tauromaquia capitalina ya era un fenómeno masivo.

Bucareli: el escenario de un país convulso


La Plaza de Bucareli, también conocida como Plaza del Paseo Nuevo, apareció en 1851 en una etapa particularmente turbulenta de la historia mexicana. El país atravesaba golpes de Estado, conflictos entre liberales y conservadores, pronunciamientos militares y crisis económicas permanentes.


Ubicada en una zona que hoy forma parte de la colonia Juárez, Bucareli fue durante algunos años el principal escenario taurino capitalino. Ahí se desarrolló una tauromaquia marcada por el romanticismo decimonónico y por la creciente profesionalización de los toreros.

La plaza se convirtió en centro de reunión de una sociedad políticamente polarizada. Mientras México discutía la Constitución de 1857 y posteriormente se desangraba en la Guerra de Reforma, el espectáculo taurino seguía convocando multitudes.


La historia de Bucareli también está ligada a la prohibición taurina decretada por Benito Juárez en 1867. Para el liberalismo triunfante después de la intervención francesa, las corridas representaban una herencia colonial incompatible con el proyecto de modernidad republicana.


La prohibición de Juárez marcó un momento decisivo en la historia taurina mexicana. Durante años, la fiesta quedó prácticamente suspendida en la capital. Sin embargo, lejos de desaparecer, el gusto popular por los toros permaneció vivo.


La clausura de Bucareli evidenció algo fundamental: la tauromaquia en México no dependía exclusivamente del poder político. Existía una tradición social profundamente arraigada que sobreviviría incluso a las prohibiciones oficiales.


San Rafael: el regreso taurino del Porfiriato


La Plaza de Toros de San Rafael tuvo una vida breve, entre 1887 y 1888, pero su importancia histórica fue enorme. Representó el regreso oficial de la fiesta brava tras la prohibición juarista.


El levantamiento de la prohibición por parte de Porfirio Díaz significó mucho más que una decisión sobre espectáculos públicos. Formó parte de la estrategia cultural del Porfiriato

para reconciliar tradición y modernidad.


Díaz comprendió algo que los liberales radicales no entendieron: la tauromaquia estaba profundamente integrada a la cultura popular mexicana. Intentar erradicarla sólo generaba tensión social. Por eso el régimen permitió nuevamente las corridas, aunque ahora bajo criterios más empresariales y urbanos.


San Rafael simbolizó el renacimiento taurino capitalino. La ciudad comenzó a experimentar una explosión de plazas y espectáculos. La fiesta brava vivió entonces un auge extraordinario.


En 1888 coexistían varias plazas funcionando simultáneamente en la Ciudad de México. El público abarrotaba los cosos y los periódicos dedicaban amplios espacios a las crónicas taurinas. Surgieron grandes rivalidades entre toreros y comenzaron a consolidarse importantes ganaderías mexicanas.


La breve existencia de San Rafael refleja también la rapidez con la que se transformaba la capital porfiriana. La ciudad crecía aceleradamente y los espectáculos públicos adquirían dimensiones industriales.


El Toreo de la Condesa: el gran templo del siglo XX

Pocas plazas poseen el peso simbólico de El Toreo de la Condesa. Inaugurado en 1907, se convirtió durante casi cuarenta años en el gran coloso taurino de México.


Ubicado en la colonia Condesa, en una zona que entonces todavía era periférica, El Toreo acompañó la transformación de la Ciudad de México en una metrópoli moderna. Su historia está íntimamente ligada al nacimiento del México contemporáneo.


Ahí convivieron el final del Porfiriato, la Revolución Mexicana, la reconstrucción posrevolucionaria y el auge urbano de los años cuarenta. La plaza fue testigo de cambios políticos enormes, pero mantuvo intacta la pasión taurina.


El Toreo de la Condesa tuvo además una enorme relevancia arquitectónica y urbana. Su famosa estructura metálica y su silueta circular se convirtieron en parte del paisaje capitalino. La zona comenzó a desarrollarse alrededor del coso taurino.


En esa plaza torearon figuras legendarias del mundo hispánico. Ahí brillaron españoles y mexicanos que ayudaron a consolidar la llamada época de oro del toreo nacional. Fue el escenario donde se forjó el mito de varias figuras históricas.


La plaza también reflejó la profunda conexión de México con España a través de la tauromaquia. Incluso durante periodos de tensión diplomática, el intercambio taurino continuó siendo intenso.

Con el paso de los años, El Toreo se volvió insuficiente para la creciente afición capitalina. México experimentaba una expansión urbana acelerada y la industria del espectáculo necesitaba recintos más grandes.


La despedida del Toreo de la Condesa en 1946 tuvo algo de tragedia urbana. La ciudad moderna devoraba uno de sus grandes símbolos culturales para dar paso a una nueva etapa.

La Plaza México: el coloso monumental


La Plaza de Toros México representa el punto culminante de la historia taurina nacional. Inaugurada el 5 de febrero de 1946, surgió como un proyecto monumental acorde con el nacionalismo modernizador del México posrevolucionario.

Con capacidad para más de 42 mil espectadores, sigue siendo la plaza de toros más grande del mundo. Su construcción simbolizó la confianza de un país que se industrializaba aceleradamente después de la Segunda Guerra Mundial.


La inauguración fue un acontecimiento nacional. El cartel encabezado por Manuel Rodríguez “Manolete”, junto con Luis Castro “El Soldado” y Luis Procuna, quedó inscrito para siempre en la historia taurina.


La Plaza México no sólo desplazó al Toreo de la Condesa; redefinió completamente la escala del espectáculo taurino. El país aspiraba a competir culturalmente con España y demostrar que México podía poseer el principal coso taurino del planeta.

Durante décadas, la plaza fue escenario de tardes legendarias. Ahí torearon las máximas figuras mexicanas y españolas del siglo XX. También fue un espacio profundamente político y social.


La Monumental sobrevivió terremotos, crisis económicas, transformaciones urbanas y cambios culturales. Sin embargo, en los últimos años enfrenta quizás el desafío más complejo de su historia: la disputa ética y política sobre la permanencia de la tauromaquia.

La discusión contemporánea alrededor de la Plaza México refleja una fractura cultural profunda. Para unos, representa patrimonio histórico, arte y tradición. Para otros, simboliza crueldad animal y una práctica incompatible con las sensibilidades contemporáneas.


Más allá de las posiciones ideológicas, resulta imposible entender la historia cultural de la Ciudad de México sin la Plaza México. El recinto forma parte del paisaje emocional y urbano de varias generaciones.

 

 

 
 
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