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Los toreros de las masas. Figuras de los años sesenta y setenta

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 17 horas
  • 4 Min. de lectura

Por Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz



Hablar del toreo mexicano en las décadas de los sesenta y setenta es asomarse a un país que se transformaba a gran velocidad. Mientras el llamado desarrollo estabilizador prometía crecimiento económico sostenido, millones de mexicanos abandonaban el campo para instalarse en ciudades que se expandían sin pausa. En ese México urbano, mediático y cada vez más integrado al mundo, los espectáculos de masas encontraron su momento de mayor esplendor. El fútbol llenaba estadios, la lucha libre construía mitologías populares y el boxeo forjaba héroes nacionales. En ese mismo escenario, la tauromaquia no sólo sobrevivió: se reinventó como espectáculo de multitudes.


La consolidación de espacios como la Plaza de Toros México, inaugurada en 1946, y el Toreo de Cuatro Caminos, junto con la expansión de plazas en ciudades como Guadalajara, Monterrey o Aguascalientes, permitió que la fiesta brava se convirtiera en un fenómeno nacional. Pero el verdadero salto ocurrió con la radio y, sobre todo, con la televisión abierta. Por primera vez, las corridas llegaban a los hogares. El torero dejó de ser únicamente una figura de plaza para convertirse en un personaje mediático. Así nacieron los toreros de las masas.


La década de los sesenta fue, en esencia, un periodo de transición. Por un lado, sobrevivían figuras formadas en el toreo clásico; por el otro, emergían nuevos matadores con estilos más acordes a los tiempos modernos. Entre los nombres que marcaron esta etapa destaca Manolo Martínez, quien no sólo irrumpió con fuerza, sino que redefinió el papel del torero mexicano. Tomó la alternativa en 1965 y para 1967 ya era el eje de la fiesta. Su toreo, poderoso y de gran personalidad, conectaba con un público que buscaba emoción, dominio y espectáculo. Martínez no fue únicamente un gran torero: fue un fenómeno social. El mandón de la fiesta.


A su lado convivieron figuras consolidadas como Joselito Huerta, torero de enorme oficio que representaba la madurez del toreo mexicano de principios de los sesenta. Huerta era la escuela, la técnica depurada, el conocimiento profundo del toro. En contraste, Manuel Capetillo, con su amplia trayectoria, encarnaba la continuidad de una tradición que se resistía a desaparecer. Capetillo fue, además, el rival necesario en la consolidación de Manolo Martínez, particularmente en aquel mano a mano que marcó un punto de inflexión generacional.


Otro nombre fundamental fue Juan Silveti Reynoso, integrante de una dinastía taurina que aportó elegancia y temple a los carteles de la época. Su presencia era sinónimo de categoría, de ese toreo que aún conservaba ecos del romanticismo taurino. En la misma línea de estética refinada se ubicaba Jesús Solórzano, torero de trazo fino que, aunque menos mediático, aportó calidad a una década de contrastes.


Mención aparte merece Luis Castro “El Soldado”, quien, aunque pertenecía a una generación anterior, tuvo en los primeros años de los sesenta una despedida que simbolizaba el fin de una época. Su figura funcionó como puente entre el toreo de antaño y el que estaba por consolidarse.


Hacia el final de la década apareció un nombre que marcaría el futuro inmediato: Eloy Cavazos. Pequeño de estatura, pero inmenso en valor, Cavazos irrumpió con una conexión extraordinaria con el público. Su carisma, su entrega y su capacidad para emocionar lo convirtieron rápidamente en un ídolo. Si Manolo Martínez representaba el poder, Cavazos representaba la emoción.


Los años setenta, en contraste, fueron una década de consolidación y dominio. El toreo mexicano vivió entonces una de sus etapas más brillantes, con figuras que no sólo triunfaban en México, sino que competían en España, el epicentro de la tauromaquia mundial.


En este periodo, Manolo Martínez se convirtió en el líder indiscutible. Su hegemonía fue tal que durante años ningún cartel destacado se concebía sin su presencia. Era el torero que llenaba plazas, que imponía condiciones y que definía el rumbo de la fiesta. Su estilo, basado en el mando y la profundidad, conectaba con un público que veía en él a un auténtico ídolo.


A su lado, Eloy Cavazos alcanzó dimensiones internacionales. Su éxito en España, donde logró abrir la Puerta Grande de Madrid, lo colocó como uno de los pocos toreros mexicanos capaces de triunfar en las plazas más exigentes del mundo. Cavazos representaba la valentía llevada al límite, la emoción pura que hacía vibrar a las masas.


Otro nombre imprescindible es Curro Rivera, torero de valor seco, de esos que no rehúyen el compromiso. Rivera logró triunfos importantes en Europa, incluyendo actuaciones memorables en la Feria de San Isidro. Su estilo, más sobrio pero igualmente intenso, aportó diversidad a una década dominada por grandes personalidades.


En esa misma línea de sobriedad y técnica destacó Antonio Lomelín, torero de oficio sólido, capaz de resolver las lidias más complicadas. Lomelín no siempre fue el más espectacular, pero sí uno de los más consistentes. Su aportación radicó en mantener el equilibrio entre arte y técnica en una época donde el espectáculo ganaba terreno.


Por su parte, Mariano Ramos, conocido como “El Capitán”, encarnó el valor y la entrega. Ramos era el torero que se jugaba la vida en cada tarde, el que conectaba con el público desde la emoción más primaria. Su figura representa ese toreo visceral que tanto atrae a las multitudes.


Finalmente, hacia el cierre de la década, comenzó a surgir David Silveti, heredero de una tradición familiar que encontraría su plenitud en los años posteriores. Su irrupción como novillero en 1973 y su alternativa en 1977 marcaron el inicio de una nueva etapa para el toreo mexicano.


El balance de estas dos décadas permite entender que la tauromaquia fue mucho más que un espectáculo: fue un reflejo de su tiempo. En un país que se urbanizaba y se modernizaba, los toreros se convirtieron en símbolos de identidad, en héroes populares que compartían cartel con futbolistas, boxeadores y luchadores.


Sin embargo, también es necesario señalar que este auge estuvo vinculado a condiciones específicas: precios accesibles, difusión masiva y una estructura empresarial que entendía el toreo como negocio y espectáculo. La masificación de la fiesta no fue casualidad, sino resultado de un contexto político y económico que favoreció su expansión.


Repasar, aun sea brevemente y que ausencias notables, los años sesenta y setenta permite comprender su dimensión histórica. Aquellos toreros no sólo llenaban plazas: llenaban un vacío simbólico en una sociedad que buscaba referentes.


Los toreros de las masas fueron, en esencia, productos de su tiempo. Pero también fueron arquitectos de una época irrepetible. En su muleta, en su valor y en su capacidad para emocionar, se sintetiza una parte fundamental de la cultura popular mexicana del siglo XX.


 
 
 

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