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Los toreros del milenio: entre la crisis y la transformación del ruedo.

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 2 días
  • 5 Min. de lectura

Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz

 

Hablar de los toreros mexicanos en las décadas de los años ochenta y noventa es hablar de un país que se reinventaba a golpes de crisis, de una sociedad que despertaba entre escombros —como en 1985— y de un espectáculo que, sin perder su raíz popular, comenzaba a resentir los embates del mercado, la televisión restringida y la globalización cultural. Los toreros del milenio no sólo lidiaron toros: lidiaron un país en transición.

La tauromaquia, como el boxeo o el fútbol, siempre ha sido un termómetro social. Si en los años del desarrollo estabilizador las plazas se llenaban con la misma naturalidad con la que el Estado prometía crecimiento, en los años ochenta el panorama cambió radicalmente. La inflación, la devaluación, la reconversión industrial y la apertura económica golpearon los bolsillos, pero también modificaron los hábitos culturales. El público taurino comenzó a envejecer, a segmentarse, mientras las nuevas generaciones miraban hacia otros espectáculos. En ese contexto, surgieron —o resistieron— figuras que hoy pueden ser llamadas, sin exageración, los toreros del milenio.


Los años ochenta: la última gran baraja clásica. La década de los ochenta fue una suerte de epílogo dorado de la gran escuela taurina mexicana del siglo XX. En ella convivieron figuras consagradas con toreros en proceso de consolidación, todos bajo la sombra de la Monumental Plaza de Toros México, que aún dictaba el ritmo del escalafón.


En ese universo, el nombre de Manolo Martínez se erige como una referencia inevitable. Su retiro en 1982 marcó el fin de una era, pero su regreso en 1987 evidenció que el toreo mexicano aún necesitaba de sus grandes figuras. Martínez no solo fue un torero técnico y poderoso; fue un símbolo de autoridad en el ruedo, capaz de imponer condiciones frente al toro y frente a la empresa. Su tauromaquia, recia y dominadora, contrastaba con los nuevos tiempos que ya comenzaban a privilegiar el espectáculo sobre la esencia.


A su lado, Eloy Cavazos representó la constancia hecha figura. Cavazos fue el torero del pueblo, el que conectaba con los tendidos por su valor seco, por su capacidad de estar siempre en el sitio y por su longevidad. En una época de incertidumbre económica, su regularidad ofrecía al público una certeza: la emoción estaba garantizada.


En el terreno del arte, Miguel Espinosa Armillita Chico aportó la estética, la clase y la continuidad de una dinastía. Su toreo fino, de temple largo y profundo, fue una resistencia silenciosa frente a la tendencia creciente de “abaratar” el espectáculo. Armillita Chico no toreaba para la estadística, sino para la memoria.

Por su parte, Mariano Ramos, “El Torero de la Escandón”, encarnó al torero completo. Banderillero excepcional y estoqueador eficaz, Ramos fue el ejemplo de un profesional integral en una época en la que comenzaban a especializarse —y a fragmentarse— las suertes.


A esta baraja se sumaron nombres como Curro Rivera y David Silveti, Rey David, quienes mantuvieron la competitividad del escalafón. Rivera, con su personalidad arrolladora; Silveti, con su elegancia heredada, con el dolor de las heridas y la voluntad torera, contribuyeron a que la década de los ochenta no fuera una simple transición, sino una auténtica época de resistencia taurina.


Los noventa: la transición y la disputa por la identidad. Si los ochenta fueron el epílogo, los noventa fueron el prólogo de una crisis más profunda en la tauromaquia mexicana. En esos años, el país vivió el terremoto político de 1988, el levantamiento zapatista de 1994 y el asesinato de Luis Donaldo Colosio. La incertidumbre no sólo era económica: era institucional.


En el ruedo, la transformación fue igual de intensa. El cierre de plazas emblemáticas como el Toreo de Cuatro Caminos, la creciente influencia de las empresas y la priorización de criterios comerciales sobre la bravura de los encierros modificaron la esencia del espectáculo. Se comenzaron a lidiar toros “a modo”, menos fieros, más previsibles, en detrimento de la emoción auténtica.


En ese contexto, Eloy Cavazos se mantuvo como una figura consular, puente entre dos generaciones. Su presencia en los carteles no sólo era un asunto artístico, sino también simbólico: representaba la continuidad de una tradición en medio del cambio.


Uno de los nombres más relevantes de la década fue Jorge Gutiérrez, conocido como el “Rey del Tremendismo”. Su tauromaquia, basada en el valor y la exposición, respondía a un público que buscaba emociones fuertes en un país sacudido por la crisis. Gutiérrez no era un torero de medias tintas: era todo o nada.


En una línea más clásica, Miguel Espinosa Armillita —ya sin el “Chico”— mantuvo el hilo del toreo de arte. Su presencia en los carteles era una reivindicación de la estética frente a la banalización del espectáculo.


Por su parte, Manolo Mejía encarnó el oficio. En una época en la que el protagonismo comenzaba a desplazarse hacia figuras extranjeras, Mejía representó la dignidad del torero mexicano que, sin reflectores excesivos, cumplía con profesionalismo.


La dinastía continuó con Alejandro Silveti, quien aportó frescura, valor y un estilo propio. Su irrupción fue un recordatorio de que la tradición taurina mexicana seguía viva en otro de los miembros de una de las dinastías más influyentes de México, aunque enfrentara condiciones adversas.


En la segunda mitad de la década emergió con fuerza Rafael Ortega, “El Señor de los Tres Tercios”. Su dominio integral de la lidia lo convirtió en una de las figuras más completas de su generación, en un momento en el que la especialización amenazaba con fragmentar el arte del toreo.


Nombres como Arturo Gilio y José María Luévano completaron una baraja que luchaba, no sólo por el reconocimiento, sino por la supervivencia del toreo mexicano frente a la creciente presencia de figuras españolas.


Más allá de los nombres, lo que define a los toreros del milenio es el contexto en el que actuaron. La salida de las corridas de la televisión abierta, su confinamiento a la televisión de paga y el incremento desproporcionado de los precios de las entradas alejaron a sectores populares que históricamente habían sido el corazón de la fiesta.


La empresa taurina, particularmente en la Plaza México, comenzó a privilegiar el rendimiento económico inmediato sobre la construcción de figuras nacionales. La contratación de toreros extranjeros para la temporada anual de la Plaza México, el espaciamiento de novilladas y la eliminación de los jueves de oportunidad se volvieron una constante, desplazando a los mexicanos a un segundo plano. La lógica del mercado se impuso sobre la lógica de la tradición.


Este fenómeno no fue exclusivo de la tauromaquia. El boxeo, por ejemplo, también migró hacia sistemas de pago por evento; el fútbol se convirtió en un negocio cada vez más globalizado; incluso la lucha libre, aunque más resiliente, enfrentó procesos similares. La cultura popular mexicana entraba, sin retorno, en la era del espectáculo mercantilizado.


Los toreros de los años ochenta y noventa no tuvieron el privilegio de la estabilidad ni la certeza. Les tocó lidiar toros en plazas que comenzaban a vaciarse, frente a públicos más exigentes o quizá menos conocedores de la fiesta y en un entorno económico adverso. Sin embargo, su legado es incuestionable.


Fueron los representantes de una escuela taurina sólida, la línea de resistencia que sostenían con regularidad, el peso de una tradición centenaria. En ellos convivieron el arte, el valor, la técnica y, sobre todo, la resistencia.


Mirar hacia esos toreros del milenio no es un ejercicio de nostalgia, sino de comprensión. Ellos fueron, en muchos sentidos, el puente entre un México que se fue y otro que apenas comenzaba a definirse.

 

 
 
 

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