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Los Toreros Mexicanos del Siglo XXI: entre la Resistencia y la disputa cultural

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 5 días
  • 6 min de lectura

Por Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz



El cambio de siglo no fue solamente una transición cronológica; fue, en muchos sentidos, una ruptura civilizatoria. México entró al siglo XXI con una economía abierta, con una sociedad atravesada por el libre comercio. Además, con una cultura cada vez más moldeada por la lógica del consumo y con una revolución tecnológica —el Internet— que transformó radicalmente la manera en que los individuos se informan, se relacionan y construyen identidad. En ese nuevo contexto, la tauromaquia dejó de ser un espectáculo central para convertirse en una tradición disputada.


La fiesta brava, que durante buena parte del siglo XX convivió con el fútbol, la lucha libre y el box como espectáculo de masas, comenzó a enfrentar una doble presión. Por un lado, la globalización cultural que homogeniza gustos y referencias. Por el otro, el crecimiento sostenido del movimiento animalista y antitaurino que, desde finales de los años noventa, ha ganado terreno en la discusión pública. La tauromaquia pasó de ser una práctica asumida a una práctica cuestionada.


En este escenario, el toreo mexicano del siglo XXI no sólo ha tenido que lidiar con los toros, sino con el juicio social. Y en medio de ese contexto adverso, una generación —o varias— de toreros ha sostenido la llama de una tradición que parece debatirse entre la nostalgia y la reinvención.


La pérdida de centralidad y el dominio español. Uno de los rasgos más evidentes del nuevo milenio ha sido la pérdida de centralidad del torero mexicano frente a las figuras españolas. Durante estas décadas, nombres como Enrique Ponce, Julián López “El Juli” o Pablo Hermoso de Mendoza se convirtieron en referentes recurrentes en los carteles nacionales. A ellos se sumaron figuras de otro nivel simbólico y artístico como José Tomás o Morante de la Puebla, y más recientemente Andrés Roca Rey, quienes han acaparado la atención del público.


Este fenómeno no es casual. Las empresas taurinas mexicanas, en lugar de apostar por el desarrollo del talento nacional, optaron por la lógica del mercado inmediato: traer figuras consagradas que garantizaran taquilla. Se privilegió el espectáculo cómodo, el lucimiento, la faena efectista, por encima del proceso formativo y la consolidación de figuras mexicanas. El resultado fue una paradoja: mientras el país tiene una tradición taurina profunda, sus propios toreros fueron desplazados de los espacios centrales.

Primera década (2001-2010): la resistencia de los últimos pilares. En la primera década del siglo XXI, el toreo mexicano encontró en algunas figuras la continuidad de una tradición que venía del siglo pasado. El nombre más sólido fue, sin duda, Eulalio López “El Zotoluco”, quien se convirtió en la columna vertebral de los carteles. Su regularidad, técnica y capacidad para sostener temporadas lo colocaron como la referencia nacional.


Junto a él, Rafael Ortega, con su depurada técnica y su temple, representó la escuela clásica del toreo mexicano. Su presencia constante en la Plaza México lo consolidó como un torero de oficio y profundidad. Por su parte, Uriel Moreno “El Zapata” aportó un ingrediente distinto: espectacularidad, dominio de las banderillas y una conexión directa con el público.

En esa misma línea, Ignacio Garibay representó el toreo elegante, de corte artístico, que buscaba recuperar la estética frente al espectáculo.


Pero si hubo un personaje que rompió todos los moldes, fue Rodolfo Rodríguez “El Pana”. Su reaparición en la segunda mitad de la década no solo fue un fenómeno taurino, sino mediático y cultural. El Pana encarnó al torero marginal, al poeta del ruedo, al rebelde que cuestiona la modernidad desde la tradición. En un México cada vez más homogéneo, su figura fue una anomalía fascinante.


También destacaron nombres como Leopoldo Casasola, Alejandro Amaya y Diego Silveti, este último heredero de una dinastía que representa uno de los linajes más importantes de la tauromaquia mexicana. A ellos se sumaron toreros como José Luis Angelino, Israel Téllez, Fermín Spínola y Mario del Olmo, quienes mantuvieron viva la actividad en plazas importantes.


Esta década fue, en esencia, una etapa de resistencia: los toreros mexicanos sostuvieron la estructura de la fiesta en medio de un contexto que ya comenzaba a mostrar signos de desgaste.


Segunda década (2011-2020): transición y búsqueda de liderazgo. La segunda década del siglo XXI estuvo marcada por una transición generacional. El liderazgo lo asumió Joselito Adame, quien se consolidó como la máxima figura mexicana. Su presencia en ferias españolas, su regularidad y sus triunfos lo colocaron como el torero más internacional de su generación.


A su lado emergió Octavio García “El Payo”, un torero de corte artístico, con una tauromaquia más reflexiva y estética. Su carrera, construida con paciencia, lo posicionó como una de las propuestas más sólidas del toreo mexicano contemporáneo.

Uriel Moreno “El Zapata” continuó vigente, demostrando que la experiencia y la conexión con el público pueden sostener una carrera en tiempos adversos. Mientras tanto, la irrupción de Luis David Adame representó la consolidación de una nueva generación que buscaba abrirse paso tanto en México como en España.


En la parte final de la década, Ernesto Javier “Calita” comenzó a ganar terreno, destacando por su técnica y valor. Su crecimiento fue un síntoma de que, pese a las dificultades, el toreo mexicano seguía produciendo talento. En el ámbito del rejoneo, Emiliano Gamero se consolidó como una de las principales figuras, demostrando que esta disciplina también tenía espacio en el panorama nacional.


Esta década fue, en suma, un periodo de búsqueda: la tauromaquia mexicana intentó redefinir su lugar en un contexto globalizado y adverso.


El golpe estructural: pandemia, política y prohibición. Si la tauromaquia ya enfrentaba dificultades, la pandemia de COVID-19 representó un golpe devastador. La suspensión de espectáculos públicos durante casi dos años paralizó la actividad taurina y debilitó aún más su estructura económica.


Pero el golpe más significativo vino desde el ámbito político. La modificación al reglamento taurino en la Ciudad de México —calificada por muchos como inviable— terminó por generar una prohibición de facto de las corridas en la capital. La Plaza México, símbolo histórico de la tauromaquia nacional, quedó fuera de operación.


Este hecho no sólo tuvo implicaciones económicas, sino simbólicas. La capital del país, que durante siglos fue el epicentro de la fiesta brava, dejó de serlo. La tauromaquia fue desplazada a plazas de Aguascalientes, Tlaxcala, Guadalajara y diversas ciudades del Bajío, donde aún encuentra espacios de resistencia.


El público taurino del siglo XXI ya no es el mismo. Se ha segmentado, se ha reducido y, en muchos casos, se ha vuelto defensivo. Las redes sociales han amplificado el discurso antitaurino, mientras que los aficionados han tenido que construir nuevas formas de comunidad a través de plataformas digitales.


Paradójicamente, el Internet también ha permitido la difusión de la historia y la estética del toreo: videos, documentales y archivos circulan con facilidad, manteniendo viva la memoria taurina. Sin embargo, esa misma herramienta que preserva también cuestiona.

La tauromaquia se ha convertido en un campo de batalla cultural donde se enfrentan visiones del mundo: tradición contra modernidad, identidad contra ética contemporánea, arte contra activismo.


En la actualidad, los toreros mexicanos sobreviven en un entorno adverso. Muchos han tenido que buscar oportunidades en España, donde el nivel de competencia es más alto, pero también existen más espacios. Otros se han refugiado en plazas regionales, manteniendo la actividad a pesar de la falta de apoyo institucional.


Lo que resulta evidente es que el talento existe. Cada vez que un torero mexicano tiene la oportunidad, responde. El problema no es la falta de capacidad, sino la ausencia de un proyecto integral que impulse su desarrollo.

Hacia el futuro: ¿reinventarse o desaparecer? La tauromaquia mexicana enfrenta una encrucijada. No basta con resistir; es necesario replantear su relación con la sociedad. Esto implica modernizar su estructura, profesionalizar su gestión, invertir en la formación de nuevos toreros y, sobre todo, abrir un diálogo honesto con una sociedad que ya no la asume como parte de su identidad.


El siglo XXI no ha sido el de la consolidación del toreo mexicano, sino el de su prueba más difícil. Entre la globalización, la presión social y las decisiones políticas, la fiesta brava ha perdido terreno. Sin embargo, mientras existan toreros dispuestos a jugarse la vida en el ruedo, la tradición seguirá latiendo.


La pregunta no es si la tauromaquia sobrevivirá, sino en qué forma lo hará. Y en esa respuesta, los toreros mexicanos —esos que han resistido contra todo— tendrán la última palabra.

 
 
 

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