Morena derrotó al viejo régimen. ¿Terminará convertido en aquello que juró destruir?

Efraín Delgadillo Mejía.
Morena puso a los pobres en el centro y modificó las prioridades del Estado. Quince años después, su prueba más difícil ya no es derrotar a sus adversarios, sino resistir las tentaciones del poder.
Hay aniversarios que sirven para celebrar. Otros deberían servir para incomodar. Los 15 años de Morena pertenecen a la segunda categoría.
Sería deshonesto afirmar que nada cambió, pero ingenuo presentar estos años como una marcha impecable. solo
Lo que sus críticos no deberían negar
Morena obligó a la política mexicana a volver a mirar hacia otro lado. “Primero los pobres” dejó de ser sólo un lema y se convirtió en una exigencia pública sobre quién debía ocupar el centro de las prioridades del Estado.
Los datos más recientes sobre pobreza son relevantes. De acuerdo con cifras del INEGI citadas al cumplirse el aniversario del movimiento, entre 2018 y 2024 la población en situación de pobreza pasó de 51.9 millones a 38.5 millones de personas, una reducción de 13.4 millones. También aumentó el salario mínimo, se ampliaron los Programas para el Bienestar y determinados apoyos sociales fueron elevados a rango de derechos.
Eso no vuelve correcta toda decisión gubernamental ni permite atribuir cada mejora a una sola política. Pero negar esos resultados sería sustituir el análisis por la consigna. El obradorismo dejó instalada una exigencia difícil de revertir: cualquier gobierno futuro tendrá que explicar qué hará por quienes tienen menos.
El problema comienza cuando el movimiento se mira al espejo
Morena prometió combatir una forma de hacer política. Por eso sus contradicciones pesan más: quien denunció privilegios no puede normalizar los propios; quien condenó el oportunismo no puede convertir la adhesión tardía en salvoconducto. La superioridad ética se demuestra con hechos, no se reclama como patrimonio.
Dentro del propio movimiento se han expresado críticas por la incorporación de figuras provenientes de otros partidos y por problemas de corrupción, nepotismo, prepotencia y democracia interna. No son minucias administrativas: tocan el corazón de la promesa que llevó a Morena al poder.
No basta con decir que antes era peor
El argumento más cómodo de cualquier fuerza dominante es compararse con el pasado que derrotó. Pero “antes era peor” no puede convertirse en programa de gobierno. Morena pidió el poder no para administrar con más decencia los defectos del viejo régimen, sino para transformarlo.
La mayoría no es un certificado de infalibilidad
Ganar elecciones da legitimidad para gobernar, no el monopolio de la verdad. Una mayoría amplia debería producir más responsabilidad, apertura y autocontención, no menos.
El riesgo comienza cuando la crítica se trata como traición, la lealtad vale más que la competencia y el respaldo popular se confunde con absolución permanente. Un proyecto que presume haber cambiado el régimen debe entender que las instituciones importan, sobre todo cuando incomodan a quien gobierna.
La oposición tampoco puede fingir que 2018 fue un accidente
Los adversarios de Morena también tienen una deuda con la realidad. El movimiento creció sobre una inconformidad social verdadera: desigualdad, hartazgo y una política distante. Tratar 2018 como un accidente impide comprender por qué millones dejaron de escuchar a la vieja política.
La nostalgia por el país anterior a Morena es una receta para seguir perdiendo. Una alternativa tendrá que ofrecer soluciones más convincentes para esos mismos mexicanos.
El adversario ya está adentro
A los 15 años, la mayor amenaza para Morena quizá no sea el PRI, el PAN, los medios o los empresarios. Puede estar dentro de casa.
Está en la arrogancia que produce ganar demasiado, en las burocracias que descubren las comodidades del cargo, en los conversos que encuentran principios cuando esos principios reparten candidaturas y en la tentación de proteger a los propios. Una causa puede terminar convertida en una estructura dedicada a conservar poder.
Quince años después, el examen apenas comienza
Hace 15 años, Morena podía señalar a quienes gobernaban y exigir respuestas. Hoy las respuestas le corresponden a Morena.
Puede reivindicar que puso a los pobres en el centro, defender resultados sociales importantes y celebrar haber llevado a Andrés Manuel López Obrador y después a Claudia Sheinbaum a la Presidencia. Todo eso forma parte de su historia.
Pero cuanto mayor es la transformación que un movimiento se atribuye, menor es su derecho a la complacencia. José Emilio Pacheco lo condensó con brutal claridad en “Antiguos compañeros se reúnen”: “Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años”. Esa frase no tiene por qué convertirse en el epitafio político de Morena.
Todavía puede evitar convertirse en aquello que juró destruir. Esa oportunidad se decidirá al elegir candidatos: perfiles sin vínculos con el crimen, sin corrupción, sin cuentas pendientes y sin el respaldo indebido de quienes usan el poder para imponerlos. Ni la popularidad ni la cercanía con los dirigentes sustituyen la integridad.
Morena cambió a México. Ahora debe decidir si elige representantes dignos de ese cambio o si termina siendo todo aquello contra lo que luchó. Si permite candidaturas ligadas al crimen, la corrupción o la protección desde el poder, no habrá fallado sólo una elección: habrá fracasado su promesa histórica.



