Antes taurinos que guadalupanos: 500 años de la fiesta brava en México
- Onel Ortíz Fragoso

- 6 dic 2025
- 8 Min. de lectura
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
En 2026 se cumplirán cinco siglos de la primera corrida de toros documentada en lo que hoy llamamos México. Quinientos años. Medio milenio. Una cifra que vuelve pequeños incluso a los episodios más venerados de nuestra identidad nacional. Basta detenerse en el dato esencial: el primer registro taurino de la Nueva España es de 1526, mientras que las apariciones de la Virgen de Guadalupe datan de 1531. Antes de que el mexicano se asumiera guadalupano, ya era taurino. Antes de que existiera el símbolo espiritual más poderoso del país, ya se corrían toros en la Tenochtitlán destruida. Y ese simple desfase de cinco años explica por qué la fiesta brava no es un capricho, ni un entretenimiento aristocrático, ni un invento folclórico importado sin raíces: forma parte del ADN cultural del pueblo que nació de la mezcla entre la sangre indígena y la europea.
Decir que somos “antes taurinos que guadalupanos” puede incomodar a muchos en un tiempo donde la polarización ha alcanzado incluso a la cultura. Pero la historia —si se revisa sin prejuicios— confirma que la tauromaquia antecede, acompaña y moldea la formación de lo que después sería la identidad mestiza. Y justamente por eso, el intento de prohibir las corridas en pleno siglo XXI no sólo representa un error político, sino una amputación simbólica de nuestra memoria. Porque prohibir la fiesta brava es como cerrar un libro de quinientos años sin siquiera leerlo.
El 24 de junio de 1526, Hernán Cortés organiza en una Tenochtitlán destruida una corrida para celebrar el Día de San Juan y su regreso de las Hibueras. Lo sabemos porque el propio Cortés lo dejó asentado en su Quinta Carta de Relación. Aquella tarde no había plazas permanentes, ni toreros profesionales, ni ganaderías organizadas como las que surgirían después en Tlaxcala o el Bajío. Era, simplemente, la expresión festiva y ritual de una sociedad que, pese a estar en plena construcción, buscaba afirmar un orden, una jerarquía y un sentido de permanencia.
Cinco años después, el 13 de agosto de 1529, otra corrida —también organizada por Cortés— celebraba la confirmación de su título de Marqués del Valle de Oaxaca. Esa fecha es reconocida por algunos historiadores como la primera corrida “formal”, en el sentido de ser autorizada por la corona española y celebrada públicamente en la Plaza Mayor.
Sea 1526 o 1529, lo indiscutible es que la tauromaquia llegó con los primeros conquistadores, prácticamente al mismo tiempo que la lengua castellana, el caballo, la imprenta, el trigo, la vid y la cruz cristiana. Como la mayoría de las tradiciones importadas, no tardó en mezclarse con la cultura local, dando lugar, con el paso de los siglos, a un estilo propio: el toreo mexicano.
Cuando hablamos de 500 años, hablamos de una continuidad que supera conquistas, virreyes, insurgencias, invasiones, imperios y repúblicas. La fiesta brava ha visto pasar: la caída de Tenochtitlán, los 300 años de virreinato, la independencia, la Reforma, el Imperio de Maximiliano, la República restaurada, la Revolución, el viejo régimen y la transición democrática.
Es decir, ha sobrevivido a todos los ciclos políticos que han intentado borrar, modificar o reinventar la cultura mexicana.
Guadalupanismo y tauromaquia, dos ramas de un mismo tronco cultural. Tres fechas bastan para dimensionar la cronología originaria: 1526: primera corrida documentada. 1529: primera corrida formal. 1531: apariciones de la Virgen de Guadalupe en el Tepeyac.
No se trata de contrastar devoción religiosa con tradición cultural —aunque inevitablemente la reflexión conduce a ello—, sino de entender que la fiesta brava fue parte del proceso fundacional de la identidad novohispana incluso antes de que surgiera el símbolo espiritual que más profundamente marcaría a México.
Las apariciones del Tepeyac, entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, representaron un acontecimiento que transformó la evangelización y dio al mundo mestizo un ícono propio que se incrementó notoriamente en el siglo XVIII con la llegada a la nueva España de los jesuitas. Pero el gusto por los toros llevaba ya varios años instalado. Antes de que existiera el guadalupanismo, existía la tauromaquia novohispana.
¿No es ese dato, por sí mismo, una prueba de que la fiesta brava es tan antigua como la nación misma? La tauromaquia no fue un ornamento marginal. Fue una práctica central en la vida pública del virreinato: se organizaban corridas para celebrar coronaciones reales; para dar la bienvenida a virreyes; para conmemorar fiestas patronales; para marcar hitos políticos o militares.
La capital novohispana celebró corridas por casi cualquier motivo a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Tlaxcala, Puebla, Guadalajara y Nuevo León siguieron el mismo camino. La plaza de toros fue, desde entonces, el punto de reunión social, política, religiosa y festiva de la Nueva España.
La Virgen de Guadalupe dio sentido espiritual al nuevo pueblo mestizo; la tauromaquia dio forma a su sentido festivo y ritual. Son dos ramas del mismo tronco civilizatorio.
Llegamos a los 500 años de la fiesta brava en México en un momento paradójico. Mientras España debate —con argumentos, información y matices— el futuro de la fiesta, en México los gobiernos locales han preferido la prohibición simplista y la consigna política. Lamentablemente, es prácticamente seguro que el 26 de junio del próximo año, cuando se cumplan 500 años de aquella fecha histórica, la Plaza México, la más grande y tercera en importancia en la órbita taurino, esté cerrada
En 2024, el gobierno de la Ciudad de México, ya bajo el liderazgo de Clara Brugada, decidió prohibir las corridas en la capital. No hubo análisis histórico, ni consulta técnica, ni proceso de diálogo con ganaderos, toreros, veterinarios, historiadores, economistas culturales ni aficionados. Fue una decisión tomada: por ignorancia, por intereses políticos, por prejuicios ideológicos, y, sobre todo, por falta de valor para asumir un debate público sin miedo al linchamiento digital.
Como remedio, el gobierno capitalino decretó unas “corridas sin muerte”, figura ajena a toda tradición taurina y completamente impracticable. Un año después, no se ha realizado ni un solo festejo bajo ese formato, mientras que: la violencia en la ciudad no ha disminuido, la tauromaquia no ha desaparecido, y la ciudadanía no ha experimentado ningún beneficio tangible.
La prohibición produjo exactamente lo que siempre produce: nada. Prohibir la tauromaquia en la Ciudad de México equivale a prohibir el mariachi en Guadalajara o la cocina oaxaqueña en Oaxaca: un acto culturalmente analfabeta.
En otros estados la situación no es muy distinta. Gobiernos débiles, acomplejados o simplemente desinformados han permitido la disminución drástica de festejos o su desaparición paulatina. Es la misma receta: gobernantes que se acomoda a las redes sociales en lugar de gobernar para el pueblo.
Mientras tanto, dos entidades brillan como excepciones: Tlaxcala. Una de las cunas de la tauromaquia mexicana reconoció hace años a la fiesta como Patrimonio Cultural Inmaterial, protegiéndola con una legislación robusta. Tlaxcala comprende lo que otros quieren ignorar: la fiesta es parte esencial de su identidad histórica, ganadera y comunitaria.
Aguascalientes. Territorio de ganaderías, toreros y tradición, donde la Feria de San Marcos mantiene viva la esencia del espectáculo taurino como expresión popular. No se trata sólo de economía turística, sino de defensa de una herencia que ha acompañado al pueblo aguascalentense por siglos.
El contraste es evidente: donde hay conocimiento cultural, hay protección patrimonial; donde hay ignorancia, hay prohibición.
La pregunta de fondo no es si la tauromaquia es española o mexicana, sino cómo la transformó México, cómo la adaptó a su sensibilidad y cómo la convirtió en un elemento propio.
Mientras algunos sectores repiten lugares comunes para justificar su rechazo, la historia muestra lo contrario: El toreo mexicano tiene estética propia, en varios sentidos más expresiva que la peninsular. La ganadería mexicana desarrolló encastes únicos, especialmente en Tlaxcala, Zacatecas, Jalisco y el Bajío. México ha producido toreros que revolucionaron la tauromaquia mundial, desde Gaona y Armillita hasta Manolo Martínez. Las plazas de toros fueron, por siglos, espacios de reunión política y social, equivalentes hoy a los auditorios o estadios. La fiesta articuló oficios, economías rurales y redes comunitarias que aún hoy sostienen miles de empleos.
La tauromaquia en México no es un injerto colonial que permanece por descuido. Es una creación mestiza, híbrida, profundamente local. Es tan mexicana como la Virgen de Guadalupe, como el maíz, como el mariachi o como la Lucha Libre.
Y sin embargo, su defensa casi siempre se ve obligada a responder prejuicios, en lugar de exponer su profundidad cultural.
La discusión pública actual suele reducirse a un esquema moral simplista: los toros son “maltrato”, ergo deben prohibirse. Quien responde con argumentos históricos, culturales, veterinarios o económicos es tachado de bárbaro, retrógrada o insensible.
Es el triunfo de la consigna sobre la realidad, y del desconocimiento sobre la investigación. Pero el punto central es otro: la cultura no se juzga con categorías de moda, sino con profundidad histórica. Si usáramos el mismo criterio moralista para otras expresiones de la identidad mexicana, habría que prohibir la Semana Santa por “autoflagelación”, la Lucha Libre por “violencia”, la charrería por “uso de animales”, las pastorelas por “estereotipos”, o incluso la gastronomía por “insalubre”. La prohibición es una tentación autoritaria que se disfraza de compasión.
Lo verdaderamente ético sería regular, profesionalizar, supervisar con rigor veterinario y garantizar bienestar animal dentro de lo que implica un espectáculo que es, en su esencia, un rito cultural con reglas propias. Pero la prohibición es la salida fácil: la que evita el debate, la que satisface a los sectores radicales, la que no exige estudio ni comprensión.
Cinco siglos después de aquella corrida de 1526, los mexicanos seguimos en disputa por el sentido de nuestra identidad. El país vive desde hace años un debate constante sobre su memoria: qué se conserva, qué se borra, qué se reinventa y qué se sacrifica para complacer al presente.
En ese contexto, la fiesta brava no es sólo un espectáculo: es un marcador de continuidad histórica. Es una línea que conecta: la Tenochtitlán reconstruida, la Nueva España multirracial, el México insurgente, el México liberal y el Porfiriato, el México revolucionario, y el México contemporáneo.
Si una tradición ha logrado sobrevivir al Imperio, a la Inquisición, a la Reforma, al nacionalismo posrevolucionario, al neoliberalismo y a la transición democrática, ¿realmente su desaparición sería un signo de modernidad? ¿O sería más bien una ruptura artificial con nuestra propia historia?
El peligro real de prohibir los toros no es “eliminar un espectáculo”, sino eliminar la conciencia histórica que lo sostiene.
Porque un país que se deshace de sus archivos culturales para complacer a la moda del momento es un país que ha renunciado a entender su pasado.
El aniversario de 2026 debe convertirse en una oportunidad nacional para reconsiderar con seriedad lo que representa la tauromaquia en México. Para ello, se requieren al menos cinco acciones:
Reconocer la fiesta como patrimonio cultural inmaterial. Así como Tlaxcala y Aguascalientes lo han hecho, la Federación debe abrir la puerta a una protección nacional que reconozca la profundidad histórica de la tauromaquia mexicana.
Profesionalizar la regulación veterinaria. La fiesta moderna exige estándares éticos rigurosos, basados en la ciencia y no en discursos moralistas vacíos.
Crear institutos de investigación taurina. Universidades, centros culturales y archivos históricos deben documentar, preservar y difundir el legado taurino, desde 1526 hasta hoy.
Fomentar el debate informado. El país merece una discusión seria, no una guerra de consignas. Los medios, el Estado y las asociaciones deben generar espacios de diálogo plural, no trincheras ideológicas.
Recuperar espacios públicos para la cultura taurina. Las plazas no sólo son lugares de espectáculo; son lugares de identidad. Su cierre es una herida cultural.
La tauromaquia ha acompañado a México desde antes incluso de la Virgen de Guadalupe. Es parte de su historia profunda, de su evolución simbólica, de su sensibilidad estética y de su vida comunitaria. No es una rareza, ni una moda, ni un accidente: es una de las expresiones más antiguas y persistentes de nuestra identidad.
Llegamos a los 500 años entre prohibiciones torpes, gobiernos sin memoria cultural y sociedades fragmentadas por la polarización. Pero la fiesta brava está ahí, como lo ha estado siempre: resistente, viva, arraigada.
La pregunta no es si sobrevivirá —porque lo hará—, sino si México será capaz de reconocerse en uno de sus espejos más antiguos, o si preferirá renunciar a una parte de sí mismo para agradar al ruido del presente.
Si algo enseñan estos cinco siglos es que la fiesta brava no necesita a los gobiernos para existir. Ha vivido sin ellos, contra ellos y a pesar de ellos. Pero México sí necesita su historia. Y prohibirla, en cualquiera de sus formas, siempre ha sido la vía más rápida para perderse.




Comentarios