Conquista, colonización y fiesta brava en América
- Onel Ortíz Fragoso

- 12 dic 2025
- 6 Min. de lectura
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
En México, el próximo año se cumplirán 500 años de la celebración de la primera corrida de toros en el continente americano. No ocurrió en un idílico paisaje colonial ni en una ciudad en calma, sino en la Plaza Mayor de una Tenochtitlán recién destruida, convertida en escenario simbólico de la dominación española. Ese dato, por sí solo, obliga a pensar la tauromaquia no como una práctica aislada, sino como parte de un proceso histórico más amplio: la conquista, la colonización y la implantación de un nuevo orden político, económico, cultural y simbólico en América.
A partir de ese hecho surge una pregunta inevitable: ¿dónde más se desarrollaron las corridas de toros en el continente americano y cuál es su situación actual? O dicho en términos estrictamente taurinos: ¿qué incluye hoy el llamado “mundo del toro”? La respuesta no es sencilla, porque implica revisar cinco siglos de historia, disputas culturales, procesos de independencia, modernización, prohibiciones morales y, en tiempos recientes, guerras simbólicas libradas en tribunales y redes sociales.
El descubrimiento, exploración y conquista de América por parte de España no sólo implicó la imposición de una autoridad política y militar. Supuso, sobre todo, la importación de una cosmovisión completa: lengua, religión, instituciones jurídicas, estructuras económicas y, por supuesto, costumbres y tradiciones. En ese equipaje simbólico llegó el toro.
Desde la península ibérica, el ganado vacuno fue traído inicialmente como fuerza de trabajo, como alimento y como base de una economía agropecuaria que permitiría sostener a las nuevas colonias. Sin embargo, junto con ese uso utilitario, el toro llegó también como elemento festivo, ritual y lúdico. En las fiestas patronales, celebraciones virreinales y conmemoraciones religiosas, los toros se convirtieron en protagonistas de un espectáculo que reproducía en el Nuevo Mundo prácticas profundamente arraigadas en la cultura española.
Así, la tauromaquia no fue un accidente ni una desviación cultural, sino un mecanismo de reproducción simbólica del poder colonial. Donde había una plaza, una iglesia y un cabildo, tarde o temprano aparecía también el festejo taurino. El toro, en ese sentido, fue parte del andamiaje de la colonización: un animal cargado de simbolismo, asociado al dominio, al riesgo, al honor y a la jerarquía social.
De esta manera, los toros de lidia llegaron prácticamente a todas las colonias españolas en América. Desde México hasta el Cono Sur, desde el Caribe hasta los Andes, existen registros de festejos taurinos en distintos momentos de la historia colonial. Sin embargo, no en todas las regiones se desarrolló de la misma manera la ganadería brava ni la tauromaquia como espectáculo formal.
El desarrollo desigual no fue casual. Las corridas de toros se consolidaron con mayor fuerza en aquellas colonias con mayores riquezas minerales, agrícolas y humanas. Donde había ciudades importantes, élites criollas, poder económico y estabilidad relativa, la fiesta brava encontró terreno fértil. México, Perú, Ecuador y Colombia se convirtieron así en los principales polos taurinos del continente americano.
En estos territorios no sólo se celebraron corridas, sino que se desarrolló una ganadería especializada, se construyeron plazas y se creó una cultura taurina propia, con matices locales, estilos distintos y una relación profunda entre campo, ciudad y ritual festivo. El toro bravo dejó de ser únicamente un animal importado y pasó a ser parte del paisaje, de la economía rural y de la identidad regional.
Incluso en Cuba existen registros de corridas de toros en distintas etapas de su historia, aunque la práctica nunca alcanzó el arraigo ni la continuidad que tuvo en México o en los países andinos. La tauromaquia, como tantas otras expresiones culturales coloniales, fue adoptada, adaptada o descartada según las condiciones políticas y sociales de cada región.
Con las guerras de independencia del siglo XIX, muchas de estas prácticas heredadas del periodo colonial fueron puestas en entredicho. Para algunos líderes republicanos, las corridas de toros representaban un vestigio de la dominación española, incompatible con los ideales de ilustración, progreso y modernidad que buscaban construir las nuevas naciones.
Chile fue el primer país de América Latina en prohibir las corridas de toros, en 1823. La medida fue impulsada por un gobierno que consideraba esta práctica un atentado contra la “ilustración y la cultura”, en consonancia con un proyecto republicano que buscaba romper simbólicamente con el pasado colonial. No se trató únicamente de una decisión moral, sino de una apuesta política por redefinir la identidad nacional.
Argentina siguió un camino similar. Desde 1899 prohibió las corridas de toros y reafirmó esa posición con la Ley Sarmiento de 1954, que establece sanciones para cualquier acto de crueldad hacia los animales. Uruguay, por su parte, decretó restricciones desde 1888 y en 1918 sancionó definitivamente cualquier espectáculo que implicara maltrato animal.
Chile, Argentina y Uruguay, países marcados por procesos tempranos de secularización y modernización, optaron por erradicar la tauromaquia como parte de una narrativa de progreso. En estos casos, la fiesta brava no logró arraigarse como elemento central de la identidad cultural, y su desaparición fue asumida como un paso natural en la construcción del Estado moderno.
En la actualidad, el llamado mundo del toro bravo es mucho más reducido que hace un siglo. En Europa, se concentra principalmente en España, con sus variaciones en Portugal y el sur de Francia. En América, los países donde actualmente existen corridas de toros son México, Perú, Ecuador y Venezuela. En Colombia, aunque aún se celebran festejos, la prohibición entrará en vigor a partir de 2027.
Cada uno de estos países vive su propia disputa interna. En Quito, capital de Ecuador, se prohibió matar al toro durante la corrida, transformando radicalmente el sentido del espectáculo. En Venezuela, la crisis política y económica ha provocado la cancelación de numerosas corridas en los últimos años. En Perú, los tribunales fallaron en 2020 contra los intentos de prohibición, defendiendo la tauromaquia como expresión cultural.
México ocupa un lugar singular. Es el país con mayor número de festejos taurinos, mayor cantidad de ganado bravo (más de 500 ganaderías con registro en la Ciudad de México) y una tradición que se extiende a lo largo de cinco siglos. Sin embargo, también es uno de los escenarios más intensos de la disputa contemporánea. Cuatro de las 32 entidades federativas han prohibido la fiesta brava, y la Ciudad de México se ha convertido en el epicentro de una batalla jurídica, política y simbólica.
España sigue siendo el referente central del mundo taurino. La tauromaquia forma parte de su historia, su literatura, su pintura y su economía cultural. A pesar de ello, también enfrenta una ofensiva política y simbólica significativa.
Por ejemplo, el Gobierno español anunció la eliminación del Premio Nacional de Tauromaquia, una decisión que revela la ambigüedad institucional frente a una tradición profundamente arraigada. Por un lado, se reconoce su peso histórico y económico; por otro, se busca distanciar al Estado de una práctica que resulta incómoda para ciertos sectores ideológicos.
La paradoja española es clara: las corridas siguen celebrándose en numerosas regiones, con apoyo popular y estructuras económicas sólidas, mientras desde el poder político se envían señales de desaprobación. No es una discusión sobre animales, sino sobre identidad, memoria y control cultural.
En América Latina, y particularmente en México, la fiesta brava se ha convertido en el chivo expiatorio perfecto. Para gobiernos mediocres, incapaces de resolver problemas estructurales como la violencia, la desigualdad o la corrupción, prohibir corridas de toros ofrece una victoria simbólica barata, amplificada por el ruido de las redes sociales.
Se trata de decisiones que no parten de un análisis serio de los aspectos culturales, económicos y ambientales involucrados, sino de una lógica de modas ideológicas. El toro se convierte así en blanco de una indignación selectiva, mientras se toleran o invisibilizan otras formas de violencia mucho más profundas y cotidianas.
En México, esta ofensiva revela un preocupante analfabetismo cultural. Prohibir la tauromaquia sin comprender su historia, su papel en la conformación de identidades regionales y su impacto económico es una forma de negación histórica. No se trata de imponer gustos ni de obligar a nadie a asistir a una corrida, sino de reconocer que las culturas no se construyen desde el presentismo moral.
La conquista y colonización de América dejaron heridas profundas y estructuras de dominación que aún persisten. La tauromaquia nació en ese contexto y no puede desligarse de él. Sin embargo, reducirla únicamente a un símbolo de opresión colonial es una lectura simplista, incapaz de comprender los procesos de apropiación, resignificación y mestizaje cultural que han ocurrido a lo largo de cinco siglos.
El mundo del toro es hoy un campo de batalla simbólico donde se enfrentan visiones opuestas del pasado y del presente. De un lado, quienes buscan borrar todo vestigio incómodo de la historia; del otro, quienes defienden la memoria cultural como un proceso complejo, contradictorio y necesariamente crítico.
La fiesta brava se reduce, sí, pero no por un debate profundo y honesto, sino por la imposición de narrativas simplificadas. En ese proceso, se pierde algo más que un espectáculo: se pierde la capacidad de dialogar con nuestra propia historia sin miedo, sin consignas y sin amnesia selectiva.
Quizá el verdadero reto no sea decidir si el toro debe o no morir en la plaza, sino si las sociedades americanas están dispuestas a enfrentar su pasado con la madurez suficiente para entender que la cultura no se cancela, se estudia, se discute y, en todo caso, se transforma con conocimiento y no con decretos.




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