Estados Unidos, de la prohibición a un modelo de salud pública
- Onel Ortíz Fragoso

- 28 nov 2025
- 8 Min. de lectura
La relación de Estados Unidos con las drogas es una de las historias más contradictorias y trágicas del mundo occidental. El país que inventó la “guerra contra las drogas”, que convirtió ese lema en un dogma ideológico, un instrumento de política interna y externa, y un sistema de control social, es el mismo que hoy carga con la peor crisis de salud pública por consumo de sustancias de toda su historia. Las calles de Filadelfia, Portland, Seattle o Los Ángeles muestran, a plena luz del día, que el paradigma prohibicionista no solo ha fracasado: ha construido el escenario perfecto para que la adicción, el mercado ilegal y la violencia escalen sin control.
Desde Richard Nixon, Ronald Reagan y George Bush padre, pasando por Bill Clinton y su famoso “three strikes”, hasta llegar a Donald Trump y Joe Biden y otra vez Trump, el modelo de persecución y castigo se ha mantenido como un reflejo automático, casi religioso. Se han gastado billones de dólares, se han encarcelado miles de personas —sobre todo afroamericanos y latinos—, se han militarizado fronteras, se han firmado acuerdos internacionales, se han invadido países y se han financiado guerras internas en América Latina. Y, sin embargo, jamás se ha frenado el consumo. Por el contrario: se ha multiplicado.
El resultado es un país que, en lugar de enfrentar el consumo desde la salud mental, el acompañamiento, la reducción de daños y la reconstrucción comunitaria, prefirió por décadas construir prisiones, alimentar prejuicios y convertir la adicción en un delito. Una narrativa que hoy se exhibe como lo que siempre fue: un monumental error histórico.
Este capitulo revisa la evolución del consumo de drogas en Estados Unidos —desde la cocaína hasta el fentanilo—, su relación con la cultura popular, la política, la industria farmacéutica y el fracaso gubernamental, para concluir en un punto inevitable: Estados Unidos debe abandonar la prohibición y abrazar un modelo integral de salud pública, regulación responsable y atención médica y psicológica. No hacerlo es condenarse a sí mismo.
Aunque suelen acusar a México de “narcocultura”, lo cierto es que Estados Unidos tiene una propia, más sofisticada, más incrustada en la industria del entretenimiento y más normalizada.
Películas como Scarface, Blow, Pulp Fiction, Requiem for a Dream, Trainspotting, American Gangster, Goodfellas y series como Euphoria, Breaking Bad, Narcos, Weeds o Snowfall crearon un imaginario colectivo donde el consumo de drogas puede ser glamour, fiesta, tragedia o rebeldía, pero siempre está presente.
La música rap, rock, pop e incluso el country integraron referencias constantes al consumo: cocaína en los setenta y ochenta, heroína en los noventa, éxtasis en los dosmiles, Oxycontin y Xanax en los 2010, fentanilo en los 2020.
Mientras Estados Unidos condenaba moralmente a los países productores, su cultura pop celebraba —o normalizaba— el consumo. Es imposible entender el mercado de drogas estadounidense sin entender que su propia sociedad convirtió las sustancias en símbolos de estatus, identidad y escape.
La cocaína ha sido, por décadas, la droga que define al éxito material estadounidense. En Wall Street es un secreto a voces: la “línea blanca” acompañó durante años la cultura financiera del riesgo, la velocidad y la adrenalina. En Hollywood, la cocaína es tan vieja como la industria misma. Desde los setenta, su presencia en fiestas, rodajes y círculos de poder fue parte del paisaje.
La guerra contra los cárteles latinoamericanos, financiada por Washington, no impidió que Estados Unidos continuara siendo el mayor consumidor de cocaína del mundo. Mientras la DEA perseguía avionetas, militares colombianos destruían laboratorios y gobiernos estadounidenses daban discursos moralistas, el consumo se disparaba. La cocaína nunca desapareció porque su demanda es estructural, social y cultural, no delincuencial.
La mariguana tiene una historia paradójica. Demonizada desde los años treinta con la propaganda racista de Reefer Madness, la planta se convirtió en un símbolo de rebeldía en los sesenta, una droga recreativa en los noventa y una industria multimillonaria en los 2000 y 2010.
Hoy, la mariguana recreativa es legal en la mayoría de los estados de la Unión. Lo que comenzó como una cruzada moral se convirtió en un negocio regulado, que recauda impuestos, financia programas sociales y genera miles de empleos.
Paradójicamente, miles de afroamericanos siguen presos por posesión simple, incluso en estados donde ahora se vende legalmente en dispensarios.
La mariguana muestra, como pocas sustancias, cómo la prohibición fue un instrumento de control racial más que una política de salud.
La heroína llegó a Estados Unidos a inicios del siglo XX como un derivado “maravilloso” de la morfina. Pronto se convirtió en una epidemia silenciosa, concentrada en barrios pobres, y luego en un símbolo del fracaso urbano en los años setenta. La respuesta política fue simple: criminalizar. Las consecuencias fueron brutales: encarcelamientos masivos, estigmatización, falta de tratamiento y un mercado negro incontrolable.
La heroína nunca fue tratada como un asunto médico, pese a que su adicción tiene una fuerte base fisiológica. La tragedia del siglo XXI —la crisis de los opioides— demostró que Estados Unidos aprendió poco.
El éxtasis fue la droga de los antros de los noventa. Se convirtió en sinónimo de fiesta, baile y sensorialidad. Algunas ciudades intentaron enfrentar su consumo con medidas de reducción de daños, pero el gobierno federal prefirió la vía policial. A diferencia de otras sustancias, el éxtasis demostró que el consumo recreativo puede ser gestionado con educación, controles de calidad y servicios médicos. Pero Washington eligió la persecución, empujando a los jóvenes hacia versiones adulteradas más peligrosas.
Ninguna droga exhibe tanto racismo estructural como el crack. Mientras la cocaína en polvo —consumida por clases medias y altas— tenía penas relativamente bajas, el crack —consumido mayoritariamente por afroamericanos pobres— tenía sanciones desproporcionadas.
La política no era accidental: fue diseñada así. El resultado fue devastador: barrios destruidos, familias rotas, miles de jóvenes encarcelados, ciclos interminables de pobreza. El crack no fue solo una crisis de salud: fue una política deliberada de criminalización racial.
El LSD es quizás la droga con la historia más extraña. Desde proyectos secretos de la CIA como MK-Ultra, pasando por la contracultura hippie, hasta la investigación médica contemporánea sobre salud mental.
Estados Unidos prohibió el LSD justo cuando comenzaban estudios prometedores sobre depresión, traumas y ansiedad.
Durante décadas, la sustancia fue demonizada, mientras la ciencia en Europa avanzaba.
Hoy, universidades como Harvard, Johns Hopkins y Stanford reabrieron líneas de investigación, demostrando que la prohibición frenó avances clínicos que pudieron salvar vidas.
Las metanfetaminas tienen dos rostros: el laborioso, químico y casi artístico imaginado en Breaking Bad, y el devastador, rural, empobrecido y desesperado de los “hillbillies” del medio oeste.
La metanfetamina se hizo fuerte entre comunidades blancas pobres golpeadas por el desempleo, la crisis industrial y el abandono estatal. La droga no es solo un estimulante: es una anestesia emocional.
Su expansión fue consecuencia directa del deterioro económico estadounidense. No fue un crimen: fue un síntoma social.
La ketamina pasó del quirófano a la fiesta y de ahí a clínicas que prometen soluciones mágicas para la depresión. El problema es que la línea entre uso terapéutico y dependencia es delgada. Estados Unidos enfrenta un auge peligroso: clínicas que venden tratamientos caros sin supervisión rigurosa, mientras jóvenes la utilizan como anestesia emocional en fiestas.
Es el ejemplo perfecto de cómo la industria privada se apropia de un vacío regulatorio y lo convierte en negocio.
El Tusi —o “cocaína rosa”— llegó a Estados Unidos como una moda estética importada de discotecas latinoamericanas. En realidad, no es cocaína ni es rosa: es una mezcla impredecible de ketamina, MDMA y otras sustancias.
El Tusi demuestra que el mercado de drogas siempre corre más rápido que la ley.
Mientras el gobierno investiga, miles consumen mezclas sin control de calidad, con riesgos inmensos.
El alcohol: el espejo etílico de Estados Unidos. Estados Unidos demoniza drogas, pero celebra el alcohol como parte de su identidad cultural: el béisbol y la cerveza, el bourbon y el sur profundo, el cine, los bares deportivos, las fiestas universitarias. El alcohol mata a más de 140 mil estadounidenses al año. El fentanilo mata más, pero la diferencia es una: el alcohol es legal, rentable y culturalmente aceptado.
La historia de la ley seca en los años veinte demostró que la prohibición no funciona. La industria volvió, y con ella, la normalización de un consumo que hoy genera accidentes, violencia doméstica, enfermedades hepáticas y tragedias cotidianas.
Tabaco: el fin del mundo Marlboro. El tabaco es la droga legal más dañina. Durante décadas, las tabacaleras ocultaron información, negaron estudios y construyeron una narrativa aspiracional: el vaquero Marlboro, la libertad, la masculinidad, la carretera infinita. Hoy, el tabaco mata a casi medio millón de estadounidenses al año. Es la prueba más contundente de que el mercado legal puede ser tan mortal como el ilegal si no hay regulación estricta.
Analgésicos: el negocio del dolor. Aquí comienza la tragedia contemporánea. Las farmacéuticas —Purdue Pharma, Johnson & Johnson y otras— convencieron a médicos y pacientes de que los opioides eran seguros. Mintieron. Ocultaron datos. Engañaron a reguladores. El resultado fue una epidemia que arrasó con comunidades enteras. Millones se volvieron dependientes del Oxycontin, Vicodin o Percocet. Cuando los seguros dejaron de pagar recetas, los adictos migraron a la heroína. Luego, al fentanilo. La crisis de los opioides no es un acto criminal de consumidores: es un crimen corporativo.
Fentanilo: los zombis que caminan. Filadelfia, Los Ángeles, Portland y otras ciudades muestran una escena dantesca: Jóvenes y adultos doblados, inmóviles, con la piel grisácea, apenas conscientes.
Es la imagen del fentanilo. Un opioide 50 veces más fuerte que la heroína, fabricado por redes criminales, pero también por farmacéuticas que lo introdujeron al mercado sin medir consecuencias. El fentanilo es la culminación de un sistema roto: prohibición, falta de tratamiento, crisis económica, abandono comunitario, mercado negro, corporaciones depredadoras.
La DEA puede detener cargamentos, pero mientras exista demanda, el fentanilo seguirá siendo la droga perfecta para un mercado desesperado. Estados Unidos tiene tres opciones: seguir encarcelando, seguir militarizando, o transformar radicalmente su enfoque.
Las dos primeras ya fracasaron. La tercera es inevitable. Las drogas como asunto de salud, no de moralidad. Cada adicto es un paciente, no un criminal. La adicción no es pecado ni delito: es una enfermedad compleja, química, emocional y social. Regulación inteligente y diferenciada. No todas las drogas son iguales.
La mariguana puede regularse; el alcohol y el tabaco deben controlarse con más fuerza; los opioides requieren vigilancia estricta; los psicodélicos pueden tener usos terapéuticos comprobados.
Atención médica y psicológica gratuita y accesible. Sin clínicas públicas, sin apoyo psicológico, sin acompañamiento comunitario, no hay solución posible. Reducción de daños. Centros de consumo supervisado, pruebas de sustancias, distribución de naloxona, educación realista y no moralista. Romper con el racismo institucional. Estados Unidos no solo debe despenalizar: debe reparar. Miles de afroamericanos y latinos viven con antecedentes criminales por delitos menores de drogas. Seguirán siendo marginados si no se expurgan sus registros y se aplican políticas de justicia restaurativa. Control estricto de la industria farmacéutica. Las farmacéuticas deben ser reguladas con la misma severidad con la que Estados Unidos pretende regular a productores en otros países. El crimen corporativo debe tener consecuencias.
La guerra contra las drogas fue un experimento político e ideológico que derivó en una tragedia humana, económica y social. La evidencia científica, histórica y social es contundente: la prohibición no reduce consumo, no protege a la juventud, no elimina el mercado ilegal y no salva vidas.
Estados Unidos se enfrenta a sí mismo, a sus contradicciones, a su industria del dolor, a sus desigualdades y a su incapacidad de aceptar que el consumo de drogas es parte de su tejido social.
El reto no es menor, pero es inevitable: pasar de la persecución a la empatía, de la cárcel a la clínica, del castigo a la prevención, del dogma moral a la salud pública. Mientras no lo haga, seguirán existiendo zombis de fentanilo en sus calles, familias devastadas por los opioides, comunidades destruidas por el crack, jóvenes consumiendo mezclas tóxicas, farmacéuticas enriqueciéndose y un país entero atrapado en la espiral de su propio fracaso.
Estados Unidos necesita una política de drogas basada en humanidad, ciencia y salud.
El resto —discursos, policías, cárceles, fronteras militarizadas— ya demostró que no sirve.
Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz




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