La fiesta brava en el siglo XIX en México, su tránsito de la Colonia a la República
- Onel Ortíz Fragoso

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Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
A lo largo del siglo XIX, la tauromaquia en México fue mucho más que un espectáculo: fue una práctica cultural profundamente arraigada en la vida social, política y simbólica de un país que transitó del orden colonial al Estado nacional. Las corridas de toros acompañaron ese proceso contradictorio, cargado de violencia, esperanza, identidad y ruptura. Lejos de ser una simple herencia española acríticamente reproducida, la fiesta brava en México se transformó, se mestizó y se politizó, reflejando con nitidez las tensiones del siglo que vio nacer a la nación.
A inicios del siglo XIX, las corridas de toros que se celebraban en la Nueva España no eran exclusivamente “españolas” en un sentido estricto. Si bien su origen peninsular era innegable, la tauromaquia novohispana ya había incorporado elementos indígenas, criollos y populares. No se trataba únicamente del ritual reglado de la plaza, sino de un amplio abanico de prácticas: toreo a caballo, alanceo, charrería, juegos con toros en plazas improvisadas, fiestas patronales y celebraciones civiles. La tauromaquia era, en ese sentido, una expresión transversal que atravesaba clases sociales, regiones y pertenencias étnicas.
Cuando estalló la lucha por la independencia en 1810, la afición taurina estaba plenamente integrada en la idiosincrasia de peninsulares, criollos, mestizos y del pueblo llano. La fiesta brava no distinguía bandos políticos; era parte del tejido cotidiano. Dos ejemplos elocuentes de ello son Miguel Hidalgo y Costilla e Ignacio Allende, figuras centrales del movimiento insurgente que, lejos de rechazar la tauromaquia, participaron activamente en ella. Su afición no fue anecdótica ni marginal: formaba parte de su vida social, de sus redes de sociabilidad y de su relación con el mundo rural y festivo de la Nueva España.
Miguel Hidalgo, el cura de Dolores, fue un hombre profundamente complejo, ilustrado y contradictorio. Además de sacerdote, era hacendado, administrador, lector de autores prohibidos y promotor de actividades productivas que desafiaban el orden económico colonial. En ese marco, su afición a la tauromaquia resulta coherente con su inserción en la cultura popular de su tiempo. Se sabe que disfrutaba de las corridas de toros e incluso las organizaba, en ocasiones para celebrar su cumpleaños. Días antes del Grito de Dolores, Hidalgo, junto con Allende y Juan Aldama, organizó una corrida en el palenque de gallos frente a su curato, un dato revelador del clima festivo y aparentemente normal que precedió a la ruptura histórica.
Algunas referencias históricas sugieren que Hidalgo pudo haber sido ganadero o vendedor de toros de lidia, aunque la documentación disponible es escasa y no concluyente. Lo que sí está mejor acreditado es su papel como hacendado: cultivó viñedos, crió abejas y buscó sanear deudas mediante actividades productivas que escapaban al control de los monopolios coloniales. Se menciona que los hermanos Hidalgo adquirieron haciendas cerca de Taximaroa (Hoy Ciudad Hidalgo, Michoacán), pero no existen pruebas firmes de que allí se criaran específicamente toros bravos. Aun así, la posibilidad resulta verosímil si se considera la centralidad del ganado en la economía rural de la época y la cercanía entre las prácticas ganaderas y taurinas.
Ignacio Allende, por su parte, encarnó una relación distinta, más marcadamente militar y ecuestre, con la tauromaquia. Fue descrito por registros históricos y por la tradición oral de la charrería como un jinete audaz, consumado en las suertes a caballo y entusiasta de las corridas de toros. Allende practicaba tanto el toreo a pie como el toreo a caballo —rejoneo y alanceo— y participaba en faenas que exigían gran destreza ecuestre, como colear toros. Su figura ilustra el vínculo estrecho entre tauromaquia y cultura ecuestre, un rasgo distintivo del mundo novohispano y posteriormente del México independiente.
Algunos registros señalan que Ignacio Allende también practicaba la suerte de los forcados, al respecto conviene subrayar que ciertas prácticas asociadas hoy al espectáculo taurino no pueden ser proyectadas anacrónicamente al siglo XIX. La suerte de los forcados, por ejemplo, es de origen portugués y se afianzó en México mucho más tarde. No existe evidencia histórica que vincule a Allende con esta práctica específica. Sus habilidades estaban orientadas a las formas tradicionales del toreo y de la charrería de su tiempo, donde el dominio del caballo era central y el enfrentamiento con el toro formaba parte de una cultura del valor, el honor y la destreza física.
Sin embargo, la relación entre tauromaquia e independencia no fue sólo festiva ni simbólica. También tuvo un rostro oscuro, brutal, que revela cómo la violencia política puede contaminar y deformar los rituales culturales. Uno de los episodios más perturbadores es el protagonizado por Agustín Marroquín, un torero que participó en las atrocidades posteriores a la toma de la Alhóndiga de Granaditas el 28 de septiembre de 1810, así como en las masacres subsiguientes en Guadalajara y Valladolid.
Marroquín, amigo de Miguel Hidalgo según algunos relatos, es descrito como un “matador” independentista que toreaba a prisioneros españoles antes de asesinarlos con un estoque, reproduciendo de manera grotesca y criminal los códigos de la faena taurina. Más allá de las exageraciones o posibles sesgos de las fuentes, estos testimonios reflejan una violencia desbordada, donde el lenguaje y los gestos de la tauromaquia fueron utilizados como instrumentos de terror. Marroquín alcanzó el grado de coronel en el ejército insurgente y fue finalmente capturado y fusilado en
Chihuahua en mayo de 1811, cerrando una trayectoria marcada por la brutalidad.
Este episodio obliga a una reflexión incómoda pero necesaria: la tauromaquia, como cualquier práctica cultural, no es moralmente neutra ni inmune a los contextos históricos. En el México del siglo XIX, las corridas de toros convivieron con procesos de guerra civil, ejecuciones sumarias y venganzas políticas. La fiesta brava podía ser celebración, pero también podía convertirse en metáfora y vehículo de violencia extrema. Ignorar esa ambivalencia empobrece el análisis y conduce a visiones simplistas, ya sea apologéticas o condenatorias.
Tras la consumación de la independencia, la tauromaquia no desapareció; por el contrario, se adaptó al nuevo orden nacional. Durante el México independiente, las corridas siguieron siendo un espectáculo popular, aunque cada vez más regulado y sujeto a debates morales, políticos y sanitarios. Algunos liberales del siglo XIX, influenciados por ideas ilustradas y positivistas, comenzaron a cuestionar las corridas por considerarlas bárbaras o incompatibles con el progreso. Sin embargo, esos cuestionamientos coexistieron con una realidad social donde la tauromaquia seguía siendo un punto de encuentro comunitario y una fuente de identidad.
En ese sentido, el siglo XIX mexicano fue testigo de una tensión permanente entre modernización y tradición. Las corridas de toros encarnaron esa tensión de manera ejemplar. Para algunos, representaban un rezago colonial que debía superarse; para otros, eran una expresión legítima de la cultura popular, ya profundamente mexicanizada. No eran ya simples corridas “españolas”, sino prácticas atravesadas por la experiencia histórica local, por el mestizaje y por la vida rural.
La presencia de figuras como Hidalgo y Allende en la historia taurina desmonta la idea de una oposición automática entre proyecto emancipador y tradición cultural. Los insurgentes no se concebían a sí mismos como revolucionarios culturales en el sentido moderno; su lucha era política, social y económica, pero se desarrollaba dentro de un universo simbólico heredado. La tauromaquia formaba parte de ese universo, junto con las fiestas religiosas, las ferias, la música y las prácticas ecuestres.
Al mismo tiempo, casos como el de Agustín Marroquín recuerdan que la violencia revolucionaria puede degenerar y que ninguna causa, por justa que se proclame, está exenta de excesos. La instrumentalización de la tauromaquia para escenificar ejecuciones revela hasta qué punto la guerra de independencia fue también una guerra social, marcada por odios acumulados y por la ruptura del orden legal.
Mirar la tauromaquia del siglo XIX con ojos contemporáneos exige, por tanto, una doble cautela. Por un lado, evitar la idealización romántica que borra la violencia inherente tanto al espectáculo como al contexto histórico. Por otro, rechazar el anacronismo moral que juzga el pasado sin comprender sus códigos culturales. La fiesta brava fue, en ese siglo, un espejo de la sociedad mexicana: contradictoria, mestiza, violenta y festiva a la vez.
En última instancia, analizar las corridas de toros y la tauromaquia en el México del siglo XIX no es un ejercicio de nostalgia ni de condena automática. Es una invitación a comprender cómo las prácticas culturales acompañan —y a veces exacerban— los procesos históricos. La tauromaquia estuvo presente en el nacimiento de la nación, en sus celebraciones y en sus tragedias. Reconocer esa complejidad es indispensable para cualquier debate sobre su lugar en la historia y en la memoria colectiva de México.




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