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Las corridas de toros en el siglo XVIII en la Nueva España: rito, poder y mestizaje

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 6 días
  • 5 Min. de lectura


Durante el siglo XVIII, las corridas de toros en la Nueva España no pueden entenderse como un mero entretenimiento popular ni como una costumbre importada acríticamente desde la península ibérica. Fueron, en realidad, un fenómeno social total, un espacio donde confluyeron el poder político, la jerarquía social, la economía rural, la cultura festiva y las tensiones ideológicas propias del mundo colonial tardío. La fiesta brava fue, al mismo tiempo, ritual de dominación, válvula de escape popular y símbolo de identidad mestiza, profundamente enraizada en la vida cotidiana novohispana.


Tras casi dos siglos de presencia española en América, la tauromaquia se desarrollaba de manera paralela tanto en la península ibérica como en las colonias. Sin embargo, en la Nueva España adquirió rasgos propios, determinados por la magnitud del territorio, la riqueza minera —especialmente la plata—, la densidad poblacional y la compleja estructura social basada en castas. Lejos de ser una copia, la corrida novohispana fue una reinterpretación americana de una tradición europea, adaptada a las condiciones materiales, culturales y simbólicas del virreinato más importante del Imperio español.


El siglo XVIII fue una etapa decisiva para el Imperio español, marcada por profundas transformaciones políticas, administrativas y económicas. Con la llegada de los Borbones tras la Guerra de Sucesión, la monarquía emprendió el último gran esfuerzo de reforma imperial, conocido como las Reformas Borbónicas. El objetivo fue claro: centralizar el poder, aumentar la recaudación fiscal y modernizar el Estado para competir con otras potencias europeas.

Estas reformas fortalecieron al Estado, pero rompieron los equilibrios sociales y políticos que habían sostenido el dominio colonial durante siglos. La exclusión de los criollos de los cargos de poder, el aumento de impuestos y la centralización autoritaria generaron un profundo malestar en América. Más que un siglo de decadencia, el XVIII fue un siglo de tensiones acumuladas, donde la modernización llegó tarde, mal y sin consenso social suficiente.


En ese contexto, las corridas de toros funcionaron como rituales de legitimación del poder monárquico, al mismo tiempo que reflejaban las contradicciones de un imperio que intentaba reformarse sin transformarse de fondo.


La Nueva España fue el corazón económico del Imperio. Durante el siglo XVIII vivió una etapa de crecimiento notable gracias a la minería, la agricultura y el comercio. La plata novohispana sostuvo buena parte de las finanzas imperiales. Sin embargo, esta prosperidad material convivió con una creciente desigualdad social y exclusión política.

La sociedad novohispana estaba rígidamente organizada en razas y castas: peninsulares, criollos, mestizos, indígenas y castas. Tras dos siglos de mestizaje, esta estructura no solo persistía, sino que se reforzaba simbólicamente en los espacios públicos. Las corridas de toros fueron uno de esos escenarios donde la jerarquía social se representaba y naturalizaba ante los ojos de todos.


En el siglo XVIII, las corridas de toros eran fiestas públicas oficiales, organizadas o autorizadas por las autoridades virreinales y municipales. Se celebraban con motivo de proclamaciones reales, bodas y natalicios de la familia real, llegadas de virreyes o grandes festividades religiosas. La corrida formaba parte del lenguaje político del imperio, exaltando la lealtad al rey y el orden monárquico.

No se trataba de diversión espontánea, sino de un acto cuidadosamente regulado, donde cada detalle —desde el lugar hasta la disposición del público— tenía un significado político. En una sociedad sin representación política amplia, la fiesta era un mecanismo de pedagogía del poder.


Las corridas se realizaban principalmente en las plazas mayores, como la Plaza Mayor de la Ciudad de México, o en plazas provisionales. El espacio reflejaba fielmente la estructura estamental: palcos para autoridades civiles, militares y eclesiásticas; zonas diferenciadas para élites, castas y pueblo llano.


La corrida era también un mecanismo de control social. En un solo evento se reunían miles de personas bajo vigilancia, en un orden visual que reforzaba la desigualdad. La fiesta permitía canalizar tensiones sociales sin cuestionar el orden establecido.


A diferencia del siglo XIX, el toreo del siglo XVIII no estaba profesionalizado. No existía aún el torero moderno. Participaban nobles, militares, aficionados y cuadrillas populares. El toreo se realizaba tanto a caballo como a pie, sin reglas estandarizadas.


La lidia conservaba un carácter caballeresco y festivo, heredero del barroco, donde el valor, el honor y la destreza eran virtudes asociadas al ideal hispánico. Este modelo encajaba perfectamente con la mentalidad del Antiguo Régimen.

Las corridas tenían una función económica relevante. Recaudaban fondos para hospitales, hospicios, cofradías y obras públicas. Generaban empleo temporal para ganaderos, carpinteros, músicos, vendedores y artesanos.


La justificación como fiestas de caridad otorgaba legitimidad moral a un espectáculo violento. La sangre derramada se compensaba simbólicamente con la ayuda a los pobres, en una lógica profundamente colonial.


La Iglesia participaba indirectamente en la fiesta, pero en el siglo XVIII crecieron las críticas morales, influenciadas por la Ilustración. Se denunciaba la violencia, el gasto excesivo y el desorden popular.


Durante el reinado de Carlos III, se intentó regular o limitar las corridas, no por antitaurinismo moderno, sino por razones de orden público, racionalidad económica y control social. Estas tensiones reflejan el choque entre la tradición barroca y el reformismo ilustrado.

Las corridas en la Nueva España fueron un espacio de mestizaje cultural. Se mezclaron tradiciones peninsulares con prácticas locales. Indígenas, mestizos y castas participaron como público, auxiliares o actores secundarios. Se incorporaron elementos musicales, festivos y rituales propios de América.



La tauromaquia no puede entenderse sin el desarrollo de las ganaderías de toros bravos, herederas de la introducción del ganado vacuno en el siglo XVI. Muchas nacieron como haciendas coloniales y, con el tiempo, se especializaron en la crianza del toro de lidia.


Entre las más antiguas destacan Atenco, fundada en 1522 y considerada el tronco fundacional del toro bravo en México; Coaxamalucan, Zotoluca y Espíritu Santo, con raíces en el siglo XVI; y San Mateo Huixcolotepec, con antecedentes del siglo XVII. Otras, como Piedras Negras, se formalizaron en el siglo XIX, pero se asentaron sobre estructuras coloniales previas.


Es fundamental distinguir entre antigüedad del sitio y constitución formal como ganadería brava. Aun así, estas casas ganaderas representan una continuidad histórica excepcional, pocas veces interrumpida en casi cinco siglos.


En el siglo XVIII, las corridas de toros en la Nueva España fueron mucho más que un espectáculo. Constituyeron un ritual de poder, una práctica económica, un espacio de convivencia social y un símbolo de identidad cultural. Reflejaron las tensiones del mundo colonial tardío: entre tradición y modernidad, entre fiesta popular y control ilustrado.


Como ocurrió con otros ámbitos de la vida novohispana, la tauromaquia fue un espejo del orden colonial en su fase final: todavía sólida, profundamente arraigada, pero ya cuestionada. En sus plazas, palcos y arenas se representó, quizá sin saberlo, el último acto de un régimen que estaba a punto de desaparecer.


Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz


 
 
 

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