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Sangre de Llaguno y el toro bravo mexicano.

  • Foto del escritor: Onel Ortíz Fragoso
    Onel Ortíz Fragoso
  • hace 1 día
  • 5 Min. de lectura

Por Onel Ortiz Fragoso

@onelortiz


La historia del toro bravo mexicano no puede entenderse sin la presencia de ciertas familias que, más allá de su fortuna o de su apellido, hicieron de la crianza una vocación, de la intuición una ciencia y de la terquedad una virtud. Entre ellas, la familia Llaguno ocupa un lugar central, no solo como una referencia obligada del campo bravo, sino como uno de los pilares que sostuvieron —y siguen sosteniendo— la arquitectura cultural de la tauromaquia en México.


Hablar de los Llaguno es hablar de Zacatecas, de sus llanuras secas y de su horizonte abierto, donde el viento parece arrastrar historias antiguas. Pero también es hablar de una decisión fundacional: la de tomar unas cuantas reses criollas y convertirlas, a través de la selección, el conocimiento y el tiempo, en una de las sangres más influyentes del toro de lidia en nuestro país. Ese tránsito, que parece sencillo en la narrativa, es en realidad una de las gestas más complejas de la ganadería mexicana.

Luis Niño de Rivera, en su obra Sangre de Llaguno. La razón de ser del toro bravo mexicano, no sólo documenta una historia familiar, sino que reconstruye una genealogía del carácter. Porque los hermanos Antonio y Julián Llaguno no fueron únicamente ganaderos: fueron, en sentido estricto, arquitectos de un tipo de bravura. Su obsesión no era sólo criar toros, sino criar toros que embistieran con clase, con poder y con esa mezcla de fiereza y nobleza que hace posible la lidia.


Su padre don Antonio Llaguno nació en la Hacienda de San Mateo el 28 de agosto de 1878, en un contexto donde la vida rural exigía tanto conocimiento práctico como resistencia física. Hijo de un comerciante de origen vizcaíno y de una mujer del valle de Valparaíso, su historia personal es también la historia de un mestizaje cultural que se traduce en el campo bravo: la tradición ibérica injertada en la tierra mexicana.


A finales del siglo XIX, con apenas 20 años, Antonio tuvo la idea —que hoy parece visionaria— de formar una ganadería de reses bravas. Con el apoyo de su hermano Julián, inició una selección rigurosa entre las vacas criollas de la región. De un universo amplio, eligieron apenas treinta. Ese acto de selección, aparentemente técnico, es en realidad un acto fundacional: es el momento en que el instinto ganadero se convierte en proyecto.


Los Llaguno eran, antes que nada, hombres de campo. Conocían la genética no desde los libros, sino desde la observación, desde la experiencia acumulada de generaciones. Sabían que la bravura no se improvisa, que se construye con paciencia, con errores, con aciertos y, sobre todo, con memoria. Sus libros de crianza —minuciosos, detallados— fueron tan importantes como sus potreros.


El 25 de diciembre de 1906, en la plaza de toros San Marcos de Aguascalientes, presentaron su primera corrida. Aquella tarde, en la que se lidiaron toros para Ricardo Torres “Bombita” y Fermín Muñoz “Corchito”, marcó el inicio de una historia que transformaría la tauromaquia mexicana. El primer toro, “Húngaro”, no fue sólo un animal: fue el símbolo de una apuesta.


El éxito de aquella corrida motivó a los Llaguno a dar un paso más: incorporar sangre española. No se trataba de imitar, sino de enriquecer. La llegada de un toro de la ganadería portuguesa de Palha, gestionada gracias a “Bombita”, fue uno de los momentos clave en la consolidación de su encaste. A partir de ahí, el proyecto dejó de ser local para convertirse en una referencia internacional.


Durante las décadas siguientes, los toros de San Mateo comenzaron a escribir páginas doradas en las plazas más importantes del país. En 1921, Ignacio Sánchez Mejías lidió a “Pardito” y lo calificó como el toro más bravo que había visto en su vida. Dos años después, Rodolfo Gaona cortó el rabo a “Quitasol” en el Toreo de la Condesa. Estos episodios no son anécdotas: son hitos que consolidan una reputación.


La lista de triunfos es larga y, por momentos, abrumadora. “Dentista”, “Peregrino”, “Duende”, “Hechicero”, “Barro Nuevo”, “Guerrita”. Cada nombre es una historia, una faena, un instante de gloria. Toreros como “Chicuelo”, “Armillita”, “Cagancho” o Lorenzo Garza encontraron en los toros de Llaguno un material que les permitía expresar su arte. Y eso no es menor: un toro bravo no solo embiste, también dialoga con el torero.

En 1932, los caminos de los hermanos se separaron. Julián Llaguno fundó la ganadería de Torrecillas, llevando consigo no solo un apellido, sino una forma de entender el campo. Su trabajo fue tan meticuloso como el de su hermano: recorría los potreros, registraba cada detalle, cuidaba cada empadre. En poco tiempo, la divisa verde y blanca se convirtió en sinónimo de calidad.


La historia de los Llaguno no estuvo exenta de dificultades. En 1935, los problemas agrarios devastaron la hacienda, obligándolos a trasladar parte de su operación a Pozo Hondo. Este episodio refleja una constante en la historia del campo mexicano: la tensión entre la propiedad, la política y la producción. Sin embargo, lejos de rendirse, los Llaguno adaptaron su proyecto y continuaron.


Los años cuarenta marcaron el apogeo de la ganadería. En 1946, San Mateo tuvo el honor de presentar los toros para la corrida inaugural de la Plaza México, el 5 de febrero. Aquella tarde, en la que participaron figuras como “El Soldado”, “Manolete” y Luis Procuna, quedó inscrita en la memoria colectiva. El primer toro en salir, “Jardinero”, fue, en cierto sentido, la culminación de un proceso iniciado décadas atrás.


Pero más allá de los triunfos, lo que define a la familia Llaguno es su legado. Don Antonio murió el 15 de enero de 1953, dejando no solo una ganadería consolidada, sino una escuela. Su muerte vistió de luto a la fiesta brava, pero también confirmó que su obra trascendía al individuo.


Hoy, San Mateo y Torrecillas siguen activas. No como piezas de museo, sino como entidades vivas que continúan produciendo toros, historias y emociones. En un contexto donde la tauromaquia enfrenta cuestionamientos éticos, legales y culturales, la permanencia de estas ganaderías plantea una pregunta incómoda: ¿qué hacemos con nuestras tradiciones?


El debate sobre la fiesta brava no puede reducirse a consignas. Requiere una reflexión profunda sobre la relación entre cultura, identidad y modernidad. En ese sentido, la historia de los Llaguno ofrece una lección: las tradiciones no son estáticas, pero tampoco son desechables. Son procesos históricos que deben entenderse en su complejidad.


Así como las familias Barbabosa, González o Madrazo han contribuido a la consolidación del toro bravo mexicano, los Llaguno representan una de sus columnas vertebrales. Sin su trabajo, sin su terquedad, sin su capacidad para aprender de los errores, la tauromaquia en México sería otra cosa.


Mirar hacia el pasado no es un ejercicio de nostalgia, sino de comprensión. En las dehesas de Zacatecas, entre cercas y potreros, se gestó una parte fundamental de nuestra cultura. Los Llaguno no solo criaron toros: criaron una forma de entender el mundo, donde el tiempo se mide en generaciones y la paciencia es una forma de inteligencia.


En un país donde la memoria suele ser frágil, recordar a los Llaguno es un acto de justicia. No para idealizarlos, sino para entender que detrás de cada toro que sale al ruedo hay una historia larga, compleja y profundamente humana. Una historia que, como el propio toro bravo, se resiste a ser domesticada.

 
 
 

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