Detroit, sábado 24 de octubre. Un hombre de 65 años, canas de sobra y la misma sonrisa de 2008, sube al templete junto a un médico de origen egipcio que aspira al Senado por Míchigan. Barack Obama mira al público y suelta la frase: "Ya hemos visto esta película antes. Yo fui el protagonista". La multitud corea "Sí se puede", en español, como hace dieciocho años. No es una campaña presidencial. Es algo más raro y más útil: un expresidente que decide que su capital político no es para enmarcarlo, sino para gastarlo.

Mi tesis es optimista y, por eso mismo, exigente: el regreso de Obama le importa a México no por lo que él pueda hacer por nosotros, sino por lo que podría anunciar. Si el péndulo estadounidense empieza a girar, México no necesita esperar a que complete el recorrido para preparar su posición. El optimismo útil no consiste en dar por hecho el cambio, sino en estar listo para negociarlo.

Primero, los hechos. Obama recorrió Ohio, Míchigan y Georgia la última semana de octubre, respaldando a Sherrod Brown, Abdul El-Sayed y Jon Ossoff. Su diagnóstico de los dos años de Trump cabe en cuatro palabras: "caos, crueldad, corrupción e incompetencia". Y el terreno le favorece: la aprobación de Trump ronda 32 por ciento según Reuters/Ipsos, los demócratas lideran la boleta genérica para la Cámara 51 a 43 en el promedio de RealClearPolitics, y hasta Texas está en juego. Este martes 3 de noviembre se renuevan los 435 escaños de la Cámara y 35 del Senado.

Pero una encuesta no es una elección, y una victoria electoral tampoco es una política pública. El argumento para México no depende de dar por hecho un triunfo demócrata: depende de prepararse para un Congreso en el que la negociación pueda volver a importar. La oportunidad es una hipótesis de trabajo, no una promesa.

Segundo, por qué nos toca. Porque el Congreso de Estados Unidos, no la Casa Blanca, tiene en sus manos tres cosas que definen la década mexicana. Una: el T-MEC. La revisión conjunta arrancó el 1 de julio; México y Canadá pidieron la prórroga de 16 años, Washington no, y el representante comercial Jamieson Greer avisó al Congreso que no la aprobará en automático. Cualquier renegociación de fondo necesita una vía rápida que sólo el Capitolio concede. Dos: los aranceles. El 50 por ciento al acero y aluminio y el 25 a los autos se sostienen en facultades que un Congreso adverso puede acotar. Tres: el presupuesto de ICE y la política migratoria, que se votan en comisiones, no en mítines. Una Cámara demócrata no resuelve nada por sí sola, pero convierte un monólogo en una negociación. Y México negocia mejor de lo que resiste.

Tercero, el símbolo. Obama no vuelve como candidato, sino como recordatorio de una tradición política estadounidense que no identifica la fuerza con la crueldad. Su presencia no demuestra que esa tradición sea hoy mayoritaria; eso tendrán que decirlo las urnas. Pero para un país que lleva dos años siendo el villano favorito de la retórica de Washington, la distinción importa. La narrativa también tiene una dimensión económica: un vecino descrito como amenaza ofrece un horizonte distinto de uno reconocido como socio. La incertidumbre puede pesar sobre la decisión de invertir; la pregunta es si el cambio de lenguaje llegará acompañado de reglas más previsibles.

La objeción más fuerte no puede despacharse como una nota al pie: Obama deportó a millones de personas, y los demócratas tampoco ofrecen a México una garantía de trato favorable. Ese historial obliga a desconfiar de la nostalgia. El optimismo, si ha de servir de algo, debe ser estratégico, no sentimental: no se trata de esperar un vecino bueno, sino de prepararse para un vecino negociable. La diferencia relevante entre Obama y Trump no sería el cariño por México, sino la posibilidad de discutir intereses bajo reglas previsibles. Ése es el criterio con el que habría que juzgar cualquier cambio político, no la simpatía que despierte quien vuelve al templete.

De ahí los pasos. Uno: cabildear al Congreso, no sólo a la Casa Blanca. México tiene 32 gobernadores, cientos de empresarios y una cámara de comercio en cada estado fronterizo; cada uno debería tener un congresista asignado, como una empresa asigna cuentas clave. Dos: llegar a la mesa del T-MEC con una propuesta propia de reglas de origen, no con una lista de agravios. Ebrard dice que México lleva 13 temas; que sean 13 ofertas, no 13 quejas. Tres: activar a los millones de mexicoamericanos como lo que son, un electorado que decide Arizona, Nevada y Georgia, y hablarles en su idioma, que ya no es sólo el español. Cuatro: dejar de medir la relación por el último tuit y empezar a medirla por el próximo presupuesto. Los países serios no reaccionan al humor del vecino; administran su calendario.

Carlos Fuentes lo entendió antes que los economistas. En La frontera de cristal imaginó a un joven mexicano limpiando ventanas de un rascacielos en Manhattan, separado por un vidrio de una mujer que lo mira desde adentro: se desean, se temen, no se tocan. Fuentes decía que la frontera no es una línea sino una cicatriz, y que las cicatrices no se borran: duelen más o menos según el clima. Durante dos años el clima fue de hielo. Hoy, en los templetes de Detroit y Atlanta, alguien vuelve a abrir la ventana. La pregunta no es si Estados Unidos va a cambiar; es si México va a estar listo cuando lo haga.

Ya vimos esta película. La diferencia es que esta vez podemos escribir nuestro propio papel.

Efraín Delgadillo Mejía

Consultor político · IQ Comunicación