La muerte del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, el pasado 28 de octubre, cierra uno de los capítulos más importantes de la historia política mexicana contemporánea. Su fallecimiento representa también la desaparición física de uno de los protagonistas de las luchas democráticas de la segunda mitad del siglo XX. El hombre que desafió al sistema político del cual provenía, que encabezó tres campañas presidenciales y que contribuyó a la formación de una nueva izquierda mexicana, se convirtió en una referencia que trascendió las fronteras partidistas. Su vida permite reconstruir las esperanzas, contradicciones, avances y limitaciones de nuestra transición democrática.

Los homenajes comenzaron inmediatamente. Su cuerpo fue velado en el Panteón Francés y, el viernes 30 de octubre, recibió un homenaje de cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes. La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que sus restos serían depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres. En el Congreso de la Unión y en el Congreso de Michoacán también se organizan reconocimientos a su trayectoria. Estas ceremonias expresan la dimensión histórica que alcanzó su figura. Pero, más allá de los discursos oficiales, el significado de su legado debe buscarse en las luchas políticas que encabezó y en las generaciones que participamos en ellas.

La historia de Cuauhtémoc Cárdenas no puede reducirse a sus candidaturas presidenciales ni a la fundación del Partido de la Revolución Democrática. Tampoco puede explicarse exclusivamente por su condición de hijo del general Lázaro Cárdenas del Río. Su trayectoria constituye una oportunidad para reflexionar sobre la transformación del sistema político mexicano, desde el presidencialismo autoritario y el partido prácticamente único hasta el pluralismo electoral que conocemos. Una transición imperfecta, incompleta, llena de contradicciones, avances y retrocesos, pero que abrió espacios de participación política y representación para millones de mexicanos que durante décadas estuvieron excluidos de las decisiones nacionales.

Seguramente aparecerán biografías, investigaciones, testimonios y memorias sobre Cuauhtémoc Cárdenas. Él mismo dejó escritos en los que reconstruyó diferentes momentos de su vida pública. A mí me gusta distinguir tres grandes etapas. La primera, al lado de su padre, el general Lázaro Cárdenas, de quien recibió una formación política marcada por el nacionalismo revolucionario y la defensa de la soberanía. La segunda, como integrante del PRI, senador de la República y gobernador de Michoacán. La tercera, a partir de su ruptura con el priismo, la creación del Frente Democrático Nacional, la fundación del PRD, sus tres campañas presidenciales y su gobierno en la capital del país.

Cada una de estas etapas corresponde a un momento distinto de la historia nacional. El cardenismo histórico, el agotamiento del régimen surgido de la Revolución mexicana y la construcción de nuevas alternativas políticas. En ellas encontramos continuidades, rupturas y contradicciones. Cuauhtémoc Cárdenas no fue un revolucionario improvisado ni un político que apareció de repente en 1988. Su formación, experiencia administrativa, conocimiento del Estado y participación en las instituciones explican, en buena medida, su manera de entender la política. No fue un hombre de grandes discursos ni de gesticulaciones espectaculares. Su estilo era otro: sobriedad, paciencia y una extraordinaria capacidad para resistir políticamente.

La elección presidencial de 1988 fue el momento decisivo. La famosa caída del sistema, las denuncias de fraude electoral y la movilización ciudadana posterior marcaron un antes y un después. Carlos Salinas de Gortari fue declarado ganador, pero una parte considerable de la sociedad cuestionó la legitimidad de aquellos resultados. Cárdenas se convirtió en el referente de una inconformidad que rebasaba a los partidos. La elección también puso sobre la mesa una discusión que permanece: ¿hasta dónde debe llegar la movilización social cuando las instituciones electorales pierden credibilidad? La respuesta cardenista privilegió la organización política y la lucha institucional.

De aquella experiencia surgió, en 1989, el Partido de la Revolución Democrática. Su nacimiento representó la convergencia de tradiciones políticas distintas: el nacionalismo revolucionario, el socialismo, el comunismo, los movimientos populares y numerosos desprendimientos del priismo. Construir una organización con semejante diversidad no fue sencillo. Tampoco lo fue enfrentar la violencia política que padecieron numerosos militantes perredistas durante los años siguientes. El PRD abrió espacios de representación, ganó gobiernos y contribuyó al pluralismo, pero también reprodujo prácticas clientelares, disputas internas y conflictos por las candidaturas. Cárdenas fue protagonista de sus avances y testigo de sus contradicciones.

Sin fotografíaHasta aquí, la historia pública. La muerte de Cuauhtémoc Cárdenas también me ha llevado a revisar mi propia memoria. En estos días aparecieron cientos de fotografías de políticos, intelectuales, periodistas, dirigentes sociales y ciudadanos al lado del ingeniero. Parecía que todos buscaban desesperadamente en sus archivos una imagen que demostrara cercanía, amistad o participación en algún acontecimiento. Las redes sociales se llenaron de recuerdos. Algunos profundamente emotivos; otros, quizá, motivados por la necesidad contemporánea de acreditar mediante una fotografía la proximidad con personajes históricos o famosos. No me parece necesariamente mal. Cada quien construye sus recuerdos como puede y como quiere.

Me conmovió especialmente la imagen de un hombre de edad madura que llegó al Palacio de Bellas Artes llevando un cartel de la campaña presidencial de 1988. Ese cartel tenía casi cuatro décadas de historia. Seguramente había sobrevivido mudanzas, limpiezas, cambios de domicilio y transformaciones familiares. ¿Cuántas veces habría pensado aquel hombre en deshacerse de él? ¿Cuántos recuerdos conservaría junto con ese pedazo de papel? No lo sé. Pero aquella imagen representaba algo más importante que cualquier discurso oficial: la persistencia de una esperanza política que había acompañado a varias generaciones de mexicanos durante buena parte de sus vidas.

También llamó mi atención la fotografía publicada por Manlio Fabio Beltrones, en la que aparecen Cuauhtémoc Cárdenas, Francisco Labastida Ochoa, Diego Fernández de Cevallos, Jorge Alcocer y el propio Beltrones. Una imagen que reúne trayectorias, rivalidades, diferencias ideológicas y episodios fundamentales de la política mexicana. Algunos podrían cuestionar la publicación de esa fotografía por la distancia política entre sus protagonistas. A mí me parece legítima. Sería terrible intentar apropiarse de la memoria de Cárdenas desde una sola corriente ideológica. Su participación en la izquierda no le impidió dialogar con políticos de otras tendencias ni recibir su reconocimiento. Solo hay tres huerfanos: Lázaro, Cuauhtémoc y Camila, el resto son amigos y compañeros.

Yo no tengo una fotografía con Cuauhtémoc Cárdenas. Ninguna. Y eso que participé y apoyé sus campañas de 1988, 1994, 1997 y 2000. Estuve en reuniones, mítines, movilizaciones y actividades políticas en las que coincidimos. Pero nunca me acerqué para pedirle una fotografía. No porque despreciara esa posibilidad, sino porque desde joven he preferido estar detrás de la cámara. Me gusta tomar fotografías, registrar acontecimientos y conservar imágenes de los demás. Aparecer en ellas es otra cosa. Además, las circunstancias políticas de aquellos años eran muy distintas de las actuales.

En 1988, tomarse una fotografía en una movilización opositora no era necesariamente un acto inocente. Los teléfonos celulares no existían y las redes sociales pertenecían a un futuro inimaginable. En cambio, sí existían los agentes de Gobernación, los servicios de inteligencia y las famosas orejas del gobierno. Una fotografía podía terminar en algún expediente de vigilancia política. Los estudiantes, sindicalistas, activistas y dirigentes opositores conocíamos esas prácticas. Por eso, para muchos de nosotros, evitar aparecer en determinadas imágenes era también una medida elemental de precaución. La militancia política tenía riesgos que hoy pueden parecer exagerados, pero que entonces eran muy reales.

Después, cuando las condiciones cambiaron, simplemente me parecía frívolo interrumpir una reunión política para solicitar fotografías con los dirigentes. Nunca me gustó esa costumbre. No critico a quienes lo hacen. Cada persona tiene sus preferencias. Hoy las selfies, los videos y las fotografías forman parte de la comunicación política. Incluso se han convertido en instrumentos de propaganda y construcción de imagen. Pero yo sigo prefiriendo fotografiar a los demás. Por eso, cuando revisé mis archivos después de conocer la muerte del ingeniero, encontré muchos recuerdos, pero ninguna foto.

1988: un recuerdo y una cicatrizDe ese cajón del pasado extraigo el recuerdo de Cuauhtémoc Cárdenas en su campaña presidencial de 1988. Estuve en el mitin que realizó en Ciudad Universitaria, me fui  como pude a su gira por la Comarca Lagunera y asistí, por supuesto, al cierre de campaña en el Zócalo de la Ciudad de México. Aquellos acontecimientos tenían una intensidad difícil de transmitir a quienes no los vivieron. No se trataba solamente de apoyar a un candidato. Existía la sensación de estar participando en un acontecimiento histórico, de desafiar un régimen que parecía invencible y de abrir una posibilidad democrática que durante décadas había permanecido cerrada.

La campaña de 1988 también me dejó un recuerdo y una cicatriz. Pintaba propaganda del Inge con mi brigada del CCH Azcapotzalco cuando fuimos sorprendidos y detenidos por policías. Nos subieron a la patrulla, nos dieron de cocos y nos pasearon durante toda la noche. Entre amenazas de encarcelamiento, madrizas y desaparición, intentaban intimidarnos. No sabíamos dónde estábamos ni qué iba a ocurrir. Al amanecer nos abandonaron en los límites de la Ciudad de México con el Estado de México. Cuando estuvimos libres, corrimos y gritamos a todo pulmón: ¡Cárdenas! ¡Cárdenas!

Aquella experiencia resume el ambiente político de esos años. Para algunos, la campaña presidencial era una competencia electoral; para otros, representaba la posibilidad de romper un sistema de control político que todavía utilizaba la intimidación contra sus adversarios. La detención de una brigada estudiantil no era un episodio extraordinario dentro de aquel contexto. Formaba parte de las prácticas de vigilancia y hostigamiento que habían acompañado durante décadas a los movimientos opositores. Sin embargo, también demuestra algo importante: el miedo no siempre produce obediencia. En ocasiones provoca exactamente lo contrario. Nosotros salimos de aquella madriza más convencidos de nuestro apoyo a  Cárdenas.

La elección pasó, Salinas asumió la Presidencia y el país entró en una etapa de profundos cambios. La movilización cardenista no consiguió modificar el resultado oficial, pero contribuyó a transformar la organización de la oposición. Para quienes habíamos participado desde las universidades, las colonias populares y las organizaciones sociales, la derrota significó una mezcla de frustración y aprendizaje. Comprendimos que las transformaciones políticas no necesariamente ocurren en los tiempos que uno desea. También aprendimos que las campañas electorales pueden terminar, pero las causas que les dieron origen permanecen. Cárdenas siguió, no chaqueteo, continuó siendo una referencia para quienes buscábamos democratizar al país.

1992: «También deben pensar en el cambio del país»Otro recuerdo corresponde a 1992. El movimiento estudiantil universitario había conseguido nuevamente detener un intento de aumentar las cuotas en la UNAM. El grupo dirigente del CEU de aquel momento, que integrabamos Adrián Gurza, Luis Alberto Álvarado, Óscar Moreno, Hugo López-Gatell, Andrea González, Sandra Ortega y un servidor, sostuvimos una reunión con Cuauhtémoc Cárdenas. Nos recibió en su casa de la calle de Andes, en las Lomas de Chapultepec. Para nosotros era una oportunidad de explicar directamente al principal dirigente de la izquierda mexicana lo que había ocurrido dentro de la Universidad.

Nos sentamos en la sala y comenzamos a relatar los acontecimientos. Hablamos del movimiento, las movilizaciones, las discusiones internas, las negociaciones y los resultados alcanzados. Cada quien intervino como pudo. Seguramente repetimos argumentos, exageramos algunos acontecimientos y dedicamos demasiado tiempo a cuestiones que considerábamos fundamentales. Cárdenas escuchó todo sin mover prácticamente un músculo de la cara. No interrumpió, no hizo gestos de aprobación ni manifestó entusiasmo. Su expresión permaneció imperturbable durante toda la reunión. Cuando finalmente terminamos nuestra explicación, el ingeniero hizo una observación que todavía recuerdo.

“También deben de pensar en el cambio del país”, nos dijo. Nada más. Después de una larga exposición sobre la situación universitaria, aquella frase resultó desconcertante por su sencillez. No cuestinó ni recomendó. Simplemente nos invitó a mirar más allá de los límites de Ciudad Universitaria. Con el paso de los años he pensado varias veces en aquella conversación. Los movimientos estudiantiles tienen sus propias dinámicas, reivindicaciones y contradicciones. Pero también forman parte de procesos sociales más amplios. Aquella observación expresaba una preocupación permanente de Cárdenas: vincular las luchas particulares con un proyecto nacional.

1994 y 1997: la derrota y el triunfoDos años después llegó la campaña presidencial de 1994. México vivía acontecimientos extraordinarios. El primero de enero se había producido el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas. En marzo fue asesinado Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI. Meses después ocurrió el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu. La violencia política, la incertidumbre económica y las tensiones sociales marcaron aquel año. Cuauhtémoc Cárdenas volvió a competir por la Presidencia, ahora como candidato del PRD. La esperanza democrática de 1988 permanecía, pero las circunstancias eran diferentes y también lo eran las expectativas.

Ernesto Zedillo ganó las elecciones presidenciales. Al día siguiente de conocerse la derrota, acudimos al Zócalo para escuchar a Cuauhtémoc Cárdenas. Recuerdo el sol intenso, el cansancio acumulado y la mezcla de tristeza y desconcierto entre quienes habíamos participado en la campaña. Estaba acompañado por Norma Ortega y Adrián Gurza. Escuchamos el mensaje del ingeniero, que nos convocaba a continuar la lucha por la transformación del país. Era otro momento de resistencia, aprendizaje y reorganización para quienes habíamos apostado por su candidatura. Habíamos perdido, pero no nos habíán derrotado.

En 1997 ocurrió uno de los triunfos más significativos de su trayectoria. Cuauhtémoc Cárdenas se convirtió en el primer jefe de Gobierno del Distrito Federal elegido mediante el voto popular. Aquella victoria representó un cambio institucional de enorme importancia. Los habitantes de la capital recuperamos la posibilidad de elegir directamente a nuestro gobernante, después de décadas de designaciones presidenciales. Su administración enfrentó problemas de seguridad, servicios públicos, finanzas y organización gubernamental. Los resultados fueron motivo de debates y críticas, pero la experiencia contribuyó a consolidar la competencia electoral en la ciudad y abrió una nueva etapa de gobiernos surgidos de la oposición.

2000: la tercera campañaTres años después llegó la campaña presidencial del 2000. Vicente Fox aparecía como la alternativa de alternancia con mayores posibilidades de derrotar al PRI. Cuauhtémoc Cárdenas participaba por tercera ocasión en una contienda presidencial, mientras una parte importante del electorado opositor discutía la conveniencia del llamado voto útil. La izquierda enfrentaba una decisión complicada: mantener su proyecto político o sumarse a la candidatura que concentraba mayores expectativas de alternancia. El ingeniero decidió competir. Aquella decisión fue cuestionada por algunos sectores, pero también expresó su convicción de que la democratización del país debía acompañarse de un proyecto económico y social distinto.

La UNAM atravesaba entonces uno de los momentos más difíciles de su historia reciente. La huelga estudiantil había paralizado las actividades durante meses y la intervención de la Policía Federal Preventiva había puesto fin a la ocupación de las instalaciones. La comunidad universitaria estaba profundamente dividida. Las heridas del conflicto permanecían abiertas y cualquier actividad política podía convertirse en motivo de enfrentamiento. En ese contexto, la presencia de Cuauhtémoc Cárdenas en Ciudad Universitaria tenía un significado especial. Más allá de la búsqueda de votos, representaba una oportunidad para acompañar los esfuerzos de reconstrucción de la vida universitaria.

La organización de aquel mitin fue complicada. Existían dudas sobre la conveniencia de realizarlo y preocupaciones por la posibilidad de enfrentamientos. Quienes todavía participábamos en las redes del antiguo CEU, junto con compañeros de la campaña cardenista, decidimos ocupar la tribuna del mitin en la explanada de Las Islas. Permanecimos ahí durante toda la noche para impedir que grupos contrarios a la presencia del ingeniero controlaran el lugar. La tensión aumentó conforme se acercaba el acto. Finalmente, Cárdenas pudo dirigirse a los universitarios desde otro punto de Las Islas, aunque no faltaron los intentos de interrumpirlo mediante cohetones y petardos.

Recuerdo particularmente aquella jornada porque estuve en la primera línea de los enfrentamientos con activistas del Consejo General de Huelga. A mi lado se encontraban, entre otros compañeros, Alma Maldonado, quien posteriormente desarrollaría una importante trayectoria académica en el estudio de la educación, y Rubén Torres, mi amigo e investigador de la UNAM. Recibimos una tremenda paliza. No es una metáfora. Los golpes fueron reales, como también lo fueron las diferencias políticas que habían dividido al movimiento estudiantil. Aquella experiencia mostró que la intolerancia no era patrimonio exclusivo de los gobiernos autoritarios.

La elección presidencial del 2000 terminó con el triunfo de Vicente Fox y la primera alternancia partidista en la Presidencia de la República. Cuauhtémoc Cárdenas quedó en tercer lugar. Para algunos, aquella derrota representó el agotamiento de su liderazgo electoral. Para otros, confirmó que la lucha democrática iniciada en 1988 había contribuido a crear las condiciones para que finalmente el PRI perdiera la Presidencia. Ambas interpretaciones contienen elementos que merecen discutirse. La transición democrática mexicana fue resultado de múltiples actores, organizaciones y circunstancias. Ninguna persona puede reclamar su autoría exclusiva, pero tampoco puede entenderse sin la participación del cardenismo. ¿Cuánto del triunfo de Vicente Fox era gracias a la lucha de Cuauhtémoc Cárdenas?

Después: el PRD, López Obrador y MorenaLa trayectoria posterior del ingeniero estuvo marcada por una relación cada vez más complicada con el PRD. Las disputas internas, las diferencias programáticas y las transformaciones de la izquierda modificaron el partido que había contribuido a fundar. En 2014 renunció a esa organización. Su salida fue también un síntoma del desgaste de un proyecto que había nacido con grandes expectativas democráticas. Cárdenas continuó participando en debates públicos, particularmente en asuntos relacionados con la soberanía energética, el desarrollo nacional y la democracia. No abandonó sus preocupaciones fundamentales, aunque dejó de ocupar el lugar central que había tenido durante las décadas anteriores.

Su relación con Andrés Manuel López Obrador constituye otro capítulo importante de esa historia. Ambos compartieron militancia, proyectos y espacios políticos, pero también mantuvieron diferencias sobre estrategias, liderazgos y decisiones partidistas. López Obrador construyó posteriormente Morena. Sería simplista presentar esa evolución como una continuidad sin rupturas. Entre el cardenismo de 1988, el perredismo de los años noventa y el movimiento político que llegó al poder en 2018 existen vínculos históricos, pero también diferencias importantes en la organización, el ejercicio del liderazgo y la relación con las instituciones.

El propio Cuauhtémoc Cárdenas mantuvo posiciones críticas frente a decisiones de distintos gobiernos, incluidos aquellos encabezados por dirigentes provenientes de la izquierda. Esa actitud permite comprender que su concepción de la política no dependía exclusivamente de las lealtades partidistas. Sus planteamientos sobre la soberanía energética, la planeación económica y el fortalecimiento institucional conservaron elementos del nacionalismo revolucionario. Pero el país había cambiado profundamente. Las condiciones económicas, sociales e internacionales eran muy distintas de las que conoció durante su juventud. La vigencia de sus ideas debe examinarse considerando esas transformaciones y no mediante una repetición automática de sus propuestas..

Más allá de los homenajesLa muerte suele producir un fenómeno curioso: transforma a los personajes públicos en seres aparentemente perfectos. Desaparecen las diferencias, se olvidan las críticas y todos descubren virtudes que quizá no reconocieron cuando el homenajeado estaba vivo. En ocasiones, los adversarios más severos se convierten en admiradores retrospectivos. Es una costumbre humana y política. Pero la memoria histórica exige algo más que discursos funerarios. Cuauhtémoc Cárdenas merece ser estudiado en toda su complejidad, con sus aciertos, errores, contradicciones y circunstancias. La mejor manera de conservar su legado consiste en analizarlo, discutirlo y comprenderlo, no en convertirlo en una figura intocable.

A mí Cuauhtémoc Cárdenas me caía bien. Me gustaba porque hablaba poco y, cuando hablaba, generalmente hablaba bien. Poseía ese carisma anticlimático que Carlos Monsiváis describió con extraordinaria precisión desde la campaña de 1988. En una actividad donde abundan los discursos interminables, las frases grandilocuentes y las gesticulaciones teatrales, el ingeniero parecía empeñado en demostrar que podía hacerse política sin recurrir al espectáculo. Su sobriedad desesperaba a algunos, desconcertaba a otros y producía confianza entre sus seguidores. Nunca fue un gran animador de multitudes, pero logró encabezar movilizaciones que transformaron la historia política nacional.

La figura de Cárdenas también invita a reflexionar sobre el significado de la derrota. Perdió tres elecciones presidenciales, pero participó en procesos que modificaron las condiciones de competencia política. Su trayectoria muestra que los resultados electorales no agotan el significado de una candidatura. Las campañas pueden contribuir a organizar movimientos sociales, modificar agendas públicas y transformar instituciones. También pueden dejar frustraciones, divisiones y proyectos inconclusos. En ese sentido, el cardenismo constituye una experiencia particularmente interesante: sus aspiraciones presidenciales no se concretaron, pero varias de las demandas democráticas que impulsó terminaron incorporándose, mediante diferentes procesos, a la vida institucional mexicana.

La transición democrática mexicana, sin embargo, continúa siendo objeto de debate. La alternancia presidencial no eliminó la desigualdad, la corrupción, la violencia ni las prácticas autoritarias. Tampoco resolvió automáticamente los problemas de representación política. Los partidos que surgieron como alternativas reprodujeron, en distintos momentos, comportamientos que antes cuestionaban. Las instituciones electorales avanzaron en autonomía y procedimientos, pero continuaron enfrentando conflictos de legitimidad. El pluralismo abrió posibilidades de participación, aunque no siempre produjo mejores gobiernos. Cárdenas contribuyó a esa transición y también conoció sus limitaciones. Su legado forma parte de una historia que todavía está lejos de concluir.

Por eso considero importante distinguir entre los homenajes oficiales y la reflexión histórica. Depositar sus restos en la Rotonda de las Personas Ilustres, rendirle honores en el Congreso o colocar su nombre en calles, escuelas y edificios públicos puede contribuir a preservar su memoria. Pero esos reconocimientos no sustituyen el análisis de las causas por las que luchó. La democracia no se fortalece solamente mediante ceremonias. Requiere instituciones confiables, participación ciudadana, libertades públicas, justicia social y respeto a las diferencias. Son asuntos que estuvieron presentes, de distintas maneras, a lo largo de la trayectoria política del ingeniero.

Una generación En estos días, mientras observaba las fotografías de sus homenajes, regresaron a mi memoria los rostros de numerosos compañeros. Algunos siguen participando activamente en la vida pública; otros tomaron caminos diferentes y varios ya no están entre nosotros. Recordé los mítines, las brigadas, las discusiones interminables, los viajes, las derrotas y las esperanzas. También recordé las diferencias políticas que nos separaron y los acontecimientos que volvieron a reunirnos. La memoria no es un archivo perfectamente ordenado. Es una sucesión de imágenes, emociones y episodios que adquieren nuevos significados conforme pasan los años.

Hacer memoria de Cuauhtémoc Cárdenas significa también reconstruir una parte de mi propia experiencia política. Desde las movilizaciones estudiantiles hasta las campañas presidenciales, desde las reuniones universitarias hasta los enfrentamientos con otros grupos, su figura estuvo presente durante momentos importantes de mi formación. No pretendo exagerar nuestra cercanía. Nunca fui su colaborador ni pertenecí a su círculo de confianza. Fui uno de los miles de jóvenes que participaron en el movimiento democrático que encabezó en 1988. Esa condición me permitió conocerlo desde una perspectiva diferente: la de quienes realizábamos brigadas, asistíamos a mítines y sosteníamos discusiones políticas sin esperar cargos ni reconocimientos.

Quizá por eso no necesito una fotografía con él. Tengo recuerdos mucho más importantes. La imagen del Zócalo lleno en 1988. El miedo durante aquella noche de detención policial. La carrera desesperada después de recuperar la libertad. La sala de su casa en Las Lomas y su recomendación de pensar en el cambio del país. El sol de agosto de 1994, después de otra derrota. La explanada de Las Islas en el año 2000 y los golpes recibidos durante aquel enfrentamiento y otros muchos. Son recuerdos que ninguna fotografía podría explicar completamente y que forman parte de mi propia historia.

Cuauhtémoc Cárdenas pertenece a una generación de políticos que conoció el México del presidencialismo autoritario, participó en sus instituciones y después contribuyó a cuestionarlas. Su trayectoria permite observar cómo se transformaron las relaciones entre el Estado, los partidos y la sociedad. También permite reconocer que la democracia mexicana no surgió de un solo acontecimiento ni de la voluntad de un dirigente. Fue resultado de décadas de luchas sociales, reformas institucionales, conflictos electorales y cambios culturales. El ingeniero ocupó un lugar importante en ese proceso, acompañado por miles de ciudadanos cuyos nombres difícilmente aparecerán en los libros de historia.

La muerte del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano nos devuelve a los años en que parecía posible cambiar el país mediante la organización ciudadana y la participación política. Nos recuerda que las transformaciones históricas requieren tiempo, perseverancia y capacidad para enfrentar derrotas. También nos obliga a preguntarnos qué ocurrió con las aspiraciones democráticas de aquella generación y cuáles siguen pendientes. Los homenajes terminarán, las fotografías desaparecerán de las redes sociales y la conversación pública encontrará nuevos protagonistas. Pero permanecerán las preguntas sobre la democracia que ayudó a construir y sobre el país que todavía está por construirse.

Pienso nuevamente en aquel hombre que llegó a Bellas Artes con su cartel de 1988. No sé quién es ni conozco su historia. Pero me gusta imaginar que, como muchos de nosotros, conserva recuerdos de una época en la que participar en política significaba desafiar al poder y asumir riesgos personales. Quizá aquel cartel sea la última evidencia material de una esperanza que sobrevivió a tres campañas presidenciales, a innumerables derrotas y a casi cuatro décadas de transformaciones. Yo no tengo una fotografía con Cuauhtémoc Cárdenas. Tengo algo distinto: la memoria de haber participado en una parte de aquella historia. Y eso, para mí, es suficiente.

Porque la historia de Cuauhtémoc Cárdenas es también la historia de una generación que luchó por cambiar a México. Una generación que ganó algunas batallas, perdió muchas otras y dejó una transición democrática inconclusa pero importante. Una historia que todavía nos corresponde comprender, discutir y continuar.

Eso pienso yo. Usted qué opina. La política es de bronce.

Onel Ortíz Fragoso

@onelortiz

Video: https://youtu.be/Sm1iWxtS-4k?si=MPueaiKKwQ3a1CgN