Por Onel Ortíz Fragoso
@onelortiz
https://youtu.be/siirpy2jaGA?si=T7KaIae9U0JzMNZL
La historia de la Monumental Plaza de Toros México no puede entenderse únicamente desde los nombres de los toreros que la han vestido de gloria, ni desde las grandes faenas que quedaron grabadas en la memoria colectiva de la afición. Tampoco basta con hablar de las ganaderías legendarias, de las tardes históricas o de los llenos monumentales que marcaron una época. Detrás del coso más grande del mundo existieron empresarios, administradores y promotores que durante ocho décadas moldearon el rumbo de la fiesta brava mexicana.
Los empresarios taurinos han sido personajes centrales en la tauromaquia. Muchas veces incomprendidos, otras cuestionados y no pocas veces odiados por los aficionados, son una pieza esencial del espectáculo. Un empresario taurino no es solamente un hombre con dinero capaz de contratar toreros y abrir las puertas de una plaza. Requiere sensibilidad artística, conocimiento del comportamiento de las masas, relaciones políticas, visión comercial y, sobre todo, una comprensión profunda de la liturgia taurina.
La Plaza México fue, desde su inauguración en 1946 hasta su cierre temporal para festejos taurinos tradicionales en 2025, un reflejo de las transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales del país. Cada empresario que la gestionó representó una época distinta de México.
El primer gran personaje de esta historia fue Neguib Simón Jalife. Visionario, audaz y obsesionado con construir un monumento para la tauromaquia, Simón imaginó una plaza que superara todo lo existente en el mundo taurino. En un país que apenas comenzaba a consolidar la modernidad urbana del periodo posrevolucionario, decidió levantar un coso monumental en los terrenos de la Ciudad de los Deportes.
La obra era descomunal. La Plaza México no solamente implicó una proeza arquitectónica; también fue una apuesta financiera gigantesca. Su inauguración el 5 de febrero de 1946 simbolizó el nacimiento de una nueva etapa para la fiesta brava mexicana. México dejaba de ser un simple consumidor de toreros españoles para convertirse en una potencia taurina con identidad propia.
Sin embargo, el sueño de Neguib Simón tuvo un costo enorme. Las deudas derivadas de la construcción terminaron ahogándolo financieramente. Ahí apareció otro personaje fundamental: Moisés Cosío.
La familia Cosío terminaría convirtiéndose en la auténtica dinastía propietaria de la Plaza México. Moisés Cosío no solo rescató financieramente el inmueble; entendió que la plaza debía administrarse como un gran espectáculo nacional. Durante décadas, la familia Cosío consolidó la estabilidad económica del coso y tejió relaciones con toreros, ganaderos, autoridades y medios de comunicación.
La Plaza México se convirtió entonces en el equivalente taurino del Palacio de Bellas Artes o del Estadio Azteca: un símbolo nacional. Ahí toreaban las máximas figuras de España y México. Ahí se confirmaban alternativas. Ahí se definía el prestigio de los toreros.
En esos primeros años apareció otro nombre clave: Alfonso Gaona. Hermano del legendario Rodolfo Gaona, Alfonso comprendió la dimensión emocional de la fiesta brava. Su gestión estuvo marcada por la consolidación de la afición capitalina y por la profesionalización paulatina del negocio taurino.
Gaona pertenecía a una generación que todavía concebía la tauromaquia como un espectáculo profundamente popular. Las corridas convocaban a todas las clases sociales. Políticos, empresarios, obreros, artistas y estudiantes coincidían en las gradas de la Plaza México. La fiesta era un espacio de convivencia nacional.
Durante aquellas décadas doradas desfilaron por el ruedo nombres gigantescos como Carlos Arruza, Manuel Capetillo, Luis Procuna, Silverio Pérez y posteriormente, Eloy Cavazos. La empresa entendía que el éxito de la plaza dependía tanto del cartel como de la construcción de ídolos populares.
Pero conforme avanzaron los años, México cambió. La televisión transformó el entretenimiento. El futbol comenzó a desplazar a la tauromaquia como espectáculo masivo. Las nuevas generaciones urbanas empezaron a alejarse de las tradiciones taurinas. Entonces llegó una figura controvertida, polémica y decisiva: Rafael Herrerías.
Hablar de Rafael Herrerías es hablar de una época completa de la Plaza México. Durante décadas fue el rostro visible de la administración taurina más importante del país. Admirado por algunos y profundamente criticado por otros, Herrerías entendió algo fundamental: la tauromaquia moderna necesitaba sobrevivir en un entorno mediático mucho más agresivo.
Su administración estuvo marcada por la espectacularización de las corridas, por la construcción mediática de figuras y por una relación intensa con la prensa. Herrerías operaba la plaza como un empresario del espectáculo contemporáneo. Sabía provocar polémica, generar expectativa y convertir las corridas en acontecimientos sociales.
Sin embargo, también enfrentó fuertes críticas. Muchos aficionados le reprochaban el exceso de figuras españolas, la pérdida de oportunidad para toreros mexicanos y ciertas decisiones relacionadas con la integridad del espectáculo. Como ocurre siempre en la fiesta brava, el empresario se convirtió en el villano favorito del tendido.
Pero sería injusto negar su relevancia histórica. Herrerías mantuvo viva la Plaza México durante años complejos. Le tocó enfrentar crisis económicas, cambios culturales y el avance de los movimientos antitaurinos. En muchos sentidos, sostuvo una estructura empresarial que ya comenzaba a resentir el desgaste del tiempo.
Después vendría la época de Alberto Baillères, uno de los empresarios más poderosos de México y quizá el último gran mecenas taurino del país. Su participación en el mundo taurino, particularmente a través de la casa ganadera y empresarial ligada a la Monumental, representó un intento de modernizar la fiesta y sostenerla financieramente en medio de un entorno cada vez más hostil.
Baillères entendía la tauromaquia no solo como negocio, sino como una tradición cultural ligada a la identidad hispánica y mexicana. Bajo su influencia, la empresa buscó proyectar una imagen más corporativa y moderna. Se fortalecieron alianzas internacionales y se impulsaron estrategias de promoción más sofisticadas.
Junto a él apareció también Javier Sordo Madaleno, representante de una nueva generación empresarial ligada al desarrollo urbano, inmobiliario y comercial de la capital mexicana. La Plaza México dejó de ser solamente un recinto taurino y comenzó a verse también como un activo urbano de enorme valor económico.
En los últimos años, la gestión quedó asociada a Promotora Global EMT, vinculada al poderoso circuito taurino internacional. La lógica empresarial ya no era únicamente nacional. La Plaza México formaba parte de un sistema globalizado de contratación de figuras, transmisión de eventos y administración de espectáculos.
Pero mientras las empresas evolucionaban, la sociedad mexicana también cambiaba radicalmente. El crecimiento de los movimientos animalistas y antitaurinos colocó a la Plaza México en el centro de una disputa cultural, ética y política.
Lo que antes era considerado una tradición nacional comenzó a ser visto por amplios sectores urbanos como una práctica incompatible con las nuevas sensibilidades sociales. Las batallas jurídicas, las suspensiones judiciales y los debates legislativos marcaron los últimos años del coso taurino más importante de América Latina.
El cierre temporal de la Plaza México en 2025 para festejos taurinos tradicionales no representa solamente una pausa administrativa o legal. Simboliza el fin de una era cultural en México. La discusión ya no es únicamente taurina; es civilizatoria.
Porque la Plaza México fue mucho más que un recinto para corridas de toros. Durante décadas funcionó como un espacio donde convivieron política, arte, deporte, negocios y cultura popular. Presidentes de la República acudieron a sus tendidos. Actores, intelectuales y músicos desfilaron por sus pasillos. Las grandes figuras del toreo mundial soñaban con triunfar en su ruedo.
Los empresarios que la administraron fueron, en el fondo, los guardianes de una tradición profundamente compleja. Algunos privilegiaron el negocio. Otros, la pasión. Algunos entendieron el valor artístico de la tauromaquia. Otros simplemente supieron explotar el espectáculo. Todos, sin excepción, dejaron una huella en la historia cultural del país.
Quizá el mayor error de muchos empresarios taurinos mexicanos fue no comprender a tiempo el cambio generacional y cultural que enfrentaba la fiesta. Durante años se pensó que la tradición bastaba para garantizar la permanencia del espectáculo. No se construyeron nuevas audiencias. No se modernizó el discurso taurino. No se logró explicar a las nuevas generaciones la dimensión ritual, estética e histórica de la tauromaquia.
La Plaza México sobrevivió terremotos, crisis económicas, alternancias políticas y cambios sociales. Resistió la competencia del futbol, de la televisión y de las plataformas digitales. Pero terminó atrapada en una batalla cultural donde los empresarios ya no solamente debían vender boletos: necesitaban defender públicamente la legitimidad ética de la fiesta brava.
Hoy, mientras las puertas de la Monumental permanecen cerradas para los festejos taurinos tradicionales, queda una sensación extraña. La de asistir no sólo al ocaso de un espectáculo, sino al cierre de un capítulo entero de la cultura popular mexicana.
Y detrás de ese capítulo están los nombres de Neguib Simón, Moisés Cosío, Alfonso Gaona, Rafael Herrerías, Alberto Baillères y tantos otros empresarios que, entre aciertos y errores, construyeron la historia de la plaza de toros más grande del mundo.
