Por Onel Ortíz Fragoso.

La política tiene momentos en los que decisiones aparentemente sencilla modifica el curso. No siempre son acontecimientos espectaculares, grandes discursos o movilizaciones multitudinarias. A veces son acciones estratégicas que, tomadas en el momento oportuno, permiten transformar una derrota probable en una victoria. Eso ocurrió cuando Andrés Manuel López Obrador modificó su estrategia política y electoral, pasando del:  “vamos solos”  al “vamos juntos”. No fue solamente un cambio de consigna. Fue una transformación en la manera de construir alianzas, incorporar dirigentes, sumar militantes y articular una mayoría electoral. Sin ese viraje, difícilmente se explica la victoria presidencial de 2018.

Para comprender la importancia de aquella decisión es necesario regresar a los primeros meses de 2017. México atravesaba una profunda crisis de representación política. El gobierno de Enrique Peña Nieto acumulaba escándalos de corrupción, impopularidad y desgaste. El PRI había perdido buena parte de su capacidad para presentarse como una alternativa de continuidad. El PAN continuaba dividido entre sus diferentes grupos y aspiraciones presidenciales. El PRD, por su parte, atravesaba una crisis de identidad que terminaría por convertirse en una crisis de sobrevivencia. Mientras tanto, López Obrador encabezaba nuevamente las encuestas electorales, como había ocurrido en las elecciones presidenciales de 2006.

Encabezar las encuestas no garantizaba ganar la elección. López Obrador lo sabía mejor que nadie. Había experimentado las consecuencias de enfrentar a una coalición de intereses políticos, económicos y mediáticos decididos a impedir su llegada a la Presidencia de la República. En 2006, la diferencia oficial fue mínima y el resultado quedó marcado por una controversia que dividió profundamente al país. En 2012, la maquinaria electoral del PRI, acompañada de enormes recursos y una poderosa operación política, consiguió el regreso de ese partido a Los Pinos. Para 2018, Andrés Manuel necesitaba algo más que conservar su base electoral.

Durante los primeros años de Morena predominó una concepción que privilegiaba la identidad del nuevo movimiento frente a las alianzas con las organizaciones tradicionales. El “vamos solos” expresaba la convicción de que era necesario construir una fuerza diferente, sin depender de los partidos que habían participado en los acuerdos del régimen. Había razones para sostener esa posición. Morena surgió como respuesta al agotamiento del PRD, y a la necesidad de ofrecer una alternativa frente al sistema político. El problema era que una estrategia eficaz para construir identidad no resultaba suficiente para conquistar la Presidencia.

La construcción de Morena exigía diferenciarse del PRD, pero la conquista del poder requería ampliar sus fronteras. Esa contradicción comenzó a resolverse cuando López Obrador comprendió que no todos los militantes y dirigentes de los partidos tradicionales eran responsables de las decisiones de sus cúpulas. Había miles de ciudadanos que seguían identificándose con las causas históricas de la izquierda, pero que ya no encontraban representación en sus organizaciones. También existían cuadros políticos con experiencia territorial, capacidad de movilización y presencia electoral que estaban dispuestos a participar en un proyecto diferente. Incorporarlos significaba reconocer que la transformación no podía realizarse exclusivamente con quienes habían acompañado a Morena desde su fundación.

Recuerdo el 27 de febrero de 2017. Habíamos terminado una reunión de análisis con Miguel Barbosa, entonces coordinador de los senadores del PRD y un servidor, su asesor. Eran días complicados. Miguel Ángel Yunes Linares, gobernador de Veracruz, se había lanzado a la yugular de López Obrador, en una confrontación que anticipaba el tono de la campaña presidencial. Estaba claro que distintos actores políticos harían cuanto estuviera a su alcance para impedir que Andrés Manuel llegara a la Presidencia. Las encuestas lo colocaban nuevamente como favorito y, como suele ocurrir en México, mientras más crecía su ventaja, mayor era la intensidad de los ataques.

Terminada aquella reunión, salí de la sala y regresé a mi cubículo para redactar algunas notas. Unos minutos después, Brenda Calderón, quien también era asesora de Barbosa, entró apresuradamente y me dijo que el coordinador estaba haciendo declaraciones a la fuente del Senado, en la sala de reuniones del Instituto Belisario Domínguez. La noticia me sorprendió porque no estaba prevista. Para pronto, Barbosa había decidido hacer pública una posición política que tendría consecuencias para los senadores perredistas.

Barbosa declaró que apoyaba a Andrés Manuel López Obrador para la Presidencia de la República y llamó a los militantes del PRD a respaldar su candidatura. La declaración tenía  relevancia. La hacía el coordinador de los senadores perredistas, uno de los personajes con experiencia parlamentaria y capacidad de interlocución dentro de ese partido. Su pronunciamiento colocaba sobre la mesa una contradicción que la dirigencia nacional pretendía administrar mediante acuerdos: ¿cómo podía un partido surgido de la lucha democrática terminar construyendo una alianza presidencial con el PAN?

No debe olvidarse que el PRD nació en 1989 como resultado de una amplia convergencia de fuerzas de izquierda, movimientos sociales y sectores democráticos que habían enfrentado al régimen priista. Su origen estuvo estrechamente vinculado con la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas en 1988 y con la denuncia de una elección profundamente cuestionada. Durante décadas, miles de militantes construyeron una identidad política enfrentando tanto al PRI como al PAN, aunque también existieron coincidencias legislativas y alianzas electorales locales. La decisión de impulsar un frente presidencial con Acción Nacional representaba, para muchos de nosotros, una renuncia a esa historia.

El problema no era exclusivamente ideológico. Los partidos pueden construir acuerdos con fuerzas diferentes cuando existen objetivos democráticos compartidos. La cuestión fundamental consistía en determinar para qué se buscaba aquella alianza. ¿Para impulsar un programa de transformación nacional? ¿Para construir una alternativa económica y social? ¿O simplemente para impedir que López Obrador ganara la Presidencia? Para numerosos militantes perredistas, la respuesta fue  cada vez más evidente. La dirigencia había convertido su confrontación con Andrés Manuel en una prioridad superior a la defensa de las causas que dieron origen al partido. Esa decisión abrió una fractura que terminaría siendo irreversible.

Aquella misma tarde, en un restaurante de la colonia Condesa, Miguel Barbosa sostuvo una reunión con Yeidckol Polevnsky, entonces secretaria general de Morena en funciones de presidenta. El encuentro confirmó que las declaraciones de la mañana no eran solamente una expresión individual de simpatía política. Existía la posibilidad de establecer una interlocución con Morena y comenzar a construir acuerdos. La política tiene sus tiempos y sus señales. A veces una reunión privada adquiere mayor importancia que un acto multitudinario. Lo que estaba ocurriendo era el principio de un reacomodo de fuerzas que modificaría el equilibrio político dentro del Senado y,  un ejemplo de lo que ocurría en el escenario nacional.

Los acontecimientos se precipitaron. De los 21 integrantes que había tenido la bancada perredista, 14 senadoras y senadores terminaron rompiendo con el grupo parlamentario. Durante algunos días permanecieron sin grupo y posteriormente la mayoría se incorporó formalmente a la bancada del Partido del Trabajo, con excepciones como Raúl Morón y Armando Ríos Piter, quienes siguieron caminos paralelos. Conviene recordar que las decisiones no ocurrieron todas simultáneamente ni respondieron a motivaciones idénticas. Sin embargo, el resultado político fue contundente: el PRD perdió la mayoría de su representación senatorial y Morena encontró nuevos aliados para fortalecer su proyecto presidencial.

El episodio tuvo consecuencias institucionales y personales. Miguel Barbosa dejó la coordinación del grupo parlamentario y se abrió una disputa por la conducción de la bancada, sus recursos y su representación dentro de los órganos de gobierno del Senado. Las diferencias dejaron de ser exclusivamente políticas para convertirse en controversias reglamentarias y administrativas. Pero detrás de aquella discusión estaba ocurriendo algo mucho más importante. El PRD perdía la capacidad de mantener unidos a sus representantes alrededor de una candidatura presidencial propia, mientras López Obrador se convertía en el principal referente de una izquierda que comenzaba a reorganizarse fuera de las estructuras partidistas tradicionales.

La salida de los senadores no fue un hecho aislado. Era la expresión parlamentaria de una crisis que recorría al PRD desde sus comités municipales hasta su dirigencia nacional. Muchos militantes observaban con desconcierto cómo el partido que habían ayudado a construir terminaba compartiendo proyectos electorales con una organización que históricamente había representado posiciones contrarias a las suyas. Las alianzas con el PAN no comenzaron en 2017. Habían tenido antecedentes en distintas elecciones estatales. Sin embargo, la posibilidad de llevar esa fórmula a la elección presidencial significaba cruzar una frontera política y simbólica que numerosos perredistas no estabamos dispuestos a aceptar.

¿Cómo pasó Morena del vamos solos al vamos juntos? No fue una decisión que se tomara de la noche a la mañana ni que pueda atribuirse exclusivamente a una persona o acontecimiento. Fue un proceso político acelerado en el que coincidieron la crisis del PRD, la fortaleza electoral de López Obrador y la necesidad de construir una mayoría nacional. Sin embargo, es posible identificar algunos episodios que funcionaron como puntos de quiebre. Uno de ellos ocurrió en Michoacán, donde Fidel Calderón protagonizó una movilización que representó, de manera casi pedagógica, el tránsito de una izquierda dividida hacia una nueva convergencia política.

En pleno mitin perredista en Morelia, Fidel Calderón sometió a consideración de los asistentes la propuesta de sumarse al movimiento encabezado por López Obrador. Lo hizo al más puro estilo lopezobradorista: mediante una votación a mano alzada, en asamblea pública. La respuesta fue favorable. Los asistentes comenzaron a caminar hacia el lugar donde se concentraban los simpatizantes de Morena y ambas manifestaciones terminaron uniéndose. La escena tenía un enorme contenido simbólico. No se trataba solamente de cambiar de partido, abandonar unas siglas o adoptar otras. Era una demostración de que la militancia podía tomar decisiones diferentes a las de sus dirigencias.

Aquella movilización michoacana expresó algo que las encuestas no podían medir. La identidad política de muchos perredistas estaba más vinculada con las causas sociales, la defensa de la democracia y el liderazgo de López Obrador que con la estructura formal de su partido. Morena había nacido como una alternativa al PRD, pero comenzaba a convertirse también en el espacio de reencuentro de quienes habían participado durante décadas en la construcción de la izquierda mexicana. La paradoja era evidente: mientras las dirigencias partidistas se alejaban unas de otras, importantes sectores de sus bases encontraban motivos para volver a caminar juntos.

En ese momento volvió a manifestarse una de las principales capacidades políticas de López Obrador: su olfato para identificar cuándo una estrategia había cumplido su función y debía modificarse. El vamos solos había servido para construir Morena, darle identidad, consolidar una militancia propia y diferenciarlo de los partidos tradicionales. Pero insistir indefinidamente en esa fórmula podía convertir una virtud en una limitación. Andrés Manuel comprendió que había llegado el momento de abrir las puertas, incorporar cuadros y establecer alianzas. La decisión implicaba riesgos, pero también ofrecía la posibilidad de construir una mayoría que superara ampliamente los límites tradicionales de la izquierda.

La apertura no significó solamente recibir a los perredistas inconformes. También permitió incorporar dirigentes provenientes del PRI, del PAN, del movimiento sindical, de organizaciones sociales y de agrupaciones políticas regionales. Algunos llegaban por convicción, otros por diferencias con sus antiguos partidos y no pocos por cálculo electoral. Esa diversidad fue una de las fortalezas de Morena, pero también sembró contradicciones que posteriormente se manifestarían en sus gobiernos y estructuras internas. La política de puertas abiertas permitió ampliar la coalición electoral, aunque no siempre estuvo acompañada de mecanismos suficientemente rigurosos para distinguir entre quienes buscaban transformar al país y quienes solamente pretendían conservar espacios de poder.

En pocos meses se produjo un éxodo de militantes y dirigentes del PRD hacia Morena. Algunos renunciaron formalmente a su militancia, otros simplemente dejaron de participar en las actividades partidistas y muchos más decidieron respaldar la candidatura de López Obrador sin incorporarse orgánicamente al nuevo partido. Fue una migración política que tuvo dimensiones nacionales, aunque con intensidades diferentes en cada estado. En algunas entidades se trasladaron estructuras territoriales completas; en otras, dirigentes locales y grupos de militantes. El resultado fue que Morena comenzó a disponer de una red de operadores políticos con experiencia electoral, conocimiento territorial y capacidad de movilización.

En lo personal, aquel proceso tuvo un significado especial. Presenté mi renuncia como militante y fundador del PRD el 4 de julio de 2017. No fue una decisión sencilla ni producto de un arrebato. Había dedicado una parte importante de mi vida política a ese partido, compartido luchas, campañas, derrotas y victorias con compañeros a quienes sigo respetando. Renunciar significaba cerrar una etapa que había comenzado con las grandes esperanzas democráticas de finales de los años ochenta. Pero también estaba convencido de que permanecer en una organización que construía una alianza con el PAN y mantenía una actitud complaciente frente al PRI resultaba políticamente insostenible.

Una cosa es cambiar de partido por conveniencia y otra muy distinta salirte de éste  porque el partido al que se pertenece ha cambiado de proyecto. Siempre he considerado que la lealtad política debe estar vinculada con los principios, las causas y los compromisos públicos, no exclusivamente con las siglas. Las organizaciones políticas son instrumentos de participación y transformación, no fines en sí mismas. Cuando dejan de representar aquello que justificó su nacimiento, sus militantes tienen el derecho, e incluso la obligación moral, de reconsiderar su permanencia. Eso fue lo que ocurrió con miles de perredistas durante 2017. No todos tomamos el mismo camino, pero compartíamos una profunda inconformidad.

La elección para gobernador del Estado de México, celebrada en junio de 2017, fue otro episodio fundamental. Delfina Gómez, candidata de Morena, estuvo cerca de derrotar al PRI en una de sus principales fortalezas territoriales. Alfredo del Mazo consiguió conservar la gubernatura, pero los resultados demostraron que Morena había dejado de ser una fuerza testimonial. El partido podía competir contra estructuras políticas consolidadas y obtener millones de votos. También quedó de manifiesto el costo de la fragmentación opositora. Mientras Morena y el PRD presentaron candidaturas separadas, el PRI logró mantener el control de una entidad que consideraba estratégica para su supervivencia.

Aquella elección fue la antesala de la contienda presidencial de 2018. Morena obtuvo una votación extraordinaria para una organización de reciente creación y confirmó que López Obrador tenía posibilidades reales de ganar. Pero también mostró que no bastaba con contar con un candidato popular. Era necesario disponer de representantes de casilla, operadores territoriales, cuadros capaces de defender los resultados y una estructura política que pudiera enfrentar a las maquinarias tradicionales. En ese terreno, la incorporación de antiguos militantes del PRD resultó especialmente importante. Muchos tenían experiencia acumulada desde las campañas de Cuauhtémoc Cárdenas y conocían las dificultades de competir frente a los aparatos gubernamentales.

El cambio estratégico también tuvo una dimensión nacional que frecuentemente se subestima. Morena necesitaba crecer en regiones donde la izquierda había tenido históricamente una presencia limitada. El norte del país, distintas zonas del Bajío y numerosos municipios gobernados tradicionalmente por el PRI o el PAN representaban desafíos considerables. La incorporación de dirigentes provenientes de otras fuerzas permitió establecer vínculos con sectores sociales que no se identificaban con la izquierda tradicional. Empresarios, organizaciones campesinas, liderazgos comunitarios, grupos religiosos y sectores de las clases medias comenzaron a encontrar espacios de interlocución con el movimiento de López Obrador. La coalición dejó de ser exclusivamente ideológica para adquirir un carácter social y territorial mucho más amplio.

No puede entenderse este proceso sin considerar el desgaste del gobierno de Enrique Peña Nieto. Los escándalos de corrupción, la violencia, el deterioro de la credibilidad institucional y el malestar económico habían generado un profundo rechazo al PRI. El PAN tampoco conseguía presentarse como una alternativa completamente distinta, mientras el PRD pagaba las consecuencias de su participación en el Pacto por México y de sus acuerdos electorales con Acción Nacional. López Obrador aprovechó ese escenario para construir una narrativa que superaba las divisiones tradicionales entre izquierda y derecha: la confrontación entre quienes defendían la continuidad del régimen y quienes proponían transformarlo.

Ese discurso tuvo una eficacia extraordinaria. El concepto de transformación permitió incorporar demandas sociales diversas bajo un mismo horizonte político. Para los antiguos militantes de izquierda significaba recuperar las aspiraciones democráticas y de justicia social. Para sectores de las clases medias representaba combatir la corrupción y mejorar la administración pública. Para grupos empresariales ofrecía la posibilidad de establecer nuevas relaciones con el Estado. Para millones de ciudadanos sin militancia partidista expresaba simplemente la esperanza de que las cosas cambiaran. López Obrador consiguió convertir una candidatura presidencial en un movimiento nacional de dimensiones que ninguno de sus adversarios alcanzó a comprender oportunamente.

La alianza electoral de Morena con el Partido del Trabajo y el Partido Encuentro Social, formalizada bajo la denominación Juntos Haremos Historia, fue la expresión institucional de esa nueva estrategia. Resultaba particularmente significativa la incorporación del PES, una organización con posiciones conservadoras en distintos temas sociales. Para algunos sectores de la izquierda, aquella alianza era difícil de justificar. Sin embargo, desde la perspectiva electoral respondía a la necesidad de ampliar apoyos y evitar la dispersión del voto. El pragmatismo comenzó a ocupar un lugar central en la construcción del movimiento. La pregunta que entonces surgió, y que sigue vigente, es hasta dónde puede llegar ese pragmatismo sin comprometer los principios fundamentales.

La incorporación de cuadros provenientes de otros partidos produjo tensiones con los militantes fundadores de Morena. Era inevitable. Quienes habían construido la organización desde sus primeros años, participado en asambleas, recorrido colonias y defendido sus candidaturas, observaron cómo personajes que hasta poco antes militaban en fuerzas adversarias comenzaban a ocupar posiciones relevantes. En algunos casos, la experiencia de los recién llegados fortaleció al movimiento. En otros, generó resentimientos, conflictos y disputas por las candidaturas. La dirección nacional tuvo que administrar una contradicción permanente: preservar la identidad de Morena y, simultáneamente, mantener abiertas las puertas para continuar creciendo.

El problema de fondo consistía en que sumar personas no equivale necesariamente a sumar convicciones. Un movimiento puede ampliar su fuerza electoral incorporando dirigentes de distintas procedencias, pero también corre el riesgo de reproducir las prácticas políticas que originalmente pretendía combatir. Algunos de los nuevos integrantes de Morena habían participado durante años en estructuras clientelares, gobiernos cuestionados o disputas internas caracterizadas por el oportunismo. No todos modificaron sus conductas al cambiar de partido. Esta realidad obliga a distinguir entre el éxito de una estrategia electoral y la calidad de la organización política que resulta de ella. Son dos cuestiones relacionadas, pero diferentes.

La dirigencia del PRD, mientras tanto, parecía incapaz de comprender la magnitud de lo que estaba ocurriendo. Sus  dirigentes interpretaron muchas de las renuncias como actos de deslealtad individual y no como síntomas de una crisis estructural. Apostaron a que la alianza con el PAN les permitiría conservar espacios legislativos, gubernaturas y posiciones dentro del sistema político. El cálculo resultó equivocado. En lugar de fortalecer su presencia electoral, terminaron contribuyendo a desdibujar su identidad. La militancia que había acompañado durante años a Cuauhtémoc Cárdenas y López Obrador encontró cada vez menos razones para permanecer en un partido que parecía haber perdido su rumbo.

También debe reconocerse que el PRD no llegó a esa situación exclusivamente por sus alianzas electorales. Desde años anteriores enfrentaba problemas de democracia interna, disputas entre corrientes, prácticas clientelares y una creciente distancia entre sus dirigentes y sus bases. La salida de López Obrador después de la elección presidencial de 2012 había debilitado considerablemente su capacidad de convocatoria. Morena comenzó a ocupar el espacio político que anteriormente había correspondido al perredismo. La alianza con el PAN aceleró un proceso de deterioro que ya estaba en marcha. La crisis del PRD fue, al mismo tiempo, una crisis de liderazgo, identidad y proyecto nacional.

En 2018, los resultados confirmaron la eficacia de la estrategia. López Obrador obtuvo más de 30 millones de votos y ganó la Presidencia con el 53.19 por ciento de la votación. Sería un error atribuir aquella victoria exclusivamente al cambio del vamos solos al vamos juntos. También fueron determinantes el liderazgo personal de López Obrador, su perseverancia durante más de una década, el desgaste de los gobiernos anteriores, la capacidad de movilización de Morena y la construcción de un discurso político que conectó con millones de ciudadanos. Pero la apertura permitió que todos esos factores se articularan en una mayoría electoral. Sin la incorporación de dirigentes, militantes y simpatizantes provenientes de otras organizaciones, el triunfo probablemente habría sido más difícil. La estrategia no creó por sí misma las condiciones de la victoria, pero contribuyó decisivamente a aprovecharlas.

La historia posterior de Morena también permite identificar los costos de aquella decisión. La apertura que facilitó el triunfo presidencial se convirtió gradualmente en una práctica permanente de incorporación de políticos procedentes de prácticamente todas las fuerzas partidistas. Algunos llegaron con trayectorias respetables y aportaciones importantes. Otros encontraron en Morena una oportunidad para prolongar carreras políticas que parecían agotadas. El fenómeno se volvió particularmente visible durante la selección de candidaturas a gubernaturas, presidencias municipales y cargos legislativos. En diversas ocasiones, los criterios de competitividad electoral terminaron imponiéndose sobre la trayectoria política, la formación ideológica y el compromiso con los principios del movimiento.

La experiencia demuestra que las coaliciones amplias son indispensables para conquistar mayorías, pero también que necesitan reglas claras para preservar su cohesión. No basta con coincidir en el respaldo a un liderazgo o en el rechazo a los adversarios. Es necesario construir acuerdos programáticos, mecanismos democráticos de selección de dirigentes y procedimientos efectivos de rendición de cuentas. De lo contrario, las diferencias que se mantienen ocultas durante las campañas terminan manifestándose en el ejercicio del gobierno. Morena enfrenta todavía ese desafío. Su crecimiento electoral fue mucho más rápido que la consolidación de una cultura institucional capaz de procesar democráticamente sus contradicciones internas.

A casi una década de aquellos acontecimientos, considero que el cambio del vamos solos al vamos juntos constituye una de las decisiones estratégicas más importantes de López Obrador. Tuvo la capacidad de reconocer que la construcción de una mayoría requería superar las fronteras de su organización y reconciliar a sectores que compartían objetivos, aunque procedieran de trayectorias diferentes. También entendió que la crisis del PRD ofrecía una oportunidad política extraordinaria. Mientras unos dirigentes defendían las estructuras de un partido que se desmoronaba, Andrés Manuel abrió las puertas de un movimiento que estaba en condiciones de convertirse en una alternativa nacional de gobierno.

La lección, sin embargo, no consiste en afirmar que siempre debe privilegiarse la incorporación de nuevos aliados sobre la defensa de los principios. Tampoco en sostener que la pureza ideológica garantiza mejores resultados políticos. Ambos extremos pueden conducir al fracaso. Un movimiento cerrado sobre sí mismo corre el riesgo de convertirse en una organización testimonial, incapaz de representar a las mayorías. Pero una organización que recibe indiscriminadamente a cualquier personaje, sin importar sus antecedentes, puede terminar perdiendo aquello que la hizo diferente. El desafío permanente consiste en encontrar un equilibrio entre amplitud política, identidad programática y responsabilidad pública.

Recuerdo nuevamente aquella mañana del 27 de febrero de 2017, la entrada apresurada de Brenda a mi cubículo, las declaraciones de Miguel Barbosa y la incertidumbre que siguió durante las semanas posteriores. En aquel momento resultaba imposible dimensionar completamente las consecuencias de lo que estaba ocurriendo. Sabíamos que se había producido una ruptura importante, pero no necesariamente que estábamos presenciando uno de los episodios que contribuirían a modificar el mapa político nacional. La política se comprende de manera diferente cuando se vive desde dentro. Las decisiones personales, las conversaciones y los acontecimientos aparentemente menores adquieren otra dimensión con el paso de los años.

Mi renuncia al PRD, el 4 de julio de 2017, forma parte de esa historia. Fue una decisión que tomé convencido de que las causas políticas deben estar por encima de las organizaciones que temporalmente las representan. No reniego de mi militancia perredista ni de las luchas compartidas con tantos compañeros. Por el contrario, considero que aquella experiencia fue fundamental para comprender la evolución de la izquierda mexicana. El PRD desempeñó un papel decisivo en la democratización del país, pero sus dirigentes no supieron preservar su legado. Morena recogió una parte importante de esa historia y consiguió transformarla en una fuerza electoral mayoritaria.

El tránsito del vamos solos al vamos juntos fue, en definitiva, mucho más que una maniobra electoral. Representó el reconocimiento de que los grandes cambios políticos requieren mayorías sociales amplias, capaces de incorporar experiencias, generaciones y trayectorias diferentes. También demostró que los partidos no son propietarios permanentes de sus militantes ni de las causas que dicen representar. Cuando una organización abandona su proyecto, sus integrantes pueden buscar otros caminos. López Obrador comprendió esa realidad antes que sus adversarios y tuvo la capacidad de convertirla en una estrategia de poder. Ahí estuvo una parte fundamental de su éxito.

Pero la historia no termina con la victoria electoral. La verdadera prueba de una coalición política comienza cuando conquista el gobierno y debe demostrar que su diversidad puede convertirse en capacidad de transformación. Morena ganó porque supo sumar. Su desafío presente consiste en demostrar que también sabe organizar, formar, renovar y exigir responsabilidades a quienes se incorporan a sus filas. El vamos juntos permitió conquistar la Presidencia en 2018. Ahora debe responder una pregunta mucho más compleja: ¿juntos para qué, bajo qué principios y con qué responsabilidades? Porque ganar elecciones es indispensable en una democracia, pero construir instituciones y transformar duraderamente al país exige mucho más que reunir votos.

La historia política mexicana está llena de organizaciones que nacieron con grandes ideales, conquistaron el poder y terminaron alejándose de sus principios fundacionales. El PRI y el PRD ofrecen experiencias distintas, pero ambas contienen advertencias que Morena debería estudiar cuidadosamente. Ningún partido tiene garantizada su permanencia ni conserva indefinidamente el respaldo ciudadano. La legitimidad debe renovarse mediante resultados, congruencia y participación democrática. La apertura que fue una fortaleza en 2017 puede convertirse en debilidad si no existen mecanismos para impedir que el oportunismo desplace a la militancia comprometida. La transformación también debe expresarse en la manera de hacer política.

Por eso, cuando recuerdo aquellos meses de 2017, no pienso solamente en las renuncias, los reacomodos parlamentarios o las reuniones entre dirigentes. Pienso en una generación de militantes que debió decidir entre permanecer fiel a unas siglas o mantenerse fiel a las causas que la habían llevado a participar en política. Pienso también en la capacidad de López Obrador para interpretar un momento histórico y modificar su estrategia sin abandonar su objetivo principal. El vamos solos permitió construir Morena; el vamos juntos contribuyó a llevarlo al poder. La siguiente tarea, mucho más difícil, es demostrar que esa mayoría puede seguir siendo instrumento de transformación y no solamente de conservación del poder.

Porque al final, esa es la gran enseñanza de aquellos acontecimientos: los movimientos políticos deben saber cuándo resistir, cuándo cambiar y cuándo sumar. La historia no premia necesariamente a quienes se consideran depositarios exclusivos de la verdad, sino a quienes comprenden las circunstancias y tienen capacidad para actuar sobre ellas. López Obrador lo entendió en 2017. La dirigencia del PRD no. El resultado quedó registrado en las urnas de 2018 y en la transformación posterior del sistema de partidos mexicano. El desafío para Morena es no olvidar que las mayorías se construyen sumando voluntades, pero solamente se sostienen conservando principios, cumpliendo compromisos y respondiendo a las expectativas de la sociedad.

Así de sencillo.